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Los testimonios que no se dieron en la Vigilia de Cuatro Vientos

MADRID, 8 mayo 2003 (ZENIT.org-VERITAS).- Los testimonios que el joven seminarista de Madrid, la hermanita de la Cruz, y el joven Guillermo Blasco, presentaron al Santo Padre en la Vigilia de Cuatro Vientos, conmovieron a los miles de jóvenes que los escucharon con un silencio respetuoso.

Sin embargo, además de estos testimonios, la Organización había previsto otros que consideró oportuno omitir para no alargar más de lo prudente la Vigilia y no cansar a Juan Pablo II y a los asistentes.

Se trataba de los testimonios de un matrimonio cristiano, una joven disminuida física, una monja contemplativa y un joven en silla de ruedas.

El testimonio que el matrimonio había preparado para pronunciar ante el Santo Padre decía entre otras cosas: «Recordamos las palabras que dijo en Tor Vergata sobre las dificultades para vivir un noviazgo cristiano. Sus palabras nos ayudaron a definir nuestro camino, conscientes de que el noviazgo es la antesala del matrimonio, y que el verdadero matrimonio es cosa de tres: Dios, el hombre y la mujer».

Añadían después: «Damos gracias a Dios por nuestra primera hija y le pedimos estar siempre abiertos a la vida a pesar de las dificultades. Que nos ayude a ser testigos, a través del matrimonio, del amor de Dios a los hombres, defendiendo y promoviendo en privado y en público el carácter sagrado del matrimonio, como unión indisoluble del hombre y la mujer, abiertos a la vida, donde el hijo no es ni una amenaza a la comodidad, ni un derecho de los padres, sino un regalo de Dios que ha de acogerse con alegría».

Lourdes Cuní había previsto decir al Santo Padre: «Soy Lourdes, disminuida física. Mi discapacidad me afecta al habla. No puedo hablar y tampoco puedo andar; por ello debo utilizar una silla de ruedas».

«Durante mucho tiempo he vivido angustiada. A menudo me he preguntado cuál era el sentido de mi vida y por qué me ha pasado esto a mí. Esta pregunta ha sido constante y la prueba ha sido dura. Durante años la única respuesta ha sido descubrir cada mañana que estaba siempre en el mismo sitio: atada a una
silla de ruedas. A veces he sentido que me habían arrancado la esperanza. Me sentía como si llevara una cruz, pero sin el aliento de la fe», había escrito.

La joven seguía diciendo: «Un día descubrí a Jesucristo y cambió mi vida. El Señor con su gracia me ayudó a recobrar la esperanza y a caminar hacia delante. Ahora, cuando veo a otros jóvenes enfermos al lado mío pienso que mi cruz es muy pequeña comparada con la de ellos, y me gustaría mostrarles cómo yo encontré al Señor para transformar su dolor en un camino de esperanza, de vida y de santidad».

Finalmente decía al Santo Padre: «Sé que mi silla de ruedas es como un altar en el que, además de santificarme, estoy ofreciendo mi dolor y mis limitaciones por la Iglesia, por Vuestra Santidad, por los jóvenes y por la salvación del mundo […] En mi Vía Crucis me siento alentada por el testimonio de Vuestra Santidad, que lleva también sobre sus hombros la cruz de la enfermedad y de las limitaciones físicas y, además, el dolor y el sufrimiento de toda la humanidad. ¡Gracias, Santo Padre, por su ejemplo!».

Otro de los testimonios que no hubo ocasión de escuchar en Cuatro Vientos fue el de una monja de Belén y de la Asunción, que vive una vida de soledad según la tradición monástica de San Bruno, en el monasterio de Sigena.

La religiosa había redactado de este modo el inicio del testimonio que iba a presentar al Santo Padre: «Tengo 25 años. Antes de ingresar en el Monasterio he vivido una fuerte experiencia de Iglesia. En varios momentos de mi camino he participado en Encuentros de jóvenes convocados por Vuestra Santidad y sus palabras han sido determinantes en mi vocación».

«En ellos he descubierto que era pequeña, débil, ni por asomo mejor que los demás, pero he descubierto también que el Señor me ha elegido para vivir en la tierra lo que todos vivirán en el cielo», continuaba la religiosa.

«El Señor me ha cubierto con su mano y me ha llevado al desierto para vivir un proceso o viaje interior al corazón –añadía–. Día tras día, el Señor me va despojando de las muchas capas que recubren mi verdadera identidad, mi yo profundo, mi ser de gracia».

Finalmente afirmaba: «En lo más secreto de mi celda, y más aún, en lo más profundo de mi corazón, tienen cabida todos los hombres y mujeres del mundo, mis hermanos. Viviendo en el silencio y la soledad con Dios, siento aún más, si cabe, que no puedo disociar el Amor a Dios del amor a cada persona humana. Por eso sé con toda la certeza de la fe que estoy participando en la Nueva Evangelización, a la que Vuestra Santidad nos ha convocado».

También el joven José Javier había escrito unas palabras que no tuvo ocasión de pronunciar en Cuatro Vientos: «Observad las ruedas de mi silla: son los clavos de Jesucristo. Contemplad el reposacabezas: es el letrero donde dice quien soy (un siervo de Dios que quiere hacer su Voluntad, aunque a veces, tal vez a menudo, me rebelo); porque lo que sí tengo demasiado claro es que no soy santo, PERO QUIERO SERLO. Observad mi cuerpo retorcido, no soy yo sino Aquel quien me sostiene en su pecho. Y también quien me conduce, quien guía mis pasos, es la Humildad de Nuestra Madre: María; porque a ellos no se les ve, pero son el motor de este peregrinar por el mundo».

El joven decía también: «siento y experimento todos los días que Dios me ha elegido, como a muchos de vosotros, para ser escándalo de la Cruz, como diría San Pablo. A veces la gente se me queda mirando con extrañeza; en ocasiones yo les miro desafiante, no comprendiendo que es a Cristo a quien ven. Este mundo rehusa el dolor, yo lo acepto para completar la Redención de Cristo en este mismo mundo. ¡Viva Cristo Crucificado!».

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