Vivir "de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados" (Ascensión del Señor, ciclo B)

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Comentario a la segunda lectura dominical

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ROMA, viernes 18 mayo 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna «En la escuela de san Pablo…» ofrece el comentario y una aplicación para la solemnidad de la Ascensión del Señor.

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Pedro Mendoza, LC

«Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos. A cada uno de nosotros le ha sido concedido el favor divino a la medida de los dones de Cristo. Por eso dice: Subiendo a la altura, llevó cautivos y dio dones a los hombres. ¿Qué quiere decir ‘subió’ sino que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. El mismo ‘dio’ a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo». Ef. 4,1-13

Comentario

El pasaje de este domingo corresponde a la parte exhortativa de la carta a los Efesios (4,1–6,20), que según la costumbre paulina, viene después de la parte doctrinal (2,1–3,21).

El primer tema de la exhortación gira en torno a la unidad del espíritu que debe reinar entre los miembros del cuerpo de Cristo, la unidad de la Iglesia en el amor y la paz. Comienza san Pablo indicando los presupuestos de la unidad: la humildad y la mansedumbre (4,1-3). Exhorta en primer lugar a que «viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados». Ahora bien, ¿en qué consiste una vida «digna de la vocación»? La respuesta está contenida en todo lo que viene a continuación, pero ante todo en la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el perdón y la tolerancia recíproca con vistas al logro de un alto objetivo: conservar en paz «la unidad del Espíritu». Para el apóstol la humildad es la actitud del hombre, que se inclina a lo bajo, insignificantemente pequeño, pero sobre todo al servicio. Es la muerte del yo natural, que desde nuestros primeros padres quiere vivir cada vez más a su antojo. Íntimamente ligada con la humildad está la mansedumbre, representada por la suavidad de ánimo que renuncia conscientemente a la utilización de la violencia y de la dureza.

El Apóstol señala a continuación el fundamento de la unidad (vv.4-6). En tres escalas tripartitas coloca su idea sobre la unidad del cuerpo en el Espíritu, pasando por la unidad del Señor, hasta llegar a la unidad de Dios. Después de indicar el fundamento de la unidad, san Pablo nos presenta el papel realizado por Cristo en la construcción de su cuerpo (vv.7-16). Es a través de Cristo que hemos recibido todos los dones de la gracia. Aparentemente, el Apóstol desarrolla aquí un argumento tomado de la Sagrada Escritura, para demostrar que Cristo es el dador de los dones celestiales. Pero no parece aquí atenerse al propio texto de la Escritura, sino a una interpretación rabínica, que entendía estas palabras del salmo como aplicadas a Moisés, que subió al Sinaí, recibió la ley y la llevó como un don a los hijos de los hombres. Intenta mostrar que el «bajado» del cielo sólo puede ser el que ha bajado del cielo a esta tierra, Jesucristo. La subida se describe como realizada «por encima de todos los cielos, para llenarlo todo».

Después del paréntesis 4,8-10 se reanuda la idea fundamental de 4,7, detallándose la plenitud de los dones. Como dones no aparecen aquí, como se hubiera podido esperar según 4,7, las diversas gracias, que a cada uno se le distribuyen, sino los portadores de dones: apóstoles, oradores inspirados (= «profetas»), misioneros (= «evangelistas»), pastores y doctores, como si todo el hombre fuera un puro servicio y, por lo tanto, un puro don. Hay que notar que aquí aparecen solamente los que en la Iglesia se llaman autoridades. Ellos son en primer lugar los «dones» del Cristo resucitado. Pero a continuación reaparecen todos, ya que estos servicios fundamentales han sido donados» para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo» (v.12).

Y así tenemos ambas cosas: la clara división entre los que tienen cargo y dignidad en la Iglesia, y aquellos para los cuales existen esos dones del ministerio. Con la «unidad de la fe» hay que lograr el «estado de hombre perfecto», «la madurez de la plenitud de Cristo» (v.13). Y esto, según se detalla en el v.14, tendrá como consecuencia la firmeza en medio de un mundo lleno de tentaciones. Esta firmeza sólo puede ser la consecuencia de una profunda vida de fe.

Aplicación

Vivir «de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados».

Este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, con la cual se concluye el período pascual de las apariciones del Señor. La fiesta de la Ascensión nos invita a tener presente dos aspectos importantes. En primer lugar, la Ascensión nos reclama a dirigir nuestra mirada al cielo, donde Jesús glorificado se encuentra sentado a la derecha del Padre. Y, en segundo lugar, esta fiesta nos hace tomar conciencia de lo que ella significa para nosotros como compromiso: la misión de los discípulos, y en ellos la de todos los creyentes en Cristo, recibe su última confirmación antes de su subida al cielo. Él nos envía a transformar el mundo según el diseño de Dios, impulsados con la fuerza del Espíritu Santo.

Las lecturas nos evocan este misterio de la Ascensión del Señor. La primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos narra la última aparición del Señor a sus discípulos antes de subir a los cielos. Del mismo modo el pasaje del Evangelio de san Marcos nos recuerda el último encuentro de Jesús resucitado con sus apóstoles, al término del cual Jesús es elevado al cielo donde está sentado a la derecha del Padre. El Apóstol por su parte, en la carta a los Efesios, valiéndose de una referencia de un salmo sobre «el subir al cielo», nos habla de la subida al cielo de Jesús desde donde nos comunica todos sus dones.

En el relato de Lucas, recogido en los Hechos de los apóstoles (1,1-11), en la última aparición del Señor y antes de su Ascensión a los cielos, Jesús nos asegura el don del Espíritu Santo en el cumplimiento de la misión que Él nos confía: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (v.8). De este modo nos reclama al compromiso que tenemos como cristianos: ser testimonios de Él entre nuestros hermanos, haciéndoles partícipes de la salvación que Él nos ha alcanzado.

El Evangelio de san Marcos recrea el mismo acontecimiento presentado en los Hechos de los apóstoles: la última aparición y la misión que Cristo confía a sus discípulos antes de su Ascensión a los cielos (16,15-20). Esta misión, por una parte, se presenta desproporcionada a la capacidad humana de los discípulos: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (v.15). Pero, por otra parte, les asegura la asistencia de Jesús en el cumplimiento de la misma, indicando las señales y prodigios que en su nombre realizarán para llamar a la conversión a todos los hombres. Conscientes de la grandeza de la misión que Jesús les confía y de sus propias limitaciones, los apóstoles están llamados a colaborar con todas sus fuerzas, pero sobre to
do a apoyar su entrega en el poder y en la acción de Cristo, de quien son siempre instrumentos en su obra de salvación.

Como refiere el Apóstol en la carta a los Efesios, la misión que Cristo nos ha confiado produce frutos maravillosos en los destinatarios de la misma: todas las personas llegan a formar un solo cuerpo, el cuerpo mismo de Cristo resucitado (4,1-13). Entonces los miembros de este cuerpo alcanzamos la plena unidad, en un solo espíritu, el Espíritu Santo, y nos ponemos al servicio de un solo Dios, que es «Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (v.6). Vivamos, pues, este misterio de la Ascensión llenos de gozo por los dones que Cristo nos ofrece y por toda su acción en nuestras vidas, buscando vivir siempre «de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados» (v.1).

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ZENIT Staff

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