Cae la diferencia entre la eutanasia holandesa y la nazi, advierte experta en bioética

Declaraciones de la doctora Claudia Navarini

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ROMA, miércoles, 8 septiembre 2004 (ZENIT.org).- La distancia entre las prácticas eutanásicas holandesas de las nazis ha desaparecido con la reciente decisión de Holanda de permitir la eutanasia infantil y neonatal, alerta la doctora Claudia Navarini, profesora de la Facultad de Bioética del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma).

Fue el pasado 30 de agosto cuando saltó los medios el acuerdo entre la magistratura holandesa y la clínica universitaria de Groningen, que autoriza un protocolo de experimentación orientado a extender a los niños de menos de 12 años –incluidos los neonatos– la práctica de la eutanasia ya regulada por la ley de abril de 2002 (Cf. Zenit, 3 de septiembre de 2004).

«Oficialmente el objetivo es terminar con un «sufrimiento insoportable»; en realidad, se permite matar a personas humanas sin su consentimiento», denunció al respecto un comunicado del doctor Gian Luigi Gigli, presidente de la Federación Internacional de las Asociaciones Médicas Católicas .

En el caso de la eutanasia de niños y neonatos es evidente que no puede haber aceptación.

Se justifica «la eutanasia infantil y neonatal» como «el “derecho” de los niños a tener, como los “mayores”, una muerte indolora», «porque de esto se trata: de proponer una muerte valorada según criterios “de calidad”, como un producto cualquiera», «controlando su modo y momento», observa la doctora Navarini en declaraciones a Zenit.

«Pero aquí se sitúa la primera anomalía importante –alerta–: la eutanasia ha sido sostenida, al menos después del fin de la segunda guerra mundial, como “eutanasia a petición”» o «consensual».

De hecho, –recuerda la doctora Navarini– «en Holanda y en muchos otros países, los partidarios de la eutanasia incluso han revisado la definición del término precisando que objeto de un proyecto de ley puede ser únicamente la “eutanasia propiamente dicha”», esto es, «aquella pedida con insistencia por el paciente en determinadas condiciones de postración y con pronóstico ciertamente infausto».

Esto buscaba tomar «distancia de la eutanasia nazi, que correspondía a una eugenesia de Estado, suprimiendo incluso sin consentimiento y eventualmente con engaño a los ciudadanos considerados de menor valor, como los discapacitados, enfermos mentales, enfermos graves y moribundos», apunta.

Mientras que «todos los movimientos pro-eutanasia insisten en subrayar que, por el contrario, la idea “democrática” de eutanasia reconoce la centralidad de la autonomía del paciente, el cual –nos repiten– debe poder decidir los tiempos y modos de la propia muerte».

Sin embargo, recalca la especialista, «la anticipación voluntaria de la muerte como medio para eliminar el dolor lleva fácilmente a abusos y extensiones», revelando que «no es un acto de piedad por el dolor insoportable, sino un acto de intolerancia hacia el que sufre, un acto de rechazo hacia quien nos recuerda con su agonía la finitud humana, un acto de pura violencia hacia los débiles en cuanto tales. Y además “costosos”».

«El resultado es que la distancia de las prácticas de eutanasia holandesas de las nazis se ha anulado de golpe –denuncia–, y parecen poco convincentes las “precauciones”» del «“protocolo rigidísimo” del que habla el responsable de la sección pediátrica de la clínica holandesa, el doctor Eduard Verhagen»

Entre éstas cita «la posibilidad de perseguir al médico que haya practicado la eutanasia de forma no ortodoxa y la obligación de escuchar el parecer de otro médico independiente, además de los tres previstos por la ley de 2002».

De acuerdo con la doctora Navarini, con la reciente decisión de la magistratura holandesa estamos «frente a la que el presidente del Comité Nacional de Bioética» en Italia «Francisco D’Agostino define una “pseudo-eugenesia de Estado mal escondida”».

Es «exactamente una práctica eugenésica de eliminación de lo que algunos valoran como “defectuoso”», explicó por su parte a Zenit (6 de septiembre de 2004) el padre Gonzalo Miranda LC, quien ha representado a la Iglesia católica en el Comité Internacional de Bioética de la UNESCO encargado de redactar una Declaración sobre Normas Universales de Bioética.

En la «experimentación» holandesa –añade la doctora Navarini– la responsabilidad «de poner fin a los sufrimientos de los niños» «en realidad recae totalmente sobre las espaldas (y sobre la conciencia) de los médicos, dado que los padres no están habilitados a hacerlo por el protocolo».

Ello implica «el riesgo, como observa Angonio G. Spagnolo, de la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Roma, de que el acto eutanásico sea utilizado cada vez más como una normal práctica médica», prosigue.

Además «el doctor Verhagen admite que, en su país, la eutanasia infantil es ya un dato de hecho: “Cada año la muerte dulce ‘libera de los dolores’ a cerca de ochocientos niños holandeses. De éstos, continúa Verhagen, ‘al menos una veintena tienen una existencia que es tan terrible, insoportable, desesperada como para hacer preferir la muerte’ ”» (Cf. Andrea Tarquini, Olanda, sì all’eutanasia sui bambini, «La Repubblica», 31 agosto 2004).

«Dejando de lado por un momento las posibilidades de control del dolor y de verdadero acompañamiento en la muerte de aquellos veinte por una existencia tal “como para hacer preferir la muerte”, hay que preguntarse: ¿por qué entonces se da muerte a los otros 780 niños? ¿Quién “prefiere” verdaderamente su muerte?», cuestiona la doctora Navarini.

«¿Por qué no se acomete un trabajo serio de perfeccionamiento y promoción de los cuidados paliativos que ya, donde son correctamente aplicados, han eliminado casi totalmente las peticiones de eutanasia?», plantea.

«¿Por qué sobre todo –continúa la especialista en bioética— no hay disposición a acompañar a los moribundos respondiendo a sus peticiones reales, o bien la necesidad de sentido, de seguridad, de afecto y de paciencia que ninguna inyección letal puede dar?».

Porque «es justamente la falta de estas respuestas lo que arroja a la desesperación a quien ya sufre, sobre todo en un contexto psicológico y cultural donde se advierte claramente el “peso” que quien sufre constituye para quien sin embargo le debería ayudar a afrontar la prueba», constata.

«La raíz del mal, en realidad, no reside en las formas con las que la eutanasia se practica o en la extensión de la práctica más allá de determinados límites –precisa–, sino en la práctica misma de la eutanasia en cuanto al homicidio directo y deliberado, esto es, voluntario, de un ser humano inocente».

De ahí que Juan Pablo II (Cf. «Evangelium vitae» n. 65) «no dude en definir la eutanasia siempre y en cualquier caso como un suicidio o un homicidio, que ofende gravemente la dignidad del ser humano y reduce al hombre, cumbre de la Creación e imagen del Creador, a un objeto para construir, examinar y descartar cuando ya no sirve», concluye la doctora Navarini.

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ZENIT Staff

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