El cardenal Cipriani, el celibato y la visita de Obama a Notre Dame (II)

Entrevista con el arzobispo de Lima

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CIUDAD DEL VATICANO, viernes 29 de mayo de 2009 (ZENIT.org).- Los escándalos de presidente de Paraguay –antiguo obispo– o del padre Alberto Cutié, que han reconocido su ruptura del celibato, han generado un amplio debate en el continente americano en el que interviene, con esta entrevista el cardenal Juan Luis Cipriani.

El arzobispo de Lima, en conversación con ZENIT, explica que, en realidad, hoy no sólo está en causa el celibato, sino la misma visión del amor, que en muchos ambientes se ha hecho materialista y, por tanto, posesivo, haciendo que la fidelidad deje de ser un valor.

En la segunda parte de esta entrevista, el purpurado peruano analiza también las consecuencias del doctorado honoris causa que entregó la universidad católica Notre Dame de los Estados Unidos al presidente Barack Obama, a pesar de que su acción política está abiertamente en contra de la enseñanza católica en cuestiones de vida o muerte.

–América Latina ha vivido en los últimos meses los escándalos del presidente de Paraguay Fernando Lugo, quien ha reconocido la paternidad cuando todavía era obispo, y del padre Alberto Cutié. Ambos han dado tanto de qué hablar sobre el celibato sacerdotal. ¿Por qué viven este consejo evangélico los sacerdotes?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: La encíclica Deus Caritas est lo dice todo. Yo creo que no debemos hablar sólo de estos dos casos, del celibato, sino del amor humano en general. El Papa nos explica con mucho detalle cómo ese amor, que inicia en ese movimiento del eros, se convierte en un ágape. Ya no es el impulso del sexo que está puesto por Dios en la naturaleza humana sino que ese impulso se purifica y se convierte en entrega al otro, en el ágape.

El amor ya no es solamente el impulso de uno sino la entrega y el encuentro de dos, que hace que sean una nueva criatura, que es el amor. Nos dice el Santo Padre que, en el Nuevo Testamento, casi siempre se utiliza la palabra ágape. El Papa empieza a explicarnos lo que es el amor diciéndonos: «el amor nace en la cruz», porque «tanto amó Dios al mundo que nos envió a su hijo unigénito para que muriendo en la cruz nos redimiera». Es Dios quien lo define de una manera muy clara, no sólo con palabras, sino con el envío de su hijo. Por lo tanto en el mundo de hoy, al no querer aceptar el dolor, el sacrificio que lleva a la vida, se mata el amor y ¿qué es lo que queda? Queda la posesión sexual. Se ha amputado por temor, por cobardía, por tibieza, la capacidad de sufrimiento, porque sólo se busca el éxito y el placer. Hemos matado la planta que surge del dolor, que es el amor y, por lo tanto, en muchas relaciones humanas, familiares, se da una relación totalmente material, en la que prácticamente la integridad de la persona no está comprometida. Cuando ese materialismo se apropia de las relaciones humanas, entonces el hombre y la mujer se convierten en objetos de una experiencia sexual más o menos ilustrada y, por lo tanto, esa experiencia pierde su estabilidad, va y viene, no produce esa alegría de la entrega, porque no sale del dolor ni de sacrificio y, cuando se presenta una enfermedad o un problema económico, una discusión…, se rompen los matrimonios del mismo modo que ocurre con estos casos, como Lugo o el padre Cutié, quienes al momento de sentir un sacrificio superior a sus fuerzas rompen la palabra dada.

A los sacerdotes se les pide esa castidad que se le pide también al matrimonio. Hay una castidad conyugal y hay una castidad en el celibato. Quien sabe amar y quien tiene la experiencia de un amor matrimonial sano y estable sabe de qué le estoy hablando. Es lo mismo que la Iglesia nos ofrece a quienes entregamos todo por amor a Dios. No es menor ni es más difícil, pero ese producto de ese amor hoy escasea y, por lo tanto, en un mundo materialista y un poquito hedonista, es difícil explicar el celibato, que es un tesoro de la Iglesia. Por este motivo, se quiere convertir ese tesoro en barro, porque quien tiene los ojos sucios, no distingue ni la verdad, ni el amor, ni la belleza.

–Continuando con los temas de actualidad, vemos cómo el pasado 17 de mayo la universidad de Notre Dame en Estados Unidos condecoró al presidente Barack Obama pese a sus políticas contrarias a la vida humana. Las universidades católicas, ¿están renegando de su fe?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: Yo creo que hay que volver a las fuentes. La identidad católica no es propiedad de una universidad, ni del rector, ni del ministro de educación. La identidad católica está acreditada por la Iglesia católica. Lo que no se puede y no se hace en ninguna institución es decir «este es un automóvil Toyota», si la fábrica Toyota no le pone la marca.

Creo yo que hace falta un poquito más de claridad y de autoridad. De claridad por parte de quienes son responsables para poder decir: «si usted no quiere, deje de ser católico». Pero lo que no podemos es vender un producto malogrado. Pensar que los padres y los hijos van a una universidad que tiene el letrero de «católica» y luego resulta que enseña lo contrario a la fe. Es una confusión o un abuso. Creo que la Iglesia tiene el deber de llamar a las cosas por su nombre.

Lo que no me parece bien es que haya un presidente de Estados Unidos, con todo el respeto que merece el señor Obama, que vaya a una universidad católica a explicarle a los católicos qué es ser católico y, en su discurso, haga toda una clase de teología vacía, llena de relativismo, muy peligrosa, convocando a los disidentes de la Iglesia católica. Es una vergüenza.

Pienso que los obispos norteamericanos han reaccionado con bastante honradez, aunque no todos. Yo no es que sea partidario de la polémica y de la confrontación. Pero parece una provocación dar un homenaje católico a un presidente que en los primeros cien días ha impulsado el aborto, los matrimonios gays, las investigaciones con las células embrionarias, y toda una agenda antivida. No me parece que sea la persona más adecuada para recibir un reconocimiento de la universidad de Notre Dame, que por cierto desde hace muchos años está en esta confusión grande.

Todos los tiempos la hemos tenido, no pensemos que la Iglesia empieza con nosotros. Esto es muy antiguo. Pero, ¿cuál es la diferencia? Que antes, quien disentía, se iba de la Iglesia; hoy se queda adentro y esto me parece que requiere de nosotros, por amor a la Iglesia, un poquito más de firmeza. Miremos algunas de estas situaciones ante Jesús, en la Eucaristía y en la cruz, y digamos: «Señor, esto es como en tus tiempos, ni más ni menos. Pero ¿cómo respondían tus discípulos?. Primero con temor, luego con dolor y luego con martirio. Pues si estos son los tiempos, aquí estamos Señor para que por amor a ti y a la Iglesia, a tu cuerpo místico, tengamos el coraje de defenderla hasta el final».

Por ejemplo vemos con qué claridad y amor a la verdad el Papa Benedicto XVI ha regresado de Tierra Santa. Con qué alegría, con qué claridad ha abordado todos los temas que parecían difíciles, desde el punto de vista político, pero él los ha tratado desde el punto de vista de lo que quiere un peregrino de la paz, un vicario de Cristo. Cada vez lo quieren más, cada vez es un líder que ilumina más a este mundo que está a oscuras.

–¿Cómo cree que este problema toca las universidades católicas en América Latina?

–Cardenal Juan Luis Cipriani: Las universidades y las escuelas y hasta los equipos de fútbol reflejan lo que ocurre en la sociedad. Puede haber una universidad que tenga una propuesta luterana o marxista o pagana, pero dejemos que haya también una universidad con la propuesta católica. Ésta está muy bien definida por Juan Pablo II en muchos de sus escritos y lo condensó en l
a constitución apostólica Ex corde ecclesiae. Por lo tanto, no es de ninguna manera una limitación a la autonomía universitaria, no confundamos la autonomía que tantas veces ha sido la respuesta al control estatal.

Pero toda ciencia tiene la limitación de su propio método científico y, por lo tanto, con los métodos de la filosofía yo no puedo hacer bioquímica. Con los métodos de la teología yo no puedo hacer física. La propuesta católica, que es un aporte a la sociedad y al progreso, simplemente pide en ese espacio que se le permita en su integridad ser ofrecida a todos los alumnos. En esa integridad católica, lógicamente creo yo que no es ningún problema ni la libertad de cátedra, ni la autonomía. Simplemente quien va a una universidad católica, vive la propuesta y el proyecto católico. No va a ser un proyecto confesional, en el sentido de cerrado, porque entonces la universidad fracasaría y las universidades católicas no han fracasado. Han sido pioneras en muchas partes del mundo.

Comprendo que la situación refleje este relativismo de pensamiento y que mucha gente, en nombre de la tolerancia, es muy intolerante. Te exigen tolerancia a ti, como ordinario del lugar, y sin embargo no toleran la propuesta católica que la Iglesia propone. Entonces tenemos que ser un poquito más sinceros. La verdad es algo que es doloroso, la verdad cansa, construye, llena de esperanza, de fe y de gozo y creo que hay que redescubrirla.

Estamos en un mundo en el que las comunicaciones traen la posibilidad de la transparencia. Pues que esa transparencia permita que se vea la verdad.

Creo yo que son momentos en que hay que tener una enorme cercanía con el Señor, hay que tener pasión por el tiempo que nos ha tocado vivir, y no temor, hay que buscar en el fondo del corazón de la gente esa semilla de bondad que todos tenemos, pero no hacerlo por la vía de una negociación política o de un intercambio de poderes, o como un intercambio de equilibrios o como una complicación ideológica. Es mucho más serio. Tomémonos más serio a la persona humana, a la familia, a Dios creador, a Dios hecho hombre, a nuestra madre Santa María, a lo que es la maternidad de una mujer.

[La segunda parte de esta entrevista se publicará en ZENIT este domingo

Por Carmen Elena Villa]

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ZENIT Staff

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