Juan XXIII y Pío IX entre los 5 nuevos beatos para la Iglesia y el mundo

Junto a ellos, el Papa eleva a los altares a Chaminade, Marmion y Reggio

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CIUDAD DEL VATICANO, 3 septiembre (ZENIT.org).- La Iglesia y el mundo cuentan, desde este domingo, con cinco nuevos beatos. Esta fue la solemne proclamación que hizo Juan Pablo II, en la plaza de San Pedro del Vaticano, ante unas cien mil personas de los cinco continentes, al elevar a la gloria de los altares a cinco hombres sumamente diferentes entre sí –como es el caso de Pío IX y Juan XXIII–, pero unidos por su amor a Dios y a los hombres.

Un río humano desembocó pacíficamente a primeras horas de una mañana veraniega romana entre los brazos que forman las columnas de Bernini. La mayoría de los presentes eran italianos –en este país el «Papa bueno» ha dejado un recuerdo imborrable–, pero por sus colores y entusiasmo también se hicieron ver y escuchar grupos de miles de peregrinos procedentes de España, Argentina, Líbano, Brasil, Estados Unidos y Corea.

Cinco personalidades muy diferentes
Además de los dos Papas que convocaron los últimos dos concilios –el Vaticano I y el Vaticano II–, entre los nuevos beatos se encuentran Tommaso Reggio (1818-1901), arzobispo de Génova, creador del primer diario católico de Italia y fundador de las Hermanas de Santa Marta; Guillermo José Chaminade (17611850), fundador de la Familia Marianista; y el abad benedictino irlandés Columba Marmion (1858-1923), guía espiritual de generaciones enteras de hombres y mujeres consagrados a Dios en este siglo.

Pío IX, la búsqueda de Dios en medio al cariño y al odio
El obispo de Roma comenzó evocando «la vicisitud humana y religiosa» de Pío IX, Giovanni Maria Mastai Ferretti (1792-1878), el pontífice que vivió la pérdida del dominio temporal sobre los Estados Pontificios, en tiempos de la unificación de Italia. Su condena de algunas de las ideologías dominantes en aquel momento y su oposición a la manera en que se impuso la unidad italiana le granjearon muchos enemigos.

Juan Pablo II trascendió, sin embargo, la polémica que habían desatado algunos grupos en vísperas de esta beatificación: «La santidad vive en la historia y todo santo no está exento de los límites y condiciones propios de nuestra humanidad –explicó–. Al beatificar a uno de sus hijos, la Iglesia no celebra particulares opciones históricas realizadas por él, más bien lo propone a la imitación y a la veneración por sus virtudes, para alabanza de la gracia divina que en ellas resplandece».

«En medio a los acontecimientos turbulentos de su tiempo –aclaró el Santo Padre–, fue ejemplo de adhesión incondicional al depósito inmutable de las verdades reveladas. Fiel en toda circunstancia a los compromisos de su ministerio, supo dar siempre la primacía absoluta a Dios y a los valores espirituales. Su prolongado pontificado no fue ciertamente fácil y tuvo que sufrir mucho en el cumplimiento de su misión al servicio del Evangelio. Fue muy querido, pero también odiado y calumniado. Pero, precisamente en medio de estos contrastes, brilló con más fuerza la luz de sus virtudes».

«Las prolongadas tribulaciones –continuó diciendo Juan Pablo II– templaron su confianza en la divina Providencia, y nunca dudó de su dominio por encima de las vicisitudes humanas. De aquí, nació la profunda serenidad de Pío IX, a pesar de las incomprensiones y los ataques de tantas personas hostiles». Con esta convicción, el Papa Mastai convocó el Concilio Vaticano I, «que esclareció con autoridad magisterial algunas cuestiones debatidas entonces, confirmando la armonía entre fe y razón».

En los momentos de prueba, Pío IX encontró apoyo en María, dijo su actual sucesor, y al proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción, «recordó a todos que en las tempestades de la existencia humana brilla en la Virgen la luz de Cristo, que es más fuerte que el pecado y la muerte».

Juan XXIII, el Papa bueno
A continuación, Juan Pablo II se detuvo a analizar la figura de uno de los Papas más queridos de todos los tiempos, Juan XXIII, «el Papa que impresionó al mundo con su afabilidad de trato, de la que transpiraba una singular bondad de espíritu».

Recordó «la profunda veneración» que sentía Angelo Roncalli (1881-1963) por Pío IX, «de quien auspiciaba su beatificación», así como su «rostro sonriente» y sus «dos brazos abiertos de par en par al mundo entero», que conquistaron a muchas personas con la «sencillez de su espíritu, unida a una amplia experiencia de los hombres y de la vida».

El cardenal Roncalli fue elegido Papa cuando tenía casi 77 años. Los periodistas le calificaron como un pontífice de «transición». Y sin embargo, constató, trajo una «bocanada de novedad» que «no afectaba a la doctrina, sino más bien a la manera de exponerla». «Lo hacía con un nuevo estilo, hablaba y actuaba con un nuevo estilo, era nueva la carga de simpatía con la que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra. Con este espíritu convocó el Concilio Ecuménico Vaticano II, con el que abrió una nueva página en la historia de la Iglesia».

Este concilio, según el Papa actual, fue «una intuición profética» de Juan XXIII, que «inauguró en medio de muchas dificultades una estación de esperanza para los cristianos y para la humanidad».

Reggio, Chaminade y Marmion
Con pinceladas más breves, Juan Pablo II continuó evocando el ejemplo de los otros tres beatos. Recordó al arzobispo de Génova y periodista, Tommaso Reggio , «hombre de fe y cultura», «guía atento para los fieles en toda circunstancia». «Sensible a los muchos sufrimientos y a la pobreza de su pueblo –recordó–, ofreció ayuda tempestiva en todas las situaciones de necesidad».

Al hablar del sacerdote Guillermo José Chaminade, quien vivió en tiempos de la revolución francesa, el Papa rememoró su compromiso para acercarse a las personas alejadas de la Iglesia, y consideró que su personalidad plantea la necesidad de prestar «una atención renovada a la juventud, que necesita educadores y testigos».

Por lo que se refiere al monje benedictino Columba Marmion, nacido en Irlanda aunque vivió la mayor parte de su vida en el monasterio belga de Maredsous, el obispo de Roma reconoció que con su vida y obras enseñó «un camino de santidad, sencillo pero exigente». Su secreto, según el Papa, era el siguiente: «Jesucristo, nuestro Redentor y manantial de toda gracia, el es centro de nuestra vida espiritual, nuestro modelo de santidad».

Tras la solemne proclamación, Juan Pablo II indicó el día en que se celebrará la fiesta de cada uno de los cinco nuevos beatos: el 7 de febrero será el día de Pío IX, el 11 de octubre el de Juan XXIII, el 9 de enero el de Tommaso Reggio, el 22 de enero el de Guillermo J. Chaminade, y el 3 de octubre el de Columba Marmion. En ese momento, se descubrían en la fachada de la basílica vaticana los estandartes con la imagen de los nuevos beatos.

«¡Que su amor a Dios y a los hermanos ilumine nuestros pasos en esta aurora del tercer milenio!», afirmó el Papa durante la eucaristía, sintetizando el sentido de la celebración de este domingo.

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ZENIT Staff

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