El Papa bosqueja su sueño para Europa al recibir el premio Carlomagno

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Reconocimiento internacional entregado por la ciudad de Aquisgrán

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 24 marzo 2004 (ZENIT.org).- Juan Pablo II formuló en voz alta el sueño por una Europa sin «nacionalismos egoístas», promotora de la paz y de la familia, al recibir este miércoles el Premio Internacional Carlomagno.

«Pienso en una Europa sin nacionalismos egoístas, en la que las naciones sean consideradas como centros vivos de una riqueza cultural que merece ser protegida y promovida para el beneficio de todos», comenzó ilustrando su sueño en la ceremonia, celebrada en la Sala Clementina del Vaticano.

Los encargados de entregar al Papa este galardón de la ciudad alemana de Aquisgrán fueron su alcalde Jürgen Linden, y el presidente del consejo directivo del premio, el profesor Walter Evershein.

El Santo Padre, sueña con una Europa, como siguió diciendo en su discurso, «en la que las conquistas de la ciencia, de la economía, y del bienestar social no se orientan a un consumismo sin sentido, sino que están al servicio de todo hombre necesitado y de la ayuda solidaria para aquellos países que tratan de alcanzar la meta de la seguridad social».

«¡Que Europa, que en la historia ha sufrido tantas guerras sangrientas, pueda convertirse en un agente activo de la paz en el mundo!», deseó.

«Pienso en una Europa cuya unidad se funda en la auténtica libertad –siguió «soñando» el Papa en su intervención, pronunciada en alemán–. La libertad de religión y las libertades sociales han madurado como frutos preciosos sobre el «humus» del cristianismo. Sin libertad, no hay responsabilidad: ni ante Dios, ni ante los hombres».

«En particular, tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia quiere dar un amplio espacio a la libertad –aseguró–. El estado moderno es consciente de no poder ser un estado de derecho si no protege y promueve la libertad de los ciudadanos en sus posibilidades de expresión, ya sean individuales o colectivas».

«Pienso en una Europa unida gracias al compromiso de los jóvenes. ¡Los jóvenes se comprenden con mucha facilidad entre sí, más allá de las fronteras geográficas! ¿Cómo puede nacer una generación juvenil abierta a la verdad, a la belleza, a la nobleza, a lo que es digno de sacrificio, si en Europa la familia ya no se presenta como una institución abierta a la vida y al amor desinteresado?», preguntó.

«Una familia de la que también forman parte los ancianos promoviendo lo que es más importante: la transmisión activa de los valores y del sentido de la vida», respondió el pontífice.

«La Europa a la que me refiero es una unidad política, es más, espiritual, en la que los políticos cristianos de todos los países actúan con la conciencia de las riquezas humanas que aporta la fe –concluyó el Papa al exponer su sueño–: hombres y mujeres comprometidos en hacer que estos valores sean fecundos, poniéndose al servicio de todos por una Europa del hombre, en el que resplandezca el rostro de Dios».

El Premio Internacional Carlomagno, establecido por el Ayuntamiento de Aquisgrán, en la Alemania occidental, en 1949, cuando la ciudad se encontraba en ruinas, tras la segunda guerra mundial, se entrega en reconocimiento de los servicios prestados a la paz y a la unidad europeas.

El Papa lo ha recibido de «manera extraordinaria» por ser «un eminente y ejemplar modelo de los valores europeos para la gente de todo el mundo, armonizando en su vida respeto por la dignidad y libertad del ser humano, por la igualdad, por la solidaridad y por el sentido de responsabilidad por los seres humanos»

«Como ningún otro, afirma el carácter inalienable de los derechos humanos y de la paz», afirma la motivación oficial del premio.

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ZENIT Staff

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