Nápoles revive el milagro de san Genaro

Prodigio que interpela a laicistas y católicos, según el cardenal Giordano

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NAPOLES, 20 sep (ZENIT.org).- San Genaro no faltó a su cita con la fe de sus conciudadanos napolitanos. Ayer, a las 9,54 de la mañana, en una catedral atestada de fieles, el agitarse del pañuelo blanco del jefe de la Diputación de la Orden de San Genaro, anunciaba que se había renovado el prodigio y se había disuelto la sangre contenida en la ampolla de vidrio que el cardenal Michele Giordano mostraba entre sus manos.

Un caluroso aplauso de los fieles subrayó este prodigio de la liquefacción de la sangre del mártir napolitano que se realiza todos los años el día de su fiesta y en otras señaladas ocasiones.

Ante una multitud abigarrada e inquieta, que no dejaba de afluir a la catedral napolitana para comprobar el prodigio, el cardenal Giordano, arzobispo de Nápoles, dijo que este hecho «interroga a los intelectuales laicistas y católicos». «San Genaro –añadió– es un mártir que llama a cada persona a un firme compromiso por la defensa de la libertad y los altos valores».

En la eucaristía, celebrada a continuación, el cardenal Giordano recordó el rejuvenecimiento de la Iglesia que está suponiendo este Jubileo, que «es como un nuevo Pentecostés sobre el mundo, la Iglesia, los cristianos».

«Tenemos motivos para esperar, alegrarnos y tener confianza. Este pensamiento me ha sido inspirado por el Jubileo, por el renovado prodigio y la participación del pueblo con una fe grande. No es la primera vez que en la historia, cuando todo parece que se oscurece, de repente aparece el Espíritu Santo con una nueva luz que, si somos dóciles a sus inspiraciones, hace un mundo joven, espiritual, nuevo. Nos surge espontáneo el canto del «Magnificat» al Espíritu Santo porque no sólo nos hace recordar el pasado sino que hace ahora lo que hizo en los primeros tiempos de la Iglesia».

Y concluyó afirmando que «el prodigio de San Genaro trae un nuevo Pentecostés a nuestra Iglesia», palabras que fueron acogidas con un prolongado aplauso por parte de los fieles.

San Genaro nació en Nápoles en la segunda mitad del siglo tercero en una familia noble. A inicios del siglo IV, era obispo de Benevento, cuando fue promulgado el edicto de Diocleciano de persecución contra los cristianos. Genaro fue a visitar a Sossio, diácono de la Iglesia de Miseno, encarcelado. El obispo, que estaba acompañado del diácono Festo y del lector Desiderio, fue arrestado y condenado a ser expuesto a los osos en el anfiteatro de la actual Pozzuoli, localidad cercana a Nápoles. La leyenda dice que los osos, ante el santo, se volvieron mansos corderos. Finalmente el santo fue decapitado probablemente el 19 de septiembre del año 305, junto a Sossio, Festo, Desiderio, Procolo, diácono de la Iglesia de Pozzuoli, Eutiques y Acuzio, nobles de la localidad. Tras la decapitación, la sangre del mártir fue recogida en una ampolla por una devota mujer. Unos años después del edicto de Constantino, el obispo de Nápoles transportó en procesión las reliquias del santo y en aquella ocasión se produjo por primera vez el prodigio de la liquefacción de la sangre del santo.

También el santuario de San Genaro de Pozzuoli, lugar de la decapitación, estaba ayer lleno de fieles que acuden a presenciar otro prodigio. En el santuario se conserva una piedra de mármol, donde se dice que fue apoyada la cabeza del santo, que se enrojece el día de su fiesta e incluso en alguna ocasión ha quedo humedecida con gotas de sangre.

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ZENIT Staff

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