Cardenal Cipriani: El relativismo penetra dentro y fuera de la Iglesia (I)

Entrevista con el arzobispo de Lima

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CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 28 mayo 2009 (ZENIT.org).- Con gran preocupación el cardenal Juan Luis Cipriani, arzobispo de Lima, expresó sus opiniones sobre el relativismo moral que se vive en América Latina y que toca tanto dentro como fuera de la Iglesia.

En diálogo con ZENIT al concluir la visita «ad limina apostolorum», que realizaron los obispos peruanos a la ciudad de Roma, el purpurado se refirió a temas como la verdadera vocación del sacerdote o la identidad de los institutos católicos.

También compartió cómo han sido estos diez años de servicio episcopal en la arquidiócesis de Lima.

–Compártanos la experiencia de encuentro con el Papa Benedicto XVI que tuvieron el 18 de mayo los obispos de Perú.

–Cardenal Juan Luis Cipriani: Al Papa lo hemos encontrado como siempre con una gran alegría, con una paz muy grande. A mí de las cosas que más me impresionan es cómo nos confirma en la belleza del mensaje de Cristo. Ser claros en anunciar a Cristo tiene una belleza y un entusiasmo que el Papa en esa juventud de su espíritu nos ha transmitido. Es un padre con un espíritu y un entusiasmo muy fresco, pese a que acababa de regresar de Tierra Santa.

–Está por concluir el año paulino y los obispos de Perú tuvieron la oportunidad de celebrar una eucaristía en la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma. ¿Qué enseñanzas puede darnos el Apóstol de Gentes al mundo de hoy?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: San Pablo es un hombre cuya credibilidad está en función de su martirio. San Pablo crece entre los gentiles y es una de las columnas de la Iglesia. 

Creo que lo que hoy está faltando en la Iglesia es el martirio de la fe, el tener la audacia y el coraje de vivir una fe que nos lleva a ese morir a los caprichos personales, a la soberbia personal, a la sensualidad. Nos debe llevar a morir a ese complejo del relativismo que quiere que todas las posiciones sean iguales y hay que vencerlo. Nos lleva a tener la audacia de proponer a Cristo vivo y, por lo tanto, a vivir ese respeto y reverencia al Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, recibiéndolo de manera respetuosa y más bien dejar de lado posiciones un poco tibias y temerosas que están haciendo en grandes grupos de la Iglesia un enorme problema de tibieza, es decir, la religión como un menú al gusto del consumidor o como una ONG preocupada de mejorar el ambiente.

Nos falta el sabor que le imprime una Teresa de Calcuta, un Josemaría Escrivà o, por supuesto, un san Pablo. Es el camino del martirio, el camino hacia la contemplación. Si dejamos de lado la contemplación, esa experiencia de encuentro con Cristo a la que nos invita Benedicto XVI en su primera encíclica, para realmente ver con los ojos de Cristo, hablar con sus palabras, sufrir con su sufrimiento, si dejamos de lado el martirio y la contemplación, nos quedamos sin resurrección, entonces la alegría de esta fe pasa a ser el peso de las contradicciones, el camino de la negociación. Finalmente se disuelve el mensaje cristiano en una simple llamada a la buena voluntad de algunos.

Creo que el Papa Benedicto XVI, al igual que Juan Pablo II, ambos en diferente modo, están llamando a todos, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, y por supuesto, laicos, a no tener miedo a lanzarnos a ese martirio de la cruz: la cruz del que no tiene miedo de afirmar la verdad en el trabajo, en la política, en la economía; el martirio que supone que el sacerdote celebre la misa respetando las normas del magisterio, que los religiosos llenos de entusiasmo lean una y mil veces la vida de sus santos fundadores y no tengan temor de esa entrega sin límites: «no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí». (Gálatas 2, 20)

Por eso san Pablo nos lleva a una propuesta de conversión que para mí es una llamada que ojalá tengamos el coraje de asumir, porque de palabras bonitas estamos ya bastante satisfechos: necesitamos santos, que caminando por las calles y dirigiendo sus familias, y trabajando en los oficios más humildes o siendo grandes economistas o políticos, irradien una luz tan fuerte, su sal sea de tal sabor, que volvamos a ver esa primavera de la que nos hablaba Juan Pablo II de hogares, de escuelas. No es una utopía, es una posibilidad al alcance de la santidad. Si no tomamos la decisión de ser santos, no entenderemos el mensaje de San Pablo.

–Ese relativismo, esa tibieza de la que nos habla, ¿cómo lo ve concretamente en América Latina?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: Se habla tanto de los derechos humanos…, pero luego nos encontramos con aquellos niños malnutridos, mal acogidos por sus padres, que no tienen el hogar que deben tener, aquella escuela que no brinda el calor y el respeto y el testimonio de los maestros. Eso está limitando enormemente los derechos humanos de esos jóvenes y esos niños. La legislación debería respetar a estos niños, apoyando a las familias numerosas, dando posibilidades de acceso a las madres de familia cuando tienen más hijos, y de esa manera encontraríamos menos esa enorme cantidad de hijos naturales.

Otra manera bien concreta son los seminarios. En los seminarios pienso que se están dando pasos interesantes, pero hay que seguir teniendo el coraje de que estos jóvenes, que se están preparando para ser otro Cristo, puedan tener el sabor de lo que es un buen rato de oración ante el Santísimo, de lo que son horas de estudio bien programadas, de lo que es esa autodisciplina para saber distinguir lo que es la pornografía en la televisión, en Internet, en el sistema de mensajes, y así poder ser personas maduras, que salen a servir a los demás, habiendo tenido esa libertad y esa experiencia de contemplación y de esas horas de estudio con seriedad. Hay que promover en ellos personalidades humanas maduras, que no han estado escondidas, sino que han madurado para darse a los demás y de este modo no saldrán a la calle con esa superficialidad en la que la falta la madurez de sus afectos, que luego les generará problemas.

En cualquier ambiente que toquemos podríamos hablar de la política. La política debe ser más coherente con la verdad. Esta crisis financiera internacional, como hemos visto, se debe principalmente a una desconfianza por falta de ética y de moral, por abuso. Hace falta respeto por las normas jurídicas, políticas, no abusar de la posición que uno tiene. Evidentemente todas estas estructuras que intentan unirnos más serían útiles pero, ¿qué hacemos con unas Naciones Unidas de pura estructura económica vacías de contenido ético y moral? ¿Y con todas esas organizaciones internacionales que, buscando únicamente negociaciones puramente externas, no pretenden crear un clima de una mayor formación moral, espiritual, ética? La tibieza ha invadido el sistema mundial y esa tibieza genera espíritus indecisos, muchas veces tramposos. De este modo, tienen éxito los negociadores de la trampa y la mentira, los poderosos de la corrupción. Es fuerte lo que digo, pero no creo que el hueco donde estamos tiene una medicina fácil. Creo que tenemos que aplicarle una medicina más fuerte.

–Los problemas que menciona ¿cómo cree que tocan la realidad eclesial en América Latina?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: Yo pienso que hay algo que está muy metido en el ser humano: el afán de lucimiento, la vanidad. Cuando el responsable, llámese sacerdote u obispo, en lugar de ser un servidor, una alfombra para que sus hermanos pisen, el último de los servidores…, piensa que el cargo que posee le permite unos beneficios y unas comodidades y un mando, entonces, lamentablemente, esa escuela de vanidad, de superficialidad, se convierte en un camino que no funciona. Muchas veces se ve que quien está al frente de una institución o responsabilidad más que servir a los demás se sirve de los demás. Pienso que muchas veces estas acciones tienen una etiqueta de ayuda al prójimo, pero debajo tienen un contenido ideológico-pol
ítico, como cualquier otra alternativa de otro grupo.

Los sacerdotes no podemos servirnos de la Iglesia para hacer un escenario y luego dejar a la Iglesia muy mal, con una hipocresía y un cinismo que realmente va siendo cada día más espeluznante. Esto se arregla con un poquito más de autoridad y de respeto a las normas establecidas.

Sé que algún grupo podría decir: «esto suena a un autoritarismo medieval». No, hay que ya perderle el miedo a esas críticas ladinas. Todo ser humano requiere del apoyo y de la orientación de alguien, tiene necesidad de ejemplo y liderazgo. En toda institución hay unas normas y el que no las cumple se va de la institución. Yo creo que está faltando en muchos niveles de la Iglesia una mayor autoridad y una mayor obediencia. Y creo que eso no es ni medieval, ni moderno, ni postmoderno. Así fue desde Adán y Eva y así será hasta el final de los siglos.

[La segunda parte de esta entrevista se publicará en ZENIT este viernes]

Por Carmen Elena Villa

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ZENIT Staff

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