Beato Juan Marinoni

«Maestro de los teatinos»

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MADRID, jueves 13 diciembre 2012 (ZENIT.org).- Los pobres y desvalidos tuvieron en este beato uno de sus grandes valedores. Pensando en ellos impulsó una importante red, los «Montes de Piedad».

Por Isabel Orellana Vilches

Compañero, colaborador y maestro de santos, Juan Marinoni nació en Venecia en 1490. Era hijo de una selecta familia que tenía sus raíces en Bérgamo. Fue el tercero y último de los hermanos, y lo bautizaron con el nombre de Francisco. Cursó estudios en la Universidad de Padua y fue ordenado sacerdote. Era parte integrante del clero en la Colegiata de San Pantaleón, sacristán de la Basílica de San Marcos –misión que ya ostentaba en 1515–, y uno de sus canónigos. Durante un tiempo fue capellán y superior del Hospital de los Incurables.

La fundación de Clérigos Regulares iniciada por san Cayetano de Thiene daba sus primeros pasos, y el beato, que quería consagrar su vida a Cristo como religioso, renunció a su canonjía y se integró en ella en 1528. Profesó en mayo de 1530, tomando el nombre de Juan. Le impuso el hábito Giampietro Carafa, futuro pontífice Pablo IV, y comenzó a colaborar estrechamente con el fundador, san Cayetano. De hecho, tres años más tarde, a solicitud del papa Clemente VII, ambos se trasladaron a Venecia y abrieron la primera casa. Además, se fueron reemplazando sucesivamente en las labores de gobierno.

Juan era un hombre admirado por su sencillez, caridad y humildad. Fue un gran confesor; tenía sabiduría para la dirección espiritual y la formación de los futuros sacerdotes, por lo que es considerado «Maestro de los teatinos». Entre otros egregios sacerdotes, bajo su enseñanza se apasionaron por Cristo y aprendieron los matices del carisma fundador, el beato cardenal Pablo Burali, Jaime Tormo, Salvador Caracciolo, que fue arzobispo de Conza, y san Andrés Avelino, a quien se debe la semblanza que escribió del P. Marinoni, y al que asistió en el momento de su muerte. San Andrés retrató a su maestro diciendo que: «…siempre fue de naturaleza amable, por lo que era querido, respetado y admirado por los fieles quienes le rendían honores y lo tenían por un santo…». Ciertamente, ejerció un liderazgo espiritual entre los religiosos.

Como orador, el beato Juan conmovía a los fieles con sus encendidas palabras que ponían de manifiesto su amor a Cristo. Se caracterizó también por su devoción a la Pasión, y su sensibilidad por los necesitados. Para poder atenderlos, inició junto a san Cayetano la creación de los «Montes de Piedad» que tanto bien hicieron en estos colectivos tan desfavorecidos, rescatándolos con ella de oportunistas y desaprensivos usureros. Tuvieron tanto éxito que se convirtieron luego en el Banco de Nápoles. Juntos, el santo y este beato, también combatieron movimientos contrarios a la Iglesia. Pablo IV ofreció a Juan ser obispo en varias ocasiones, pero sintiéndose indigno de ese honor declinó aceptar la misión.

Hasta el final de sus días estuvo orando por todos y creando nuevas vías de ayuda para los pobres y los ancianos. Fue en ese periodo cuando abrió hospicios para ellos y puso en marcha hospitales. En cinco ocasiones fue Prepósito de la Casa de San Pablo de Nápoles, y en ella murió el 13 de diciembre de 1562. Sus restos recibieron sepultura en el cementerio de San Pablo el Mayor, y se conservan junto a las reliquias de su fundador, san Cayetano. Su culto fue confirmado por Clemente XIII el 11 de septiembre de 1762.

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ZENIT Staff

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