¿Qué hacer cuando la madre quiere dar vida a embriones congelados y el padre se opone?

Responde un experto en bioética

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ROMA, jueves, 6 julio 2006 (ZENIT.orgEl Observador).- ¿Qué pasa cuando una madre quiere dar vida a embriones que ha congelado pero el padre se opone? Los embriones tienen derecho a vivir, y los padres de los mismos han de asumir su deber de darles asistencia, responde el padre Fernando Pascual L.C., sacerdote y profesor de filosofía y de bioética en el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum» de Roma, ante un caso judicial que acaba de salir a la opinión pública.

–¿Podría resumirnos el nuevo caso que enfrenta la justicia respecto a los embriones congelados?

— P. Fernando Pascual: En Dublín los tribunales se encuentran con la demanda de una mujer que quiere acoger a tres embriones congelados, hijos suyos y de su ex-marido. El problema está en la oposición de su marido, que vive separado de ella, y que presiona para que esos embriones sean destruidos o vendidos. Por eso los jueces deben resolver la cuestión: ¿quién tiene la última palabra sobre la vida y la muerte de esos embriones?

— ¿Qué principios éticos están en juego en este caso?

— P. Fernando Pascual: Existe el peligro de ver el caso como una lucha entre el hombre y la mujer, como un caso más de prepotencia de los esposos contra la libertad de las esposas. Otros podrían leerlo al revés, como el papel casi decisivo que tienen las mujeres respecto de la vida de los hijos, un papel que oscurece y que deja de lado completamente a los padres. Pero ambos enfoques son insuficientes. Lo principal a tener en cuenta es el valor de la vida de esos embriones, que son, sobre todo, hijos.

–¿Podría explicarse mejor?

— P. Fernando Pascual: Siempre es un error el concebir (algunos dicen «producir») embriones en laboratorio. Pero si tales embriones han sido concebidos, merecen ser tratados como cualquier ser humano. Tienen derecho a un padre y a una madre, a ser acogidos en el seno de sus madres, a nacer y a ser cuidados y mantenidos durante su niñez. No podemos, por lo tanto, limitarnos a verlos como «objetos» sobre los cuales litigan o discuten los padres biológicos, que tienen, ante sus hijos, serias obligaciones de asistencia.

–Entonces, ¿cómo habría que proceder en casos como éste?

–P. Fernando Pascual: Estos embriones ya han sufrido una grave injusticia: fueron concebidos en laboratorio («in vitro») y luego fueron congelados. Merecen ahora ser «salvados» por su madre, ser transferidos a las trompas de fallopio para tener así una oportunidad de vida.

–¿Y qué pasa con la voluntad del antiguo esposo que no quiere «ser forzado» a ser padre contra su voluntad?

— P. Fernando Pascual: Se equivocaría él si dijera que va a llegar a ser padre «contra su voluntad». Ya es padre desde el momento en que los embriones fueron concebidos. Por lo tanto, la esposa cumple con un deber (no es sólo un derecho) al pedir que los embriones le sean transferidos, y el antiguo esposo (que ya es padre) tendrá que apoyar económicamente al mantenimiento y educación de sus hijos. Decir que se le «impone la paternidad» es totalmente falso: la paternidad la aceptó al decidir, con la que entonces era su esposa, ir a la clínica de fertilidad. Por lo tanto, padre y madre tienen deberes muy serios ante aquellos embriones que son sus hijos.

–Si hubiera sido la esposa quien rechazara esos embriones y el esposo pidiese que se les respetase y se les permitiese nacer, ¿cómo habría que actuar?

— P. Fernando Pascual: En este segundo caso, hipotético pero no imposible, la madre tendría que acceder a acoger a sus hijos en su seno. Si por motivos médicos ya no puede hacerlo, o se niega a cumplir ese gesto elemental de justicia y de maternidad, los embriones podrían ser adoptados por alguna otra pareja. Esta idea es, hoy día, un punto de discusión entre los teólogos católicos, pero parecería lo más correcto en favor del derecho a la vida que ya tienen esos embriones. Hay que recordar siempre que el derecho a nacer no les viene de ser queridos por alguien. Lo tienen porque son seres humanos, y en función de su dignidad estamos llamados a promover su acogida para que puedan nacer y vivir en el mejor ambiente familiar que podamos ofrecerles.

–¿No es posible evitar situaciones tan dramáticas?

— P. Fernando Pascual: Sería bastante más fácil si tomamos conciencia de que la vida no es juego. La fecundación artificial (a veces llamada «procreación asistida») lleva a un cúmulo de injusticias y de situaciones absurdas, además de permitir que los hijos sean vistos cada vez más como un capricho y no como un don que nace desde el amor de los padres. Además, hemos de promover la educación para la fidelidad de los esposos, con el fin de evitar rupturas entre quienes ya tienen hijos. Es importante proteger a la familia, que es el principal santuario de la vida. Conviene recordarlo en el contexto del V Encuentro Mundial de las Familias, que tendrá su cumbre los días 8 y 9 de julio con la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia.

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ZENIT Staff

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