obispo Antonio Suetta, de la diócesis de Ventimiglia-San Remo Foto: PortaLuz

Obispo italiano anuncia plan para evangelizar musulmanes en su diócesis: dar a Cristo, no sólo ayuda material

El origen de la iniciativa se remonta a una reunión ordinaria de Cáritas. Un voluntario laico planteó una pregunta sencilla pero incómoda: ¿por qué la Iglesia dedica tanta energía al apoyo material mientras no ofrece a los migrantes «lo más valioso que poseemos: la fe y el Evangelio»?

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(ZENIT Noticias / Roma, 28.05.2026).- En un momento en que gran parte del discurso eclesial europeo sobre la migración se centra casi exclusivamente en la ayuda humanitaria y la integración social, el obispo Antonio Suetta, de la diócesis de Ventimiglia-San Remo, ha lanzado un desafío contundente a los católicos: acoger a los migrantes sin compartir el Evangelio es, en última instancia, una forma incompleta de caridad.

En una carta pastoral publicada el 24 de mayo, con motivo de Pentecostés, y titulada «No hay amor más grande», el obispo italiano argumenta que los cristianos traicionan su misión si proporcionan a los migrantes alimentos, alojamiento y asistencia legal sin hablarles de Jesucristo. El documento, de tono inusual en el contexto eclesial europeo actual, ha atraído rápidamente la atención por su explícito llamado a evangelizar a los musulmanes que viven en el norte de Italia.

Ventimiglia, en la frontera con Francia, ha sido durante años uno de los principales puntos de tránsito para los migrantes que entran en Europa. Muchos de los que llegan son musulmanes del norte de África y otras regiones. Según el obispo Suetta, la Iglesia Católica lleva mucho tiempo profundamente involucrada en la ayuda de emergencia, los programas de acogida y los esfuerzos de integración en la zona. Sin embargo, señala que surgió una creciente inquietud entre los propios voluntarios.

El origen de la iniciativa se remonta a una reunión ordinaria de Cáritas. Un voluntario laico planteó una pregunta sencilla pero incómoda: ¿por qué la Iglesia dedica tanta energía al apoyo material mientras no ofrece a los migrantes «lo más valioso que poseemos: la fe y el Evangelio»?

Esa pregunta se convirtió en la semilla de una iniciativa pastoral más amplia. A partir del año pastoral 2026-2027, la diócesis pondrá en marcha un programa de formación específico, coordinado por su oficina de catequesis junto con Cáritas diocesana. El proyecto comenzará formalmente durante el mes misionero de octubre e incluirá una importante conferencia sobre diálogo interreligioso, impartida el 9 de octubre en Sanremo por George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso del Vaticano.

Suetta fundamenta sus reflexiones no en polémicas contra el islam, sino en lo que describe como la obligación de la Iglesia de unir la caridad y la verdad. Invoca repetidamente el ejemplo de Francisco de Asís y su famoso encuentro con el sultán en 1219 durante las Cruzadas. Según la interpretación del obispo, Francisco no viajó simplemente para promover la convivencia pacífica, sino para dar testimonio de Cristo, incluso a riesgo de martirio.

El obispo también vincula su llamamiento con dos aniversarios: el Año de San Francisco, proclamado por León XIV del 10 de enero de 2026 al 10 de enero de 2027, y el 60.º aniversario de la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II. Suetta insiste en que el Vaticano II nunca abolió el mandato misionero hacia los no cristianos, a pesar de lo que él denomina décadas de confusión en torno al llamado «espíritu del Concilio».

Para el prelado italiano, el diálogo interreligioso tiene dos objetivos legítimos. El primer aspecto es la paz social y el respeto mutuo, particularmente importantes en sociedades marcadas por tensiones religiosas y migraciones masivas. Pero el diálogo, argumenta, no puede limitarse a la diplomacia o la coexistencia. Su propósito más profundo debe seguir siendo la búsqueda de la verdad.

En una de las observaciones más provocadoras de la carta, Suetta sostiene que muchos musulmanes que llegan a sociedades occidentales secularizadas identifican erróneamente el relativismo moral y la inmoralidad pública con el cristianismo mismo. Solo después de encontrarse con cristianos practicantes, afirma, algunos descubren que la secularización no representa el fruto del cristianismo, sino su erosión.

Para explicar su punto, el obispo utiliza una imagen elocuente: negarse a evangelizar a los migrantes es como ver a un hombre siendo arrastrado por un río mientras uno se niega a lanzarle una cuerda porque podría salvarse por sí mismo. «La cuerda es la liberación», escribe.

Suetta rechaza la idea de que la evangelización implique necesariamente hostilidad o agresión cultural. Por el contrario, subraya que el auténtico testimonio cristiano comienza con el ejemplo personal, no con la confrontación. Haciéndose eco de la espiritualidad franciscana, señala que el Evangelio debe proclamarse ante todo a lo largo de la vida, aunque no sin palabras cuando sea necesario.

Su intervención toca una fibra sensible dentro del catolicismo europeo contemporáneo, donde muchos líderes eclesiásticos defienden con firmeza la dignidad y los derechos de los migrantes, pero a menudo evitan hablar explícitamente sobre la conversión por temor a parecer triunfalistas o insensibles. Suetta, sin embargo, sostiene que un diálogo «alérgico a la verdad» acaba perjudicando tanto a cristianos como a musulmanes.

El obispo va incluso más allá, sugiriendo que los propios cristianos podrían algún día ser considerados responsables por negar el Evangelio a aquellos a quienes acogieron materialmente pero nunca evangelizaron espiritualmente. Para él, la preocupación por la salvación eterna sigue siendo la forma más elevada de caridad, una convicción profundamente arraigada en la enseñanza católica tradicional, pero cada vez más escasa en el debate religioso público europeo.

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