(ZENIT Noticias / Moscú, 24.08.2026).- El Vaticano vuelve a poner a prueba las posibilidades de la diplomacia en Moscú. El arzobispo Paul Richard Gallagher, secretario de la Santa Sede para las relaciones con los Estados y las organizaciones internacionales, llegó a la capital rusa el 24 de agosto para una misión de cuatro días que lo pone en contacto directo con altos funcionarios rusos, el Patriarcado de Moscú y la pequeña comunidad católica del país.
El momento es significativo. La visita de Gallagher se produce mientras continúa la guerra de Rusia contra Ucrania y mientras los líderes europeos se reúnen en Kiev el 24 de agosto para conmemorar el 35.º aniversario de la independencia de Ucrania. El contraste es sorprendente: mientras los líderes políticos demostraban su solidaridad con Ucrania, el máximo diplomático del Vaticano llegaba a Moscú. Sin embargo, ambos movimientos no son necesariamente contradictorios. Para la Santa Sede, mantener un canal de comunicación con un agresor no significa abandonar a las víctimas de la agresión; forma parte de la preservación de cualquier espacio diplomático que pueda ser útil para la paz y la acción humanitaria.
La agenda de Gallagher deja inusualmente clara esta estrategia. El 25 de agosto tiene previsto reunirse con el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, y con el metropolita Antonio de Volokolamsk, jefe del departamento de relaciones eclesiásticas exteriores del Patriarcado de Moscú. El 26 de agosto, se reunirá con Yuri Ushakov, asesor de política exterior del presidente Vladímir Putin. Al día siguiente, Gallagher se centrará en los católicos, reuniéndose con clérigos y religiosos y celebrando misa en la Catedral de la Inmaculada Concepción de Moscú antes de reunirse con los obispos del país. Su regreso a Roma está previsto para el 28 de agosto.
Existe una distinción importante en este itinerario. Gallagher no viaja simplemente como intermediario entre Moscú y Kiev. Sus reuniones abarcan la diplomacia estatal, las relaciones con la Iglesia Ortodoxa Rusa y las preocupaciones pastorales de los católicos. La Santa Sede ha configurado, por lo tanto, una misión con varios canales que operan simultáneamente.
Este enfoque se ha mantenido tras la transición del papa Francisco al papa León XIV. Antes de su elección, Robert Francis Prevost se había pronunciado con mayor contundencia sobre la agresión rusa que Francisco en ocasiones. Sin embargo, el cambio de papa no ha supuesto un retroceso de la diplomacia vaticana. Roma ha seguido priorizando el diálogo sobre el aislamiento diplomático, manteniendo las preocupaciones humanitarias como eje central de sus esfuerzos.
El regreso de Gallagher a Moscú es particularmente relevante, ya que su visita anterior tuvo lugar en noviembre de 2021, apenas unos meses antes de la invasión a gran escala de Ucrania. En aquella ocasión se reunió con el primer ministro ruso, Mijaíl Mishustin, Lavrov y el metropolita Hilarión, entonces principal responsable de las relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú. Mucho ha cambiado desde entonces, incluyendo la relación del Vaticano con la jerarquía ortodoxa moscovita.
La dimensión ecuménica podría ser uno de los aspectos más difíciles de la misión. La guerra ha profundizado las divisiones dentro del cristianismo oriental y ha tensado las relaciones entre Roma y el Patriarcado de Moscú. Una reunión prevista entre el papa Francisco y el patriarca Kirill, que se había considerado antes de la invasión, nunca se concretó. Hilarión, otrora considerado un interlocutor importante para Roma, fue posteriormente trasladado a Budapest.
Por lo tanto, las reuniones de Gallagher implican más que un mero protocolo diplomático. Reabrir las vías de comunicación con las autoridades religiosas y políticas de Moscú podría ayudar a preservar un canal valioso para iniciativas humanitarias, asuntos relacionados con prisioneros de guerra o futuros esfuerzos de paz. La misión del cardenal Matteo Zuppi ya ha demostrado la preferencia del Vaticano por combinar la diplomacia formal con el compromiso humanitario. Zuppi viajó a Ucrania en julio y se reunió con prisioneros de guerra rusos; fuentes rusas han informado que podría realizar otro viaje a Moscú en septiembre.
Mientras tanto, Moscú parece ver sus propias ventajas. Funcionarios rusos han descrito la visita de Gallagher como una oportunidad para presentar su evaluación de los asuntos internacionales directamente a la Santa Sede. Grigory Karasin, presidente del comité de asuntos exteriores del Consejo de la Federación Rusa, afirmó que Moscú esperaba que la visita produjera propuestas concretas o evaluaciones útiles y creara las condiciones para un mayor progreso.
Esto no significa que Rusia y el Vaticano compartan la misma interpretación de la guerra. Tampoco el diálogo borra las cuestiones morales y humanitarias que plantea la invasión rusa. Más bien, la disposición de Moscú a recibir a un alto diplomático del Vaticano ilustra por qué la Santa Sede sigue considerando el acceso diplomático como un instrumento, no como una recompensa.
La propia comunidad católica es otro motivo de la presencia de Gallagher. La vida católica en Rusia es numéricamente reducida y geográficamente dispersa en un vasto territorio, organizada en la Arquidiócesis de Moscú y las diócesis con centro en Saratov, Novosibirsk e Irkutsk. Para estos católicos, la visita ofrece algo distinto a la diplomacia geopolítica: una conexión visible con Roma y la oportunidad de que sus inquietudes lleguen a los más altos niveles de la Santa Sede.
La secuencia diplomática en general también resulta reveladora. Gallagher visitó Ucrania en julio como representante del Papa León XIV para las celebraciones del 35 aniversario de la restauración de las estructuras de la Iglesia Católica Latina en ese país, y su viaje culminó con una reunión con el presidente Volodímir Zelenski. Ahora se encuentra en Moscú.
Para el Vaticano, esa simetría es fundamental. El viaje de Gallagher no debe interpretarse como una iniciativa centrada en Moscú y desvinculada de Ucrania, sino como la parte rusa de un esfuerzo diplomático más amplio. La labor humanitaria de Zuppi y la diplomacia institucional de Gallagher se complementan.
Aún no está claro si esta diplomacia podrá lograr un avance decisivo. La guerra ya ha causado un inmenso sufrimiento humano, y no hay garantía de que un canal de comunicación con el Vaticano pueda superar los obstáculos políticos y militares fundamentales. Sin embargo, la diplomacia solo resulta útil cuando la comunicación es posible. Al viajar a Moscú manteniendo el contacto con Kiev, la Santa Sede apuesta a que, incluso en medio de la guerra, una puerta abierta puede resultar más valiosa que una cerrada permanentemente.
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