El matrimonio y la familia no son una invención sociológica, asegura el Papa

Hunde sus raíces en la naturaleza del ser humano

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ROMA, martes, 7 junio 2005 (ZENIT.org).- El matrimonio y la familia no son algo inventado, sino que forman parte de la naturaleza misma del hombre y de la mujer, considera Benedicto XVI.

Por este motivo, las uniones libres o el «pseudo-matrimonio» entre personas del mismo sexo, son manifestación de una libertad anárquica, «que se presenta erróneamente como auténtica liberación del hombre», aclara.

El Papa ofreció la visión cristiana de la familia en un largo discurso que pronunció en la tarde de este lunes al inaugurar el Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma sobre «Familia y comunidad cristiana: formación de la persona y transmisión de la fe», que busca establecer orientaciones pastorales para el futuro.

«Matrimonio y familia no son una construcción sociológica casual, fruto de situaciones particulares históricas y económicas. Por el contrario, la cuestión de la justa relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo puede encontrar su respuesta a partir de ésta», aclaró.

La Biblia, explicó, presenta al hombre como «creado a imagen de Dios, y Dios mismo es amor». «Por este motivo –aclaró–, la vocación al amor es lo que hace del hombre auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se convierte en alguien que ama».

La expresión del amor a través de la sexualidad, aclaró, se explica con «el lazo indisoluble entre espíritu y cuerpo: el hombre es, de hecho, alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo que es vivificado por un espíritu inmortal».

«También el cuerpo del hombre y de la mujer tiene, por tanto, por así decir, un carácter teológico, no es simplemente cuerpo, y lo que es biológico en el hombre no es sólo biológico, sino expresión y cumplimiento de nuestra humanidad», indicó.

«La sexualidad humana no está al lado de nuestro ser persona, sino que le pertenece –subrayó–. Sólo cuando la sexualidad se integra en la persona logra darse un sentido a sí misma».

El «sí» que pronuncian los cónyuges en el matrimonio, indicó el sucesor de Pedro, «significa «siempre», constituye el espacio de la fidelidad».

Sólo en esta fidelidad, subrayó, «puede crecer esa fe que da un futuro y permite que los hijos, fruto del amor, crean en el hombre y en su futuro en tiempo difíciles».

La expresión más elevada de la libertad no es «la búsqueda del placer, sin llegar nunca a una auténtica decisión», indicó.

«Aparentemente esta apertura permanente parece ser la realización de la libertad, pero no es verdad: la verdadera expresión de la libertad es por el contrario la capacidad de decidirse por un don definitivo, en el que la libertad, entregándose, vuelve a encontrarse plenamente a sí misma», explicó.

De este modo, «el «sí» personal y recíproco del hombre y de la mujer abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno, y al mismo tiempo está destinado al don de una nueva vida».

Por este motivo, reconoció, «este «sí» personal tiene que ser necesariamente un «sí» que es también públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la comunidad».

«Ninguno de nosotros se pertenece exclusivamente a sí mismo: por tanto, cada uno está llamado a asumir en lo más íntimo de sí su propia responsabilidad pública», aseguró.

«El matrimonio, como institución, no es por tanto una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad, una imposición desde el exterior en la realidad más privada de la vida; es por el contrario una exigencia intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana», indicó.

Las diferentes formas actuales de disolución del matrimonio, entre las que Benedicto XVI citó «las uniones libres y el «matrimonio a prueba»», o «el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo», son más bien, expresiones «de una libertad anárquica que se presenta erróneamente como auténtica liberación del hombre».

Esta pseudo-libertad se basa «en una banalización del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalización del hombre».

«Su presupuesto es que el hombre puede hacer de sí lo que quiere: su cuerpo se convierte de este modo en algo secundario, manipulable desde el punto de vista humano, que se puede utilizar como se quiere», añadió.

«El libertinaje, que se presenta como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que hace despreciable el cuerpo, dejándolo por así decir fuera del auténtico ser y dignidad de la persona», concluyó el Papa.

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ZENIT Staff

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