China, tierra de mártires

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Las historia de fe en el país asiático está jalonada por la persecución

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ROMA, 27 sep (ZENIT.org).- Cuando el próximo domingo Juan Pablo II proclame la santidad de 120 mártires que dieron la vida por Cristo en China –en su mayoría ciudadanos chinos: 87 de 120–, ofrecerá al mismo tiempo el máximo reconocimiento que se puede tributar al catolicismo en ese país, marcado por la sangre (los nuevos santos murieron entre 1648 y 1930).

El cristianismo en China ha vivido siempre períodos difíciles, marcados por periodos de crecimiento seguidos de violentas persecuciones. La primera presencia cristiana bajo forma de nestorianismo se remonta al 635. Pero ya en el 845 un decreto abolió el nestorianismo.

La primera misión católica en Pekín fue fundada por el franciscano italiano Giovanni de Montecorvino en 1234. Bautizó a millares de personas y fundó tres iglesias. En el 1300 llegaron otros misioneros franciscanos, algunos de los cuales eran obispos, con el fin de asegurar la continuidad en la consagración episcopal. En este periodo los católicos eran unos 30.000 pero en gran parte no eran chinos de origen.

En 1549 San Ignacio de Loyola envió a China a Francisco Javier. A comienzos del 1600, había 25 misioneros jesuitas en China, así como 22 franciscanos, dos agustinos y un dominico.

Se trataba de misioneros especiales porque además de vivir un extraordinario espíritu de fe y de amor, fueron elegidos por sus cualidades culturales y sus cualificaciones en los diversos campos de la ciencia, especialmente en astronomía y matemática. Gracias a los misioneros se corrigió el calendario chino. Sus capacidades culturales y científicas les abrieron muchas puertas. La calidad de la vida religiosa de estos misioneros indujo a no pocas personas de alto nivel a pedir el bautismo y convertirse en fervientes cristianos.

Los primeros mártires son del 1648; el beato Francisco Fernández de Capillas, sacerdote de la Orden de Predicadores, tras haber sido encarcelado y torturado fue decapitado mientras recitaba con otros los misterios dolorosos del Rosario. El beato ha sido reconocido por la Santa Sede como protomártir de China.

Gracias a la cultura y ciencia de los misioneros, el emperador K´ang Hsi (1654-1722) emanó un decreto de libertad religiosa en virtud del cual cada uno podía seguir la religión que quería y los misioneros eran libres de predicar en los vastos territorios del gran imperio del lejano oriente.

Pero relación entre China y el cristianismo encontró su problema más agudo en el famoso debate de los «ritos chinos». Algunos misioneros condenaron los ritos ofrecidos por los chinos a sus ancestros, y otras supersticiones. Esto provocó en la primera década del siglo XVIII una oleada de persecución de misioneros y laicos, que fueron asesinados y las iglesias destruidas. Los mismo sucederá a mediados del siglo XIX.

La persecución fue muy dura en el período que va de 1796 a 1820. Entre los muchos mártires de esos años se encuentra Agustín Tchao, uno de los soldados chinos encargados de custodiar al obispo de las Misiones Extranjeras de París, Juan Gabriel Taurin Dufresse que más tarde sería condenado a muerte y ejecutado. Se quedó conmovido por su paciencia y pidió ser contado entre los neófitos. Una vez bautizado, tras haber estudiado en el seminario, fue ordenado sacerdote. Arrestado, tras haber sufrido crueles suplicios, murió mártir.

Tras la derrota militar de China por parte de Inglaterra, fueron emanados diversos decretos favorables a la libertad religiosa. En 1844 se permitió a los chinos seguir la religión católica y en 1846 las antiguas penas contra los católicos fueron suprimidas. La Iglesia pudo vivir al descubierto y ejercer su misión. Así en 1907 se alcanzó por primera vez la cifra del millón de católicos. Se fundaron tras grandes universidades católicas, un centro de meteorología y además guarderías, orfanatos e institutos culturales de alto nivel.

Pero la insurrección de los «boxers», miembros de una sociedad secreta china y promotores de un movimiento xenófobo, causó el derramamiento de sangre de muchos cristianos.

En esta revuelta confluyeron todas las sociedades secretas y el odio acumulado contra los extranjeros. El móvil de la persecución de los misioneros fue determinado por una causa puramente religiosa, según demuestran los procesos de las causas de canonización. El 1 de julio de 1900 fue emitido un decreto que ponía fin a las buenas relaciones con los misioneros y los cristianos. Los primeros debían ser repatriados y los otros obligados a la apostasía bajo pena de muerte. Así volvió a comenzar la masacre.

Entre los muchos mártires impresiona la historia del padre jesuita Leo Magin, un francés que fue destinado a la misión de Tchou-kia-ho, una aldea de unos 400 habitantes, que alcanzó el número de casi tres mil a causa de las persecuciones de los «boxers».

Mangin primero fortificó la aldea pero los «boxers» tras diversos asaltos superaron las barricadas y entraron. Esperando que el furor pasara, el misionero había reunido a las mujeres y a los niños en la iglesia. Se revistió de los paramentos sacerdotales junto al padre Pablo Denn y permaneció junto al altar. Hacia las nueve de la mañana, los «boxers» abatieron las puertas de la iglesia, se encontraron ante la asamblea arrodillada y a los dos jesuitas junto al altar. Al no encontrar oposición, ofrecieron en primer lugar la salvación y la vida a quienes renunciaran a la fe. Sólo pocas personas aceptaron la propuesta. A continuación, comenzó la matanza de sacerdotes y laicos.

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ZENIT Staff

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