Ratzinger: El modelo de laicidad estadounidense es más adecuado que el europeo

El laicismo dogmático del viejo continente amenaza a la libertad religiosa

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CIUDAD DEL VATICANO, martes, 23 noviembre 2004 (ZENIT.org).- Ante un laicismo como el de Europa, que tiende a desplegar un dogmatismo peligroso para la libertad religiosa, el cardenal Joseph Ratzinger invita a mirar al modelo estadounidense de Estado, como espacio vital de confrontación entre las diversas religiones.

Éste es en síntesis el mensaje lanzado por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en una serie de entrevistas realizadas por la redacción alemana de «Radio Vaticano», en la que se recogen algunas reflexiones del purpurado sobre la actual situación europea.

«Las culturas del mundo son profundamente ajenas a la secularización extrema que se ha consolidado en Occidente. Tienen la convicción de que un mundo sin Dios no tiene futuro», subraya Ratzinger.

«Nuestra misma multiculturalidad nos llama a ser nosotros mismos… a dónde caminará Europa, todavía no lo sabemos, pero la Constitución de la Unión Europea puede ser un primer paso hacia una nueva búsqueda consciente de la propia alma».

Ante el entrevistador que pregunta si el caso de Rocco Butiglione, vetado para ser comisario de la Unión Europea, es expresión de una voluntad hostil a la aportación de los cristianos al proceso de edificación de la Unión, el purpurado responde: «En los hechos, es sobre todo un signo de la manera en que la neutralidad de la esfera estatal, acerca de la visión del mundo, está a punto de transformarse en una especie de ideológica dogmática».

De aquí deriva que «el laicismo no constituye ya la garantía de las múltiples convicciones, sino que se establece como una ideología que impone lo que se debe pensar y decir y, por ejemplo, no asegura ya una presencia pública del cristiano», añadió.

«Creo que es un fenómeno que nos debe hacer reflexionar: lo que aparecía como garantía de una libertad común, se está transformando en una ideología que empieza a hacerse dogmatismo y a poner en peligro la libertad religiosa», explicó.

Por lo que se refiere a la batalla por el reconocimiento de las raíces cristianas de Europa, dentro del Tratado constitucional, el purpurado observó que «sin duda es importante: en primer lugar, que se garantice, claramente en los puntos de mayor contenido, la presencia de nuestra conciencia jurídica y moral, cosa que en parte se ha logrado».

«Considero que se ha luchado para hacer valer la herencia cristiana en los elementos concretos de la Constitución Europea y de su forma jurídica… con éxito diferente, según los casos».

«Pero no lo vería inútil o completamente equivocado, si en el «Preámbulo» mismo se definiera una identidad y si Europa afirmase simplemente qué es, de dónde viene, de dónde saca sus criterios de juicio», afirma Ratzinger.

«Querría también decir que es falsa la argumentación de que de este modo se crea un choque con las otras religiones. Al contrario, estas se sienten agredidas por nuestro absoluto secularismo», indica.

Al comparar la actitud europea y la estadounidense ante las diferentes religiones, el purpurado afirma: «Pienso que bajo muchos puntos de vista el modelo estadounidense es el mejor», mientras que «Europa ha quedado empantanada en el cesaropapismo».

«Las personas que no querían pertenecer a una Iglesia de Estado, se fueron a Estados Unidos y allí constituyeron conscientemente un Estado que no impone una Iglesia y que simplemente no es percibido como religiosamente neutral, sino como un espacio dentro del cual las religiones se pueden mover y pueden gozar también de una libertad organizativa, sin ser simplemente mandadas a la esfera privada», explica.

«En esto se puede sin duda aprender de Estados Unidos», pues es un «proceso por el cual el Estado da espacio a la religión, que no es impuesta, sino que gracias a él vive, existe y posee fuerza creativa pública». «Es seguramente una forma positiva», remacha.

Ratzinger, por último, cita al historiador Arnold J. Toynbee, manteniendo que «tiene razón cuando afirma que el destino de una sociedad depende siempre de las minorías creativas. Los cristianos deberían considerarse como una minoría creativa de este tipo y contribuir a hacer de modo que Europa recupere lo mejor de su patrimonio hereditario y que sea útil de este modo a la toda la Humanidad».

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ZENIT Staff

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