El difícil reto de ayudar a Sudán sin ser expulsado del país

Entrevista con la misionera Katie Gesto

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ROMA, domingo, 9 septiembre 2007 (ZENIT.org).- Se ha dado orden a tres extranjeros para que abandonen Sudán en menos de una semana, y, según una misionera que trabaja en el país, el gobierno amenaza periódicamente con la expulsión a los cooperantes humanitarios.

Paul Barker, director en el país de CARE, declaraba a Reuters hace una semana que la Comisión de Ayuda Humanitaria del gobierno sudanés le había dado 72 horas para que abandonara el país. Aunque no se dio ninguna razón oficial para la expulsión, Barker sugirió a la prensa que podría tener que ver con un correo electrónico interno que envió a la dirección de CARE sobre la situación de Sudán, que más tarde se filtró a la prensa.

En una entrevista con Zenit, Katie Gesto, estadounidense, afirma que los casos como el de Barker están lejos de ser inusuales y cuenta sus diez años de servicio misionero en el país africano como enfermera y consagrada.

–¿Cuál ha sido su reacción a la expulsión del país del director de CARE en Sudán?

–Gesto: No estoy sorprendida por la expulsión, puesto que he tenido muchos colegas, incluida yo misma, que hemos sido amenazados de la misma forma. Las organizaciones no gubernamentales como CARE se supone que son neutrales, pero cuando tienen que garantizar la seguridad de su gente, puede dar la impresión fácilmente de haber perdido su postura neutral.

Los cooperantes conocen el verdadero meollo de la cuestión mientras están viviendo allí y lo ven con sus propios ojos, pero si declaran públicamente – y hoy en día el correo electrónico se considera público – su opinión, aunque esté basada en hechos, es sabido por todos que se corre el riesgo de ser expulsado del país.

Una amiga mía casi logró ser considerada persona non grata (PNG) por permitir que una enferma de etnia dinka abandonase Sudán en avión en vez de un hombre de etnia shilluk que estaba menos enfermo, porque la enferma estaba en territorio shilluk. La acusaron de tomar partido por una tribu y la pusieron en arresto domiciliario por un mes, amenazándola con declararla PNG.

En realidad no es tan complicado, tienes que ser consciente de la volátil situación emocional que viven todos los líderes, por lo que pueden reaccionar ante observaciones que otros pensarían que no tienen importancia.

–Usted ha estado trabajando como misionera en Sudán. ¿Qué imagen daría del territorio que de misión posiblemente más peligroso del mundo?

–Gesto: Desde el colegio, he escuchado atentamente en Misa los relatos de las hermanas y sacerdotes misioneros. Dios me dio el deseo de ser misionera incluso a aquella edad temprana.

Durante mis años de universidad, me impliqué en la Cruzada por Cristo en el campus y, como católica, hice una gran amistad con otros estudiantes yendo de misiones a Rusia y a otros países difíciles.

Fue entonces cuando Dios encendió en mi corazón el deseo de servir a nuestros hermanos en países de persecución. Sudán está ciertamente en la lista.

Sé que no puedo hacer mucho sola pero, cuando Dios llama, él hace el trabajo. En esta hermosa labor, hace que se sienta su amor.

–Su labor, como enfermera y mujer consagrada, ha sido relativamente independiente del apoyo de una organización específica. ¿Cómo logró salir adelante en cuanto a seguridad y a necesidades básicas?

–Gesto: El trasfondo para mí – para cualquiera de nosotros – es «Dios, ¿qué quieres que haga? ¿Dónde quieres que te sirva?».

Tras lograr un buen conocimiento del país sirviendo como enfermera con una organización de ayuda, Medair, sentí que Dios me quería sirviendo directamente a un obispo, puesto que los obispos sabían cuáles eran las verdaderas necesidades de su gente.

Después entré en contacto con un obispo católico en Sudán y me ofrecí diciéndole: «Encontraré cinco voluntarios, conseguiremos nuestro propio dinero y vendremos a servir donde usted lo considere».

Bien, pues pasaron dos años hasta que completé mis masters y no encontré a nadie, así que vine con fe y serví en aquella diócesis durante dos años con dos sacerdotes ugandeses y algunas hermanas que estaban cerca.

Fui muy feliz y crecí enormemente tanto espiritualmente como por la experiencia con la gente.

–Entretanto descubrió en África su vocación. ¿Cuál fue en general su experiencia de oración en este desierto peligroso, especialmente en los momentos en que temía por su vida?

–Gesto: He crecido enormemente desde que comencé mi servicio en Sudán en 1996. Es una bendición estar en un lugar donde nunca se sabe si se volverá a casa.

Mis muchos años de servicio hospitalario me prepararon para esto y así puedo decir que estoy dispuesta a morir hoy si Dios lo quiere. Como dice mi amiga que es misionera en Somalia, «sólo espero que sepan disparar bien».

Una vez que me dijeron que un comandante quiso matarme porque le dije al obispo que sospechaba de él algo deshonesto, me hizo ponerme nerviosa.

Sin embargo, un hombre enloquecido que había alanceado a algunas personas en nuestra aldea y al que yo no le gustaba me hizo ponerme aún más nerviosa puesto que vivía en la puerta siguiente de donde yo dormía sola. Pero tras algunos días de noches agitadas, dije: «¡Ya basta! ¡Jesús, tú eres más poderosos que estas fuerzas! Dame la gracia de dejar de tener estos miedos!»

La mayor parte de estas amenazas ya no me volvieron a incomodar mucho después de que aquel hombre loco se marchara lejos y el comandante se calmara.

Pero el deseo de morir por nuestra fe es una gracia que podemos pedir y recibir. Para la mayoría de nosotros, no ocurrirá físicamente, pero para todos ocurrirá espiritualmente si queremos crecer para ser como Jesús que fue martirizado.

Pude escuchar claramente el llamamiento a ser una virgen consagrada cuando estaba en Sudán por la falta de distracciones que hay allí – sólo estamos yo y el Señor.

Pude ver que Dios me permitía pasar más tiempo con él en oración, y permanecer libre para ser enviada allí dónde él me guiara y desarrolla una profunda relación esponsal con él.

–¿Cuál vio usted que era la necesidad más apremiante para el pueblo sudanés?

–Gesto: Unidad, aprender a respetarse unos a otros, y curarse de los traumas pasados.

La guerra que ha durado más de cuatro décadas ha roto sus buenos valores culturales y el sentido de su dignidad como personas. La gente ha aprendido sólo a defenderse a sí mismas, lo que ha abierto la puerta a la corrupción, a las luchas tribales, a la brujería y a otras cosas perjudiciales.

Cuando, a través del Evangelio, aprendan a cuidar unos de otros de manera sencilla, comenzarán a curarse y también a educar a sus hijos – especialmente a sus chicas que están tan necesitadas de educación.

A medida que este proceso continúe, trabajarán con esperanza como una comunidad para construir la Iglesia y la cultura y prever económicamente por cada uno.

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ZENIT Staff

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