El ecoturismo podría convertirse en un nuevo colonialismo

Pensar en la tierra antes que en la gente

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CIUDAD DEL VATICANO, 13 julio 2002 (ZENIT.org).- El turismo es una buena forma de contemplar la bondad y la belleza de Dios, pero puede tener algunas desventajas. Éste es uno de los temas centrales del mensaje de Juan Pablo II, publicado el 24 de junio con motivo de la XXIII Jornada Mundial del Turismo.

El Papa observaba que el turismo nos lleva a entrar en contacto con otras personas, y fomenta el diálogo y el conocimiento de otras culturas. Pero su mensaje también llamaba la atención sobre el daño ecológico que el turismo puede crear si no respeta las necesidades del medio ambiente local.

Juan Pablo II advertía contra el turismo que se convierte en un vehículo para “la explotación y la discriminación”. El Papa se refirió a este tema en relación con el ecoturismo. De hecho, el año 2002 ha sido declarado por las Naciones Unidas como el Año Internacional del Ecoturismo.

El mensaje observa que el creciente fenómeno del ecoturismo tiene algunos aspectos positivos. Pero, advierte el Papa, si se llega a convertir el medio ambiente en un fin en sí mismo, corre el riesgo de conducir a nuevas formas de “colonialismo”, que podrían dañar los derechos tradicionales de las comunidades locales que viven en áreas territoriales específicas. En este caso, el desarrollo, e incluso la supervivencia, de estas comunidades locales pueden estar en peligro. El Papa pide que se ponga la atención al medio ambiente humano de las poblaciones locales, y no sólo a la protección de animales y plantas.

¿Parques o personas?
La preocupación del Papa por proteger las poblaciones locales de un sobre-entusiástico ecoturismo tiene su fundamento. El jueves pasado el Telegraph de Londres informaba que el gobierno de Botswana había sido acusado de limpieza étnica contra los bosquimanos del Kalahari.

La Reserva Central del Kalahari de Botswana fue creada en 1961, específicamente para permitir que algunos miles de bosquimanos continuaran como cazadores nómadas. Pero ahora, informa el Telegraph, el gobierno de Botswana quiere traer a los bosquimanos a grandes asentamientos fuera de la reserva.

El gobierno afirma que quiere mover a los bosquimanos hacia lugares donde se les pueda proveerles de facilidades para la educación y la sanidad. Pero los críticos dicen que la verdadera razón es lograr sacar a los bosquímanos fuera de la reserva para poder explotarla con minas de diamantes y turismo. De hecho, ha sido concedida la primera concesión privada para safaris, permitiendo que cientos de turistas lleguen a un área que, hasta la fecha, sólo podía visitarse con un permiso gubernamental.

La entrega de mayo-junio de la revista Foreign Policy advierte que algunas áreas de protección ecológica están creando “una clase creciente de refugiados invisibles”. El autor, Charles C. Geisler, profesor de sociología rural en la Universidad de Cornell, observaba que el 70% de las áreas protegidas del planeta están habitadas por seres humanos, “y a estos residentes locales se les considera abiertamente como una amenaza para la conservación del medio ambiente”.

Geisler citaba datos de la World Conservation Union con sede en Suiza, que indican que, de cerca de 29.000 áreas ahora protegidas, unos 2.100 millones de acres tienen usos residenciales y económicos. Este terreno suma el 6,4% de la superficie terrestre, y equivale en tamaño a Estados Unidos más la mitad de Alaska.

El proteger la tierra es una moda reciente, explicaba el artículo. En 1950 había menos de 1.000 áreas protegidas. Crecieron hasta 3.500 en 1985, antes del boom de las actuales 29.000. Y las asociaciones ecológicas quieren que continúe este proceso. “Si continúa esta ‘tendencia verde’, sin tener en cuenta los derechos de las poblaciones residentes, el aumento podría acarrear un peaje humano enorme”, advertía Geisler.

África ofrece un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando las necesidades de las poblaciones locales no son tenidas en cuenta. En 1985, África tenía 443 áreas protegidas que sumaban 217 millones de acres. Hoy día, cerca de 1.000 áreas protegidas suman 380 millones de acres.

Según Geisler, ha habido desahucios masivos de poblaciones indígenas en Uganda, Botswana, Camerún, Madagascar, Sudáfrica, Togo, Zimbabwe, Ruanda y Congo, que han afectado a cerca de medio millón de personas.

“La conservación global es ciertamente una causa digna”, indicaba Geisler. Pero “son los habitantes ricos del planeta quienes se benefician del proyecto verde –gozando de destinos exóticos de vacaciones, nuevos objetivos para sus viajes deducibles de impuestos, ganancias inesperadas de valor para sus grandes propiedades dentro o cerca de las zonas protegidas, y de lo que el entomólogo de Harvard, Edward O. Wilson, denomina ‘biofilia’, o una lealtad profundamente sentida hacia los biótopos de la tierra”.

Un largo artículo publicado el 1 de diciembre por el diario británico The Guardian también analizaba este problema. Recordaba cómo Yellowstone, el primer parque nacional del mundo, se creó por la expulsión de los residentes shoshones. Se cree que más de 300 fueron asesinados en enfrentamientos en 1872, cuando se creó el parque.

The Guardian citaba datos del Banco Mundial que estiman que sólo entre 1986 y 1996, cerca de tres millones de personas fueron forzadas a moverse de los bosques y otras áreas, por culpa de programas de desarrollo y de conservación.

El periódico también informaba que el pasado mes de noviembre se anunció que comunidades de los bosques de Kenya y Bangladesh fueron evacuadas para dar paso a los “eco-parques”. También el gobierno chino ha anunciado que se está reservando una gran porción del noroeste del Tíbet como área salvaje, “algo que sólo puede tener lugar en la línea del genocidio de la gente de la región”, comentaba The Guardian.

La idea de proteger la tierra “para la naturaleza” es errónea, en opinión de algunos expertos entrevistados por The Guardian. “No hay nada que se pueda igualar a las zonas deshabitadas”, dice el ecologista indio Vandana Shiva. La idea de que se separe a la gente de la naturaleza para crear espacios vacíos de población indígena para proteger el medio ambiente es un error, según el experto indio.

The Guardian volvió a tocar este tema con un artículo del 22 de mayo de Sue Wheat, una periodista preocupada por la asociación caritativa Tourism Concern. Contaba la historia de cómo, a inicios de este año, desalojaron a 250 filipinos a punta de pistola de sus hogares. Su aldea de Ambulong a orillas de un lago, en la provincia de Batangas, fue atacada por cientos de policías, que demolieron 24 casas. Las autoridades limpiaron la zona de población local para dejar paso a un futuro lugar de ecoturismo.

Wheat describía cómo muchos conservacionistas y tour operadores defienden que el ecoturismo ofrece una manera de financiar la protección del medio ambiente, así como de animar el intercambio cultural y proveer de fondos a la población local. Pero mientras la nueva forma de turismo es una buena fuente de dinero para algunos, implica un alto coste para la población indígena.

Otro caso es el de Tatajuba, en Brasil. La aldea costera de 150 familias se ha presentado ante los tribunales para intentar demostrar que una agencia de propiedad inmobiliaria se hizo ilegalmente con los terrenos públicos protegidos donde viven. Una empresa quiere construir en sus tierras un complejo ecológico de 5.000 hectáreas con espacio para 1.500 turistas.

El artículo hacía mención al hecho de que ha comenzado cierta oposición organizada al ecoturismo. En abril, un forum organizado por grupos indígenas se reunió en México para abordar el tema. Según Deborah McLaren del Rethingking Tourism Project: “Queremos sacar a la luz estos temas. Las comunidades están siendo oprimidas. Los gobiernos y las industrias han corrompido toda la idea del
ecoturismo y éste se ha vuelto tan destructivo como cualquier otra industria. Pero, de alguna manera, nadie desea oír esto”.

El mensaje del Papa precisaba que cuando la gente pierde de vista el proyecto de Dios sobre la naturaleza, tiende a ignorar las necesidades de sus hermanos y hermanas, así como a actuar sin respeto contra el medioambiente. La solución, exhorta Juan Pablo II, es recuperar la dimensión espiritual de nuestra relación con el mundo creado. Esta “ecología interior” nos llevará a consecuencias positivas en la lucha contra la pobreza y a esfuerzos para promover el bienestar de otras personas, tanto como a fomentar un turismo que respete el medioambiente.

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ZENIT Staff

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