«Mirar al Cordero no violento», mensaje de Cuaresma del obispo de Tarahumara

MÉXICO D.F., sábado, 24 febrero 2007 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje de Cuaresma que ha publicado monseñor Rafael Sandoval, obispo de la diócesis mexicana de Tarahumara, con el título «Mirar al Cordero no violento».

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La región de la Tarahumara se encuentra en los altos de la sierra de Chihuahua, estado norteño de México, y los habitantes de esta etnia enfrentan las condiciones de pobreza más agudas del país; con temperaturas que en invierno suelen llegar a los 20 grados centígrados bajo cero, muchos indígenas tarahumaras viven en niveles de mera subsistencia.

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«He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un burrito» (Mt 21,5).

SALUDO Y TEMA

Pueblo de Dios que peregrina en la Tarahumara. Sacerdotes, religiosas y religiosos:

A los sacerdotes, el día de nuestra ordenación, se nos dijo: «Conforma tu vida con la Cruz del Señor». Recordando esas palabras, quise escribir lo que fue fruto de mi humilde meditación, y quiero transmitirla a ustedes. Ojalá que se den un espacio para acercarse, con mirada de fe, para mirar a Jesucristo, quien es la razón de nuestra vida.

El Papa Benedicto XVI nos invita en esta Cuaresma a mirar a Cristo crucificado que nos ha revelado plenamente el amor de Dios. Este servidor quiere también invitarlos a mirar a Cristo Sufriente: su identidad, el modo como sufrió, y el motivo de su sufrimiento.

¿Quién es ese que Sufrió? ¿Cuál fue su actitud, sus disposiciones interiores, ante el sufrimiento? ¿Cuál fue el motivo y la finalidad de su pasión? Tres preguntas que nos invitan a contemplar, haciéndonos presentes al misterio. Así, contemplando a Jesús, lo conoceremos más, nos identificaremos con Él, y creceremos en su seguimiento. Que no nos quedemos en lo sentimental, sino en compartir con Cristo lo que siente, y experimentar, desde la fe, lo que Él experimenta. Esto es toda una gracia.

La pasión es lo más serio de la humanidad, y cuesta entenderla. No atinamos ante el dolor. Tal vez el silencio, como María, sea lo mejor. Pero ese silencio lo necesitamos todos para que nuestra palabra esté cargada de experiencia.

EN UN MUNDO DE VIOLENCIA

Todos los días, hermanos, escuchamos malas noticias, y vemos mucho dolor: muertes en el mundo por causa de guerras; ajustes de cuentas de narcotraficantes, estragos causados por el alcohol y la droga; niños desnutridos; sueldos de miseria; chicos drogados; suicidios cada vez más frecuentes… Como que nos estamos acostumbrando a la violencia. Es la creación que gime con dolores de parto (Rom 8,22.25).

Parece que nuestro mundo se mueve en una dinámica de Caín: engaño, mentira, envidia, competitividad, exclusión. Una nube de muerte se va haciendo más densa: todos dicen tener la razón; se destruye la fama y hasta la vida de los demás. Parece como si tuviera razón aquél que dijo que «el hombre se ha convertido en el enemigo del hombre».

Es la lógica del «toma y daca»: relaciones agresivas, tendencia a juzgar, discusiones violentas ante quienes no piensan de igual manera, anhelos de poder, ajustes de cuentas, palabras hirientes, la muerte del otro. Tal dinámica se puede meter en nosotros mismos.

MIRANDO A JESÚS SUFRIENTE

También Jesús se encontró con un mundo de violencia, pero ¿qué hace? No mata a sus perseguidores, pues eso es contrario al Buen Dios que anuncia. Su Dios no es el Dios del conflicto que castiga o manda vengarse. No es el dios de Caín que mata al hermano para obtener lo deseado, ni el dios que pide sangre para saciarse. Su Dios no tiene nada que ver con la violencia. Es el Dios Padre que no quiere víctimas; que no es resentido, sino perdonador.

Cristo no vino a que lo mataran, sino a darnos todo el amor del Padre. Al encontrarse con la violencia, no fue violento. Se dejó matar. Él es el Hijo de un Padre pacífico. Es la Víctima que, para triunfar de la violencia, asume la violencia y la transforma desde dentro. Es el «Cordero inteligentísimo y amorosísimo que se entrega sin resentimiento y sin venganza». En la misma cruz perdona a sus verdugos. Ahí, en la Pasión y Cruz, está la verdadera imagen de lo que es Cristo y lo que es Padre: libre, gratuito, incondicional, ofrenda generosa, absoluta y total.

¿QUIÉN ES SUFRIENTE?

¿Quién es el que padece? Aquí es bueno detenernos con mirada contemplativa para preguntarnos con la Iglesia apostólica sobre la personalidad del Sufriente. Él es el Hijo que aprendió a obedecer sufriendo (Hebreos 5, 7-9). Es el Justo por los injustos que muere por nuestros pecados (1Pedro 3, 18). Es el Hijo que sufre en su humanidad. Es el Señor de la gloria (1Cor 2,8) y el Verbo eterno hecho carne (Jn 1, 14). El que sufre es verdadero Dios y verdadero hombre (1 Tim 2, 4-6). Se hizo «semejante a los hombres» (Fil 2,7) hasta llevar un «cuerpo de carne». Es el resucitado y glorificado que ha «pasado de este mundo al Padre» (Jn 13, 1) y permanece como aquél que ha sufrido y muerto «semejante a los hombres». Es el Cordero que está ahora en el trono celeste de la divinidad, y que lleva los signos de su inmolación (Ap 5, 6), llevando consigo en la luz del Padre todo sufrimiento y muerte del hombre.

Con el Centurión, también nosotros, estamos invitados a decir: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15, 39), «verdaderamente este hombre era justo» (Lc 23, 47). Es el Justo por los injustos (1 Pedro 3, 18).

Por todo esto podemos decir con al autor de la Carta a los Hebreos: «No tenemos un sumo sacerdote que no sepa compartir nuestras enfermedades, habiendo sido él mismo probado en todo, a semejanza de nosotros, excepto el pecado» (Hebreos 4, 15).

«Él llevaba el pecado de muchos» (Is 53, 12), «llevó nuestros pecados en su cuerpo bajo el leño de la cruz» (1Pedro 2, 24). Solidario con nuestra miseria de pecadores, pero no solidario con nosotros en nuestra pecaminosidad. Ha cargado el peso de nuestros pecados, sufriendo por nosotros. «Por sus llagas hemos sido curados» (1Pedro 2, 25). Nuestro pecado ha sido expiado y hemos obtenido la gracia del perdón y de la redención.

¿CÓMO SUFRIÓ?

Con voluntad plena: Nadie tiene sobre Jesús un poder tal de obligarlo a hacer lo que no quiere, y de hacerlo morir contra su voluntad. Él muere con la libertad de alguien que «ofrece su vida». «Nadie me quita la vida, yo la ofrezco» (Jn 10, 17).

Con plena consciencia: Juan precisa que Jesús se dejó arrestar: «Conociendo todo lo que le iba a pasar» (18,4). «Sabiendo que estaba cerca su hora de parar de este mundo al Padre» (13, 1.3).

Con humildad: «He aquí que tu rey viene a ti humilde, sentado sobre un burrito» (Mt 21,5). Es la humildad de un soberano pacífico que pretende reinar con el signo más radical de la no violencia. No opone resistencia a la violencia, sino que se deja prender y condenar y matar. Renuncia a su derecho de defenderse. No abría la boca y «callaba» (Mt 26,63). Es su silencio lleno de seguridad interior, y la actitud de un «cordero».

Con obediencia filial: Él sabe que su «Abbá» lo ama. Siempre se supo amado. Esta obediencia de hijo lo hace ser feliz en medio de tanto dolor. Nadie es tan feliz como aquél que obedece. La obediencia va más allá de lo inteligible. ¿Entendemos esto? María nos diría: «Yo no entiendo; yo creo».

Con amor pleno: amor y obediencia coinciden en la experiencia de la Pasión de Cristo. «Yo amo al Padre y hago lo que me ha mandado» (Jn 14, 31). Es un amor de obediencia, y una obediencia de amor. Es, también, un amor hacia nosotros. «En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros» (1Jn 3, 16).

¿POR QUÉ MOTIVO SUFRIÓ?

«En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 9-10).

La gravedad del pecado y el infinito amor de Dios: se nota qué grande sea a los ojos de Dios la malicia del pecado.
El precio ha sido la misma sangre preciosa del Hijo de Dios. Dios ha renunciado al castigo (Jn 1, 17); y ha querido demostrar al hombre la grandeza de su amor.

«Nosotros, por tanto, no éramos buenos. Y, con todo, él se compadeció de nosotros y nos envió a su Hijo a fin de que muriera, no por los buenos, sino por los malos; no por los justos, sino por los impíos. Dice, en efecto, la Escritura: Cristo murió por los impíos. Y ¿qué se dice a continuación? Apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir». (San Agustín. Sermón 23 A, 1-4; CCL 41, 321-323).

No hay pecado, por grave que sea, que pueda reducir el Amor. En la Cruz de Cristo resplandece la grandeza de la misericordia. Para Dios, no hay vida, por desastrosa que sea, que lo frene en su oferta de salvación, pues ésta es don y no algo del hombre. Si el pecado es un poder que embrutece al hombre y lo pone contra Dios, Cristo es el nuevo poder que vence el pecado. La Cruz es el gran acto de misericordia, y Cristo es el Gesto extraordinario de Dios. Viendo a Cristo padecer, nadie puede decir que Dios no lo ama.

CONSIDERACIONES PARA NOSOTROS

–Con «empatía» podemos sumergirnos en el mundo interior del Señor, para ver lo que sucede ahí dentro. Penetrar, con la luz del Espíritu Santo, en su corazón, para captar sus sentimientos, emociones y pensamientos; y así podernos involucrar vitalmente. No es sentimentalismo, sino realismo, pues no hay nada más real que lo que pasa dentro de la persona humana. Es a través de su humanidad como conocemos su Divinidad. Jesús es plenamente Dios y plenamente hombre.

–Al contemplar la soledad de Jesús, podemos mirar la soledad del hombre, y las soledades de los más solos.

–Ponernos ante nuestras posibles heridas actuales, y pedir la curación de ellas. Tal vez ante algún superior que no se fiaba de mí; ante la ingratitud de algún amigo que sólo me buscaba cuando me necesitaba; ante el medio ambiental que me exige demasiado; ante ciertas heridas que exigen tiempo para que se curen; ante mis miedos y tristezas para que, al contacto con el silencio de Jesús, pueda sacar fuerza y pueda vencer el miedo; ante la tentación de querer bajarme de la cruz y de no perdonar, sabiendo que lo que más nos hace sufrir es guardar rencor y no acabar de perdonar; ante alguna falsa acusación de la que no he sanado y sigo rabiando dentro; ante…

–Para aceptar la cruz sólo hay un camino: comprender su valor. Desde que Cristo la asumió, dejó de ser un mal y pasó a ser un bien. Sólo sufre quien piensa que su dolor es inútil, pero se sufre de otra manera cuando se le encuentra sentido. Es el amor lo que le da sentido a la cruz. El Señor no vino a quitarnos la cruz, sino a compartirla con nosotros. No estamos solos, sino acompañados.

–Para los judíos, la cruz es escándalo. Para los griegos, es necedad. Para el cristiano, la cruz es fuerza y sabiduría de Dios. La cruz anticipa una alegría inmensa.

–Sólo mirando a Jesús seremos capaces de mirar el dolor de los demás, y acercarnos a los que están muriendo de soledad y a tantos pobres crucificados. La mirada tiene mucho que ver con el amor, pues se mira con el corazón. Quien mira a Cristo, podrá despojarse e inclinarse ante las dolencias de los demás.

FINAL

La Cuaresma es un tiempo bello; lleno de luz, de paz, de alegría y de mucho amor. Tiempo de prepararnos para el encuentro con Jesús resucitado.

Acompañemos a Cristo con María. Ella nos ayudará a mantenernos firmes en la fe. Su fe no tuvo fluctuaciones. Ella sabe que la resurrección está cerca. Es cierto que sufre como madre, pero lleva una alegría interna. Gustemos la paz de María; su fe y su esperanza. ¡Qué distinta su soledad, a la soledad del pecador!

Miremos cómo, muerto Jesús, María acoge a Juan en su casa; acoge a Pedro que vuelve avergonzado y confundido; acoge a cada uno de los Apóstoles que van llegando uno a uno. ¡Cómo le hubiera gustado que llegara Judas! A todos nos comunica su esperanza.

Que Ella nos haga gustar la realidad de la Resurrección y que nos dé fuerza para ver que la cruz es el camino de la resurrección.

Con mi afecto les bendigo

+ Rafael Sandoval Sandoval
Obispo de Tarahumara

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ZENIT Staff

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