La situación era particularmente grave porque la Eucaristía ocupa un lugar único en la Iglesia Católica. Foto: Legionarios de Cristo

Monjas cubanas y panameñas salvan a Cuba de quedarse literalmente sin misa por falta de Hostias para consagrar

«Debido a la falta de electricidad, no podemos producir las hostias», anunciaron las hermanas en un comunicado. Con la electricidad disponible solo por períodos limitados —a veces tan solo dos horas al día, según el padre dominico George Payano— las máquinas utilizadas para prensar las hostias ya no podían funcionar con normalidad.

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(ZENIT Noticias / La Habana, 25.06.2026).- En un país donde la vida cotidiana se ha visto cada vez más marcada por la escasez, los apagones y la incertidumbre, una crisis inesperada amenazó recientemente el corazón del culto católico en Cuba: la posibilidad de que muchas parroquias se quedaran sin hostias para la celebración de la Eucaristía.

La emergencia comenzó con la falta de electricidad.

Durante décadas, las monjas carmelitas descalzas del Monasterio de Santa Teresa y San José, en el distrito de Vedado de La Habana, han llevado a cabo discretamente una misión poco conocida fuera de los círculos eclesiásticos. Han sido las principales productoras de las hostias utilizadas en las 304 parroquias católicas de Cuba. Su labor, en gran medida oculta tras los muros del convento, ha hecho posible la celebración de innumerables misas en toda la isla.

Pero la creciente crisis energética de Cuba ha llevado este ministerio al borde de la parálisis.

«Debido a la falta de electricidad, no podemos producir las hostias», anunciaron las hermanas en un comunicado. Con la electricidad disponible solo por períodos limitados —a veces tan solo dos horas al día, según el padre dominico George Payano— las máquinas utilizadas para prensar las hostias ya no podían funcionar con normalidad. Las existencias restantes tuvieron que racionarse para optimizar los recursos.

La situación era particularmente grave porque la Eucaristía ocupa un lugar único en la Iglesia Católica. Si bien muchas actividades pastorales pueden adaptarse en tiempos difíciles, la celebración de la Misa depende de la disponibilidad de pan y vino consagrados según las normas litúrgicas de la Iglesia. Sin suficientes hostias, las comunidades parroquiales enfrentan obstáculos prácticos para mantener su vida sacramental.

Sin embargo, lo que podría haberse convertido en una emergencia pronto se transformó en un ejemplo conmovedor de solidaridad eclesial.

Cuando la noticia de la escasez llegó a Puerto Rico, el arzobispo Roberto González Nieves de San Juan hizo un llamado a sacerdotes, parroquias y comunidades religiosas para que ayudaran a sus hermanos y hermanas cubanos. La respuesta fue inmediata. Se recolectaron y enviaron a Cuba aproximadamente 300.000 hostias, muchas de ellas preparadas por las Hermanas Dominicas del Monasterio de la Madre de Dios en Manatí. El envío fue recibido personalmente por el Arzobispo de La Habana, el Cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez.

Una segunda ayuda llegó desde Panamá. El Arzobispo José Domingo Ulloa Mendieta gestionó la donación de 35.000 hostias adicionales, elaboradas por las Hermanas del Monasterio de la Visitación. Transportadas gratuitamente por vía aérea a La Habana, el envío fue recibido en la Parroquia de la Medalla Milagrosa en Guanabacoa.

En una carta que acompañaba la donación, el arzobispo Ulloa ofreció una reflexión que captaba el significado profundo del gesto. La Eucaristía, escribió, es «el sacramento de la unidad», a través del cual los cristianos se reconocen como miembros de un solo cuerpo. Cuando una comunidad carece de lo necesario para celebrar ese misterio, el resto de la Iglesia tiene la responsabilidad de ayudarla.

Esta es la segunda vez en menos de cinco años que las hermanas carmelitas se ven obligadas a reducir o suspender la producción. En 2022, el obstáculo no fue la electricidad, sino la escasez de harina.

Hoy los desafíos son aún mayores. Cuba atraviesa una de las crisis energéticas más graves de su historia reciente, con déficits de generación que superan los 2000 megavatios y apagones que duran más de veinte horas en algunas regiones. Las consecuencias van mucho más allá de las iglesias, afectando el transporte, la distribución de alimentos, la salud, la educación y la vida familiar cotidiana.

En mayo, el obispo Arturo González Amador de Santa Clara, presidente de la Conferencia Episcopal Cubana, lo calificó como «el momento más difícil y triste» que recordaba en la historia de su pueblo. La supervivencia misma, sugirió, se ha convertido en una lucha diaria para muchos cubanos.

Los efectos son visibles incluso en la labor humanitaria. El arzobispo Thomas Wenski de Miami señaló recientemente que la escasez de combustible ha complicado la entrega de ayuda en toda la isla hasta tal punto que en ocasiones se han utilizado carros tirados por caballos para llevar alimentos a las comunidades necesitadas.

En este contexto, la intervención de unas pocas monjas contemplativas puede parecer una historia menor. En realidad, revela algo esencial sobre la vida de la Iglesia. Ocultas de la atención pública, las hermanas carmelitas llevaban a cabo una tarea tan fundamental que, cuando su trabajo se volvió imposible, miles de católicos corrían el riesgo de perder el acceso a la celebración ordinaria de la Eucaristía.

Su incapacidad para producir hostias expuso una vulnerabilidad. La respuesta de Puerto Rico y Panamá reveló algo más profundo: una red de fe capaz de cruzar fronteras cuando los recursos locales fallan.

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Enrique Villegas

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