María, «viático diario de nuestra esperanza»; dice el cardenal Martino desde Fátima

En el aniversario de las apariciones de Nuestra Señora

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FÁTIMA, miércoles, 19 mayo 2004 (ZENIT.org).- En medio de una «crisis espiritual y cultural» en la que la ausencia de sentido se traduce en la falta de esperanza, la Virgen María es el camino «que nos lleva a la fuente de esperanza, que es Dios mismo», recordó el cardenal Renato Raffaele Martino desde Fátima (Portugal) el pasado 13 de mayo.

Uniéndose en el Santuario Mariano a la celebración del aniversario de las apariciones de la Virgen y a la fiesta de Nuestra Señora, el presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz se hizo portavoz del «mensaje de conversión y esperanza» de Fátima en la homilía que pronunció durante la solemne Eucaristía.

El 13 de mayo de 1917 tuvo lugar la primera aparición de la Virgen (se prolongaron hasta octubre) en Cova de Iría a los tres pastorcillos Lucía, Francisco y Jacinta. Los dos últimos fueron beatificados por Juan Pablo II el 13 de mayo de 2000 durante su peregrinación a Fátima.

Desde Roma, en la audiencia general del miércoles siguiente, el Papa recordaba que «desde Fátima se difunde por todo el mundo un mensaje de conversión y de esperanza» que, «precisamente a partir de las experiencias vividas, invita a los fieles a rezar asiduamente por la paz en el mundo y a hacer penitencia para abrir los corazones a la conversión».

«Este es el Evangelio genuino de Cristo, que vuelve a ser planteado a nuestra generación que tanto ha sido probada por los acontecimientos pasados –proseguía entonces el Santo Padre–. El llamamiento que nos ha hecho llegar Dios a través de la Virgen Santa conserva intacta todavía hoy toda su actualidad».

El cardenal Martino quiso volver a proponer estas palabras del Papa, reconociendo que «muchas veces nos ocurre que estamos sin esperanza», «incapaces de dar una dirección segura al camino de nuestra existencia», «llenos de cosas pero con el corazón vacío», «agobiados por los acontecimientos» y «pobres por la incapacidad de darles un significado».

Es una «crisis de esperanza que nos hace caminar (…) errantes» –añadió–, «una crisis por lo tanto espiritual y cultural que se explica por el hecho de que hemos pretendido poder valérnoslas sin Dios: dramática ilusión, porque sin Dios el camino de nuestra existencia se transforma de una peregrinación hacia el Fin supremo en un vagabundeo a la oscuridad».

«No tenemos alternativa, más que la de volver a Dios, convirtiendo nuestro corazón –reconoció el purpurado–. Nosotros le hemos abandonado, pero Dios ha estado siempre presente, y nos espera con paciencia y amor».

«Nos dirigiremos entonces a la Virgen de Fátima –propuso–, invocándola para que nos ayude a encontrar el sentido vivo de la presencia de su Hijo Jesucristo, el sentido vivo de la presencia de Dios, única y verdadera fuente de esperanza», pues «sólo en Él encontraremos las razones de nuestra salvación personal y colectiva».

En el «momento supremo de la Pasión», desde la cruz, Jesús hace de su Madre, María, la madre de todos los creyentes en Él, recordó el cardenal Martino.

«El último acto de Jesús, antes de morir, es el de fundar una comunidad de amor en las personas de la Madre y del discípulo amado», de forma que «de la Cruz nace la Comunidad, la Iglesia», explicó.

Y «en aquel nacimiento eclesial encontramos a María, la Madre», y en su presencia en el momento del surgimiento del pueblo de Dios «hallamos la huella, teológica y espiritual, de su ser perennemente, ayer como hoy, nuestra esperanza, la esperanza de la Iglesia, la esperanza del mundo», constató.

También ante «un mundo que ha perdido los valores del amor», «que desprecia la vida humana hasta destruirla antes de que haya visto la luz», «que se manifiesta en el desinterés por el hermano, en el egoísmo, en la injusticia, en la violencia y en la guerra», «nos dirigiremos a la Virgen de Fátima para que eduque nuestros corazones en la esperanza y nuestras manos en gestos de caridad», exhortó el cardenal Martino en su homilía.

«María es la Madre que nos da la esperanza, que nos conduce a la fuente de la esperanza que es Dios mismo», y favorecidos por la «materna solicitud de la Virgen, debemos convertirnos también nosotros en testigos de esperanza para nuestros hermanos», subrayó el purpurado.

Y es que, en su opinión, «la esperanza y el amor deben ser nuestro programa de vida».

«De la Virgen de Fátima aprenderemos a vivir el tiempo presente como hay que vivirlo, como tiempo para amar a Dios y a nuestros hermanos», y la «Virgen será para nosotros como el viático diario de la esperanza», concluyó.

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ZENIT Staff

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