Niños migrantes

Reflexiones del obispo Felipe Arizmendi, obispo de San Cristobal de las Casas

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VER

Llevo casi 24 años en Chiapas, y siempre han pasado por aquí muchos hermanos centroamericanos, tratando de llegar a los Estados Unidos, en busca de mejores oportunidades de vida, al igual que hicieron y siguen haciendo multitud de mexicanos desde años remotos. A pesar de todos los peligros, las restricciones y los controles de ese país, es un fenómeno que no se puede detener, mientras haya hambre, inseguridad y falta de condiciones de una vida más digna en nuestros países. Es como un río, que si le tapan una salida, busca otra y nadie lo detiene.

Durante muchos años, eran varones los que salían y pasaban entre nosotros. Después, empezaron a venir mujeres, sobre todo jóvenes, expuestas a ser violadas e instrumentalizadas. En los últimos meses, fue aumentando más y más el número de niños que vienen con sus padres, y muchos que no son acompañados, sino que sus familiares de origen contratan traficantes para que los hagan llegar hasta el Norte, con costos exorbitados y con el riesgo de quedarse en el camino, muertos quizá.

Como Iglesia, hemos hecho lo posible por hacerles más llevadera esta aventura migratoria, con varios albergues que hemos construido y sostenido, pero la dureza del país del Norte hace más difícil su intento.

PENSAR

El Papa Francisco, en un mensaje enviado a los participantes en el coloquio entre México y la Santa Sede, organizado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, sobre movilidad humana y desarrollo, expresó: “La globalización es un fenómeno que nos interpela, especialmente en una de sus principales manifestaciones, como lo es la emigración. Se trata de uno de los ‘signos’ de estos tiempos que vivimos y que nos recuerda la palabra de Jesús: ‘¿Por qué no juzgan ustedes mismos lo que es justo?’ (Lc 12,57). El gran flujo de migrantes presentes en todos los continentes y en casi todos los países, se ha convertido ya en un elemento característico y en un desafío de nuestras sociedades.

Es un fenómeno que trae consigo grandes promesas, junto a múltiples desafíos. Muchas personas obligadas a emigrar sufren y a menudo mueren trágicamente; muchos de sus derechos son violados, son obligados a separarse de sus familias y lamentablemente continúan siendo objeto de actitudes racistas y xenófobas.

Me urge llamar la atención sobre decenas de miles de niños que emigran solos, no acompañados, para escapar a la pobreza y a las violencias. Esta es una categoría de migrantes que, desde Centro América y desde México, atraviesa la frontera con los Estados Unidos de América en condiciones extremas, en busca de una esperanza que la mayoría de las veces resulta vana. Ellos aumentan día a día. Tal emergencia humanitaria reclama en primer lugar intervención urgente, que estos menores sean acogidos y protegidos. Tales medidas, sin embargo, no serán suficientes, si no son acompañadas por políticas de información sobre los peligros de un tal viaje y, sobre todo, de promoción del desarrollo en sus países de origen. Finalmente, es necesario frente a este desafío, llamar la atención de toda la comunidad internacional para que puedan ser adaptadas nuevas formas de migración legal y segura” (11-VII-2014).

ACTUAR

El mismo Papa nos propone: Es necesario que todos cambiemos la perspectiva hacia los emigrantes y los refugiados; que pasemos de una perspectiva defensiva y de miedo, de desinterés y de marginación -que, en el fondo, se corresponden con la ‘cultura del descarte’- a una perspectiva basada en la ‘cultura del encuentro’. Esta es la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor».

Seguiremos insistiendo en la necesidad de que los legisladores y gobernantes de los Estados Unidos abran su corazón a esta emergencia humanitaria,  y no olviden que su bienestar actual es fruto de millones de migrantes que forman su país. Si los desechan, no podrían vivir sin ellos. Los necesitan, aunque los menosprecien.

Se deben buscar caminos creativos, para darles seguridad en su tránsito entre nosotros, y no sólo recurrir a deportarlos. Que se les concedan tarjetas de tránsito y otras medidas oportunas. Son nuestros hermanos.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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