CIUDAD DEL VATICANO, 21 sep (ZENIT.org).- Para transformar la sociedad hay dos elementos claves: la oración y el testimonio evangélico. Esta fue la propuesta que hizo esta mañana Juan Pablo II a 130 religiosos de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María a quienes recibió esta mañana con motivo de su capítulo general.

Como recordó el pontífice en su discurso, esta Congregación fue fundada en Francia hace dos siglos, en 1800, por el padre Pierre Coudrin y la madre Henriette Aymer de la Chevalerie, en medio de las complicadas circunstancias desencadenadas por la Revolución Francesa. Tras los primeros años de expansión en Europa, las dos ramas --la masculina y la femenina-- de la Congregación están presentes hoy en más de cuarenta países de todos los continentes: un crecimiento que Juan Pablo II ha indicado como un signo de la fuerza divina, pero también como un fruto del testimonio ofrecido por misioneros, como el Beato Damián, apóstol de los leprosos de Molokai, que han dado la vida por los demás.

Damián de Veuster (1840-1889) vivió 16 años en medio de los leprosos de la isla de Molokai, en Hawaii, y él mismo fue un leproso durante los últimos años de su vida. El Papa Juan Pablo II lo declaró beato en 1995, en Bruselas, país de origen del «Padre Damián», como se le conoce habitualmente.

«¡Cuántos santos y mártires habéis dado a la Iglesia!», reconoció el obispo de Roma.

Testimonio
«Hoy como siempre, lo que la Iglesia está llamada a proclamar ante el mundo es el poder de la Cruz --continuó diciendo el Santo Padre--. Es un poder que no necesita "palabras sabias", ni "la vana falacia de una filosofía", ni, menos aún, ideologías ilusorias. Lo que exige de vosotros es que, como Cristo mismo, dejéis que vuestro corazón se abra para convertirse en un reflejo de la fuente de agua viva, la única que puede saciar la sed del corazón humano».

Contemplación
«Para ello debéis seguir continuamente el camino de la contemplación --dijo el Papa--, pues vuestra misión exige una íntima unión con el Señor. Antes de enviaros, Cristo os llama hacia sí; y si, día a día, no lo buscáis en la oración, os faltará la fuerza para seguir adelante como misioneros llenos del poder del Espíritu Santo. Sólo en las profundidades de la contemplación puede el Espíritu Santo transformar vuestros corazones; y sólo si el propio corazón es transformado se puede cumplir con la gran tarea de ayudar a los demás para que el Espíritu les guíe "hasta la verdad completa", que es la esencia de la misión cristiana».

No hay cambio de la sociedad sin cambio de corazones
A continuación, el Papa Wojtyla profundizó en las repercusiones del testimonio cristiano. «Las estructuras sociales nunca podrán perfeccionarse y elevarse sin una auténtica conversión de los corazones --aclaró--. Ambos aspectos deben ir juntos, pues si se modifican las estructuras sin convertir los corazones, los cambios estructurales podrán camuflar el mal, pero no vencerlo. Esta es la razón por la que la misión sin la contemplación del Crucificado está condenada a la frustración, como ya advirtieron muy oportunamente los fundadores. Este es también el motivo por el que ellos insistieron de manera especial en el compromiso de la adoración del misterio eucarístico, puesto que es en el Sacramento del Altar donde la Iglesia contempla de manera inigualable el misterio del Calvario, el sacrificio del que fluye toda gracia de la evangelización. En la contemplación del misterio eucarístico aprendéis a imitar al Único que se hace pan partido y sangre derramada para la salvación del mundo».

Al final del discurso, articulado en tres idiomas, Juan Pablo II recomendó a las dos ramas de la Congregación el testimonio de unión fraterna entre sí y el de la entrega al prójimo, «especialmente a los más pequeños y pobres».