Sexualidad en el matrimonio. Foto: Archivo.

Sexualidad conyugal: ¿qué se vale y qué no en la cama?

El padre Ramón Lucas contesta a las dudas más frecuentes que surgen a los esposos, para ayudarlos a vivir sus relaciones conyugales con mayor serenidad y libres de obsesiones.

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Por: Isabel Molina y José Antonio Méndez.

La revista Misión entrevistó al padre Ramón Lucas Lucas, L.C., profesor de antropología en la Universidad Gregoriana y de bioética en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, ambas en Roma, sobre la sexualidad en el matrimonio.

Algunas de las respuestas que encontrarás en este artículo han cambiado ya la vida íntima de muchos matrimonios. De un modo claro y directo, y en total sintonía con el plan de Dios para la sexualidad conyugal, bien asido al Magisterio de la Iglesia y a la Teología del cuerpo de san Juan Pablo II, el padre Ramón Lucas, Legionario de Cristo, contesta a las dudas más frecuentes que surgen a los esposos, para ayudarlos a vivir sus relaciones conyugales con mayor serenidad y libres de obsesiones.

¿De verdad que a Dios le importa el placer de los cónyuges?

Le importa muchísimo, por eso lo ha puesto. Si no le importara, no lo habría creado así. Y cuanto más gocen los cónyuges donándose el uno al otro, más santo, divino y pleno es ese acto.

“Los animales se excitan, no se emocionan. En el ser humano, el goce físico está cargado de afectividad”.

¿Conviene que los esposos se regalen mutuamente placer sexual?

Eso que se dice: “rapidito y a oscuras”, no tiene razón de ser. Los esposos tienen que tomarse tiempo para expresar su intimidad, darle la intensidad que necesiten y gozar todo lo que puedan, porque el placer es parte integral del acto.

A veces da la sensación de que el hombre y la mujer están mal hechos, pues sus ritmos de excitación no coinciden…

Efectivamente, las curvas de excitación del hombre y de la mujer son asincrónicas. El varón se excita más rápidamente y, después del orgasmo, tiene un periodo hasta que se recupera. La mujer tiene un ritmo ondulatorio, más lento. Puede tener una pluralidad de orgasmos y, luego, desciende más lentamente. Si se toma solo el dato fisiológico de sus curvas de excitación, podríamos decir que estamos mal hechos, y esto podría llevar al abandono, al abuso o a la falta de acuerdo mutuo…

¿Qué hacer ante esa diferencia? 

Esa diversidad fisiológica es la única condición de posibilidad que tenemos los seres humanos de realizar ese acto de donación como un acto libre e inteligente porque comprendemos que no estamos sujetos a un instinto. El cónyuge que se quiere donar al otro entiende ese ritmo y prepara, dispone, espera, ayuda… en vez de dejarse llevar por un impulso, como hace el animal. De ahí que, por su fisiología, el animal siempre acierte; en cambio el hombre puede fallar.

¿Qué debe hacer entonces para acertar?

Entender que los mal llamados “actos eróticos o preliminares” en realidad forman parte integral del acto conyugal. Reducir el acto al momento orgásmico es ejercer violencia contra los esposos. El acto conyugal es una catarata en continuo y, por eso, la disposición para que salga bien no comienza cuando el marido llega a casa y guiña el ojo a su mujer. Lleva todo un día de preparación. Si el día ha estado lleno de desaires, no vale pensar que se resolverán en el lecho.

Esto no es fácil, pues hay muchas emociones en juego…

Las emociones son otro elemento distintivo del acto conyugal. Los animales se excitan, pero no se emocionan. En el hombre, este acto profundamente personal y cargado de goce biológico, físico, orgánico, está también cargado de emoción, de sentimiento, de afectividad. Eso es lo que lo hace más excitante. Por eso podemos afirmar con certeza que ninguna relación sexual fuera de un acto conyugal llegará al grado de excitación al que llega la relación de los esposos.

Hablemos claro: ¿qué está permitido hacer, y qué no, durante el acto conyugal?

Está permitido todo lo que forma parte del acto conyugal. ¿Puedes besarle el cuello? Sí. ¿Los pechos? Sí. ¿Los genitales? Sí. Puedes besarle lo que quieras, siempre que haya respeto, normas de higiene y aceptación.

En el momento en que haya rechazo, no le puedes besar ni la nariz. Tú no puedes imponerle nada al otro, aunque digas “es que es mi mujer” o “es que es mi marido”. Aunque sea tu cónyuge, imponer algo sería un acto de violencia porque si un cónyuge sabe con certeza que el otro no está disfrutando, más aún, que está sufriendo, y sigue adelante, no está realizando un acto de donación. Esta es la clave de toda la vida sexual de la persona humana: apertura y donación, respeto y acogida, reciprocidad y alteridad. Cuando falla alguna de las tres dimensiones, se da el abuso.

Pero si hay alteridad y hay respeto entre ellos, ¿todo se puede?

Sí, pero siempre como parte del acto conyugal, que, lógicamente, debe conducir a la penetración y a la deposición del semen en la vagina. El marido no debe eyacular fuera de la vagina de su esposa. Ella puede estimularlo con caricias, pero llega un momento en que él tiene que hacer la penetración.

¿Qué hacer si uno de los dos alcanza primero la satisfacción?

Si uno llega antes al orgasmo y está satisfecho fisiológicamente, no debe abandonar al otro. Tiene que continuar amando a su cónyuge. Si es el varón, a lo mejor no podrá continuar dentro de su mujer, por su fisiología, pero deberá continuar cerca de ella con besos, con caricias… Todo esto forma parte del acto conyugal.

¿Conviene a los esposos intentar llegar al orgasmo a la vez?

Xavier Lacroix, en su libro Le corps de chair, les dimensions éthique, esthétique et spirituelle de l’amour, (en español: El cuerpo de carne, la dimensión ética, estética y espiritual del amor), dice que llegar al orgasmo sincrónicamente es un problema muy difícil; pretenderlo, también. Y buscarlo a toda costa puede hacerle perder espontaneidad a la relación. Él recomienda preparar, disponer, para que, de alguna forma, los dos estén en la misma onda, observando los distintos ritmos de excitación. 

¿Qué hacer en caso de que a la mujer le cueste alcanzar el orgasmo o tarde en llegar?

Si ella, por alguna razón, no es estimulada adecuadamente y no llega a la satisfacción, o no llega del modo adecuado, tiene que hablar con su cónyuge, pues una vez que el marido está satisfecho, tiene que seguir estimulándola. Esto también forma parte integral del acto conyugal.

¿Todo esto dónde está escrito?

En la naturaleza y en la fisiología humanas. No tienes que buscar más. Y lo que está escrito en la naturaleza humana, si la respetas, está bien. Entonces, ¿por qué hacer esto los cónyuges está bien y hacer lo mismo en un adulterio o en una filmación pornográfica está mal? Porque en un lugar se está respetando la naturaleza y la finalidad del acto, y en el otro no. Es como un cuchillo: lo puedes usar para cortar jamón o para sacar un tornillo. Uno corresponde a la naturaleza del cuchillo, el otro no. Me dirás: “Ah, pero es que también puede sacar el tornillo”. Claro que puede, pero hasta el cuchillo más afilado pierde su filo si se usa mal. 

¿Qué recomienda a unos esposos que, por una razón grave, como una enfermedad, o por motivos de paternidad responsable decide guardar abstinencia?

Quererse y amarse en las otras mil maneras que tienen para hacerlo, y no reducir la relación conyugal a la relación orgásmica. Aunque sé, por mi experiencia de acompañar a los matrimonios, que decirlo es fácil y vivirlo es muy difícil; sobre todo, si son jóvenes y tiene una esperanza de fertilidad de 15 o 20 años.

En esos casos, ¿qué les aconseja para manejar su deseo sexual?

Diversificar mucho la vida, con una variedad de valores, actividades e intereses. Y sublimar el deseo con otros actos y muestras de amor: ofrécele una cena, vete a dar un paseo, regálale una flor… Tienes que sublimar el deseo, no reprimirlo, porque si lo reprimes, tarde o temprano caes. Eso no quita que sea un sacrificio y que los dos tienen que estar de acuerdo en caminar juntos.

¿Qué diferencia a un matrimonio que, por razones de paternidad responsable, se abstiene en los períodos fértiles, de otro que usa anticonceptivos?

Que el matrimonio que no usa anticonceptivos modifica su comportamiento sexual por un bien mayor, y el otro, no. El que los usa, sea fecundo o no, realiza el acto porque los anticonceptivos bloquean la concepción.

En el otro matrimonio hay una deliberación entre ellos y un cambio de comportamiento sexual: “Hoy soy fértil… nos vamos al cine; pasado mañana soy fértil… nos vamos a dormir pronto. Al día siguiente ya no soy fértil… entonces hoy hacemos el amor”.

¿Y si un día no se aguantan?

Nadie es perfecto. Si usas un anticonceptivo, reconoce que no está bien. Levántate y sigue adelante con normalidad. Pero no quebrantes la rectitud de tu conciencia. Una cosa es aceptar el límite y admitir la caída como parte de un proceso de maduración, y otra cosa es asumirla como norma. Algunos matrimonios dicen que no son capaces de vivirlo así y se alejan de la Iglesia. En ese caso, yo les digo: si usas un anticonceptivo, no abandones tu vida espiritual; Dios sigue amándote y tú puedes seguir amándolo. Haz el propósito de mejorar, ten claro el horizonte hacia el que caminas, y vuelve a intentarlo las veces que sea necesario.

¿Qué es importante decir que no hayamos preguntado?

Todo el comportamiento sexual en el hombre brota de su naturaleza racional; implica también su instinto, pero este no lo rige. Esto vale para todos.

Y quienes creemos en Dios reconocemos que Él ha creado la sexualidad con toda su hermosura, sus valores y su responsabilidad. Este cuchillo afilado también puede cortarte y dañarte; por eso necesita un orden.

Aunque cueste, démosle a Dios un voto de confianza. No nos creamos más inteligentes que Él.

Entrevista originalmente publicada en la revista Misión, publicación hermana de ZENIT.

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Redacción Zenit

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