BONN, miércoles, 31 marzo 2004 (ZENIT.org).- A finales del año pasado la Congregación para la Causa de los Santos aprobaba en el Vaticano un milagro atribuido al emperador Carlos I de Habsburgo, último emperador de Austria y rey de Hungría, dando así el paso fundamental en su proceso de beatificación.

Proclamado emperador de Austria en 1916, Carlos I abdicó en noviembre de 1918, al caer el Imperio Austro-Húngaro. Pasó su exilio en la isla portuguesa de Madeira, donde falleció a los 34 años en 1922.

La agencia Veritas ha realizado una entrevista a uno de sus hijos, Su Alteza Real, el Archiduque Otto de Habsburgo, presidente de la Unión Paneuropea Internacional, quien ha destacado las convicciones cristianas que el emperador llevó a su acción política, en una época marcada por la tragedia de la Primera Guerra Mundial.

--¿Qué rasgo religioso era, a su entender, el más notorio del emperador?

--Otto de Habsburgo: El gesto religioso más remarcable de mi padre ha sido el de ser casi el único jefe de estado de la primera guerra mundial, que verdaderamente bregó por la paz por su conciencia cristiana, y que trabajó de lejos pero íntimamente con el Papa, para conseguir la paz en el marco del espíritu cristiano.

--¿Cómo vivió su padre, desde su visión de fe, las circunstancias políticas que le tocó afrontar durante su mandato?

--Otto de Habsburgo: Mi padre tenía su interpretación, que es diferente de otras falsas que invocan el derecho divino.

El derecho divino de la política ha sido expresado en la respuesta de Cristo a Poncio Pilato cuando le dice que no tendrá más poder que aquel que le ha sido concedido desde lo alto. Significaría para mi padre, que la tarea de un soberano no es la de creer que en su persona está el poder, sino que el poder sería para él una responsabilidad suprema de hacer todo aquello que es posible en el sentido de la voluntad divina y el espíritu de nuestra religión. Se ha debatido mucho este tema, pero no está justificado.

El derecho divino es la más fuerte limitación para que el poder no se convierta en tiranía ni que sobrepase sus límites. Es por esto que será indispensable que la Constitución europea que está en preparación reconozca el derecho divino.

Es imperativo que Europa reconozca a Dios en la vida pública. Ésta es una de las grandes tragedias de nuestra Europa en la que la defensa de Dios en el pasado ha sido sobre todo hecha por las naciones islámicas.

Son ellas las que demandaron en la conferencia de San Francisco que se mencione a Dios en sus sesiones. La moción de seis estados musulmanes de la época fue rechazada por todos los votos a excepción de once, seis musulmanes y cinco iberoamericanos que la han defendido.

Los estados europeos de la época (1945) no estuvieron presentes en San Francisco, porque sólo los que habían sido aliados durante la guerra habían sido convocados.

--¿Cuál considera la lección política más importante de su padre?

--Otto de Habsburgo: Ciertamente, la lección más importante es aquella que acabo de mencionar: que es necesario reconocer una limitación al poder. Ni un monarca, ni un dictador, ni una mayoría absoluta conceden el derecho de conculcar los derechos inalienables que el hombre posee por su creación a imagen del Creador.

En este sentido, lo dicho puede ser aleccionador para aquellos hombres políticos que se alejan de esta idea y creen estar justificados por una mayoría para permitirles violar al hombre sus derechos.

--¿Qué destacaría de la figura de su padre en el entorno familiar?

--Otto de Habsburgo: Mi padre en la familia ha sido para todos un ejemplo.

--Usted vio morir a su padre en la isla de Madeira. ¿Qué recuerdos tiene de aquel momento?

--Otto de Habsburgo: Yo, que he tenido la posibilidad de asistir a su muerte, sé como un cristiano debe morir. Es ésta la lección que ha querido darme y es una lección que jamás olvidaré.

--¿Qué visión tenía su padre de la unión europea?

--Otto de Habsburgo: Por supuesto, en la época en la que mi padre vivía, la cuestión de una Europa unida no se concebía todavía. Fue, sobre todo, en la región del Danubio donde mi padre hizo todo lo posible por proponer una solución federal. Dentro de la coyuntura de la época, y en el contexto mundial, fue una cuestión indispensable.

Tan sólo después de la cuestión austro-húngara, el joven Richard Coudenhove-Kalergi empieza a hablar de Paneuropa. Estoy absolutamente seguro de que si mi padre hubiera vivido en la época anterior a la segunda guerra mundial habría sido uno de los más destacados protagonistas de la idea de una Europa unida.