SAN PETERSBURGO, viernes 16 de septiembre de 2011 (ZENIT.org).- La iglesia de Santa Catalina, la primera parroquia de San Petersburgo, es testigo del renacer de la fe en Rusia. Los católicos en el país son una minoría que, sin embargo, crece cada año. Esta iglesia, en la avenida principal de la ciudad de los zares, conserva en su interior las huellas de una fe probada hasta el martirio.

A ambos lados del altar mayor, en sendas capillas, se conservan los restos de mármoles de la antigua construcción, como si fueran dos relicarios del martirio sufrido por quienes pertenecieron a esta comunidad. A la derecha, un Cristo crucificado, sobre los restos del altar, salvado con riesgo de su vida por una parroquiana y guardado en su casa, es testigo de la historia trágica de la fe en Rusia.

Incendios, saqueos, destrucción, almacén de verduras y otros artículos, y luego sala de conciertos fueron los destinos del recinto de la iglesia de Santa Catalina hasta su reciente recuperación para el culto.

Aunque hay misa en español, los sábados por la tarde, este domingo tuve que elegir entre inglés, francés, polaco o ruso. Por la hora, no había duda: inglés. El perfil de los parroquianos cambia según la lengua. En esta eucaristía, había turistas, un grupo de africanos y también rusos. Varios jóvenes africanos llevan la voz cantante, entonando los himnos litúrgicos.

Durante la celebración, llega un nutrido grupo de peregrinos italianos para celebrar su propia liturgia en su lengua en la capilla del Sagrario.

La mayoría de los fieles que asisten a Santa Catalina son polacos que viven en San Petersburgo y extranjeros. Los días laborables la misa es en ruso.

La historia de esta iglesia se remonta a la época de los zares. En 1702, Pedro I invitó a los extranjeros a ir a Rusia y les prometió libertad de religión. En 1710, Peter Van der Gar regaló a la comunidad católica de San Petersburgo un terreno en el barrio griego, donde se construyó una pequeña iglesia de madera. En 1710, el primer bautizado fue el hijo de un arquitecto italiano Domenico Tresini, cuyo padrino fue nada menos que el zar. Esta es una ciudad hecha fundamentalmente por arquitectos italianos.

En 1737, la iglesia se quemó y se encontró un nuevo lugar en la avenida principal de San Petersburgo: Perspectiva Nevsky, 32, en el centro, muy cerca de la iglesia ortodoxa de la Virgen de Kazán y del museo del Ermitage, antiguo Palacio de Invierno de los zares. Pero la parroquia funcionó en un local provisional pues su construcción tardó décadas en empezar, hasta reunir los fondos necesarios. De 1800 a 1815, la Compañía de Jesús atendió la parroquia y fundó una escuela para hijos de nobles y otra para niños pobres. En 1816, su gestión pasó a los dominicos. Hoy son dominicos polacos quienes atienden la parroquia.

En 1905, era párroco Constantine Budkiewicz, que murió fusilado en la Lubianka en Moscú en la noche de Pascua de 1923. Entre 1907 y 1914, santa Úrsula Leduchowska, canonizada el 18 de mayo de 2003 en Roma abrió aquí una escuela para niñas.

En 1917, se llegó a un récord de 32.000 feligreses. Santa Catalina era una de las diez iglesias de San Petersburgo. La procesión del Corpus de 1918 fue organizada por el sacerdote decano de la ciudad y párroco de esta iglesia Budkiewicz, hoy en proceso de beatificación.

En la procesión participaron el arzobispo Ropp, el siervo de Dios obispo Jan Cieplak y el beato exarca de rito católico bizantino Fedorov. La procesión partió a la vez de la iglesia de Santa Catalina y la concatedral católica de la Asunción, con una asistencia que asombró a la ciudad: algunas fuentes hablan de cuarenta mil personas, lo que sería un poco más de la mitad de los católicos residentes en aquel momento en Petrogrado.

En 1938, la iglesia fue clausurada y el padre Florin OP permaneció en la ciudad hasta 1941 cuando fue expulsado de Rusia. Hasta entonces, era el único sacerdote para atender a las diez parroquias. Murió en Francia en 1995.

A comienzos de la década de 1920, había en Rusia unos 1.650.000 católicos, atendidos en 580 parroquias o iglesias por 397 sacerdotes.

Hasta la década de 1950 el número de los católicos aumentó significativamente por el hecho de que millones de personas fueron obligadas, a raíz de la II Guerra Mundial, a trasladarse a los territorios de Siberia y Kazajstán, y con esas deportaciones se formaron grandes aglomeraciones de católicos también en Siberia.

En 1991 se produjo el renacimiento de la parroquia después de tres generaciones de control soviético. En 1992, este edificio fue devuelto a la Iglesia católica y se reanudaron en él las celebraciones litúrgicas.

En 1991, la comunidad de Santa Catalina se reducía a treinta personas, en su mayoría inmigrantes. Al año siguiente, se habían bautizado veinte adultos y diez niños, por lo que los fieles de la parroquia se habían duplicado. Desde entonces cada año se da el mismo fenómeno y no paran de crecer.

La procesión citada, la última, mostraba el gran crecimiento del catolicismo en Rusia a principios del siglo XX, sobre todo tras la Ley de Libertad Religiosa del zar Nicolas II de 1907. Algunos creían que había llegado el momento de la libertad para los católicos en Rusia, pero no fue así.

Es difícil saber cuántos católicos hay actualmente en la Federación Rusa: mientras la asociación Ayuda a la Iglesia Necesitada y otras fuentes estiman que hay unos 800.000, otras llegan a hablar de 1,5 millones. Un artículo publicado en L’Osservatore Romano en 2002 hacía una estimación de 1,3 millones. Rusia es el octavo país del mundo en el que más aumenta el número de católicos.

Y para todos ellos, en las cuatro diócesis de la inmensa Rusia, sólo hay doscientos sacerdotes, en su mayoría religiosos extranjeros, con prevalencia de polacos.

Hoy, el 57% de los rusos se consideran cristianos, en su inmensa mayoría ortodoxos; el 33% se confiesan agnósticos, ateos o irreligiosos, y un 7-8% son musulmanes.

Por Nieves San Martín