¿Picasso en el Vaticano?

Un deseo del director de los Museos Vaticanos

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ROMA, lunes, 18 septiembre 2006 (ZENIT.org).- En una entrevista concedida este verano al diario italiano «La Stampa», Francesco Buranelli, director de los Museos Vaticanos, manifestó su deseo de añadir un Picasso a la colección vaticana.

Picasso ha sido sin duda un artista genial pero ¿por qué los Museos Vaticanos quieren exponer el trabajo de un hombre que ha minado el mensaje cristiano durante setenta años?

Desde un punto de vista puramente técnico la aspiración de Buranelli tiene sentido: ¿qué director de un museo, después de todo, no querría un trabajo del nombre más aclamado del arte del siglo XX?

En la obra de Picasso, además, hay tantos estilos y periodos que quizá alguna de sus obras podría ir a integrar esta colección de obras maestras del arte recogida por la Santa Sede.

Zenit ha hecho una investigación para ver qué obras podrían disputarse un puesto junto a Miguel Ángel, Rafael y los otros grandes artistas cristianos presentes en el museo.

«La Crucifixión»
Esta obra sería quizá la opción más obvia, y es la única de tema religioso de Picasso desde 1897 hasta su muerte en 1973.

Pablo Picasso nació en 1881 en una familia española católica. Rechazó sus orígenes católicos cuando tenía veinte años, sobre todo porque consideraba la moral religiosa un obstáculo a la creciente libertad sexual de su época.

Prodigioso más que pródigo, Picasso no volvió nunca públicamente al seno de la Iglesia, aunque un sacerdote estuvo presente en el funeral del artista.

Picasso representó a Cristo en la pintura así como lo había representado en la propia vida. Su «Crucifixión» muestra en el centro un pequeño Cristo que parece aplastado por las que parecen mujeres llorando superpuestas a él.

En la obra es difícil distinguir los amigos de los enemigos, y la imagen más clara de todas es el soldado que juega a los dados abajo a la izquierda.

Pintado en pastel, el cuadro parece más una autoconmiseración ante los problemas personales de Picasso que una real exploración del significado de los sufrimientos de Cristo.

«El hombre del cordero»
Esta escultura en yeso que representa a un hombre con un cordero, fue realizada en 1944, al final de la Segunda Guerra Mundial. Podría ser expuesta junto a la estatua de «El Buen Pastor», en el Museo Pío Cristiano.

Los observadores podrían verificar el contraste entre el joven y amable rostro del buen pastor, uno de los primeros símbolos cristianos para Jesús, y el hombre de Picasso, desolado, deformado, con los ojos desorbitados y la expresión feroz.

En la versión cristiana, un corderito está colocado con cuidado sobre los hombros del pastor, pero en la moderna de Picasso, aunque el pastor estrecha al cordero en un brazo como un niño, el animal gira la cabeza, tiene la boca abierta y protesta. A diferencia de El Buen Pastor, el salvador que ha encontrado a la oveja perdida, la figura de Picasso parece una persona que lleva un cordero al matadero.

Picasso realizó esta escultura cuando ingresó en el Partido Comunista, de manera que la distorsión de uno de los símbolos más antiguos de la salvación del hombre representa una metáfora adecuada de la nueva ideología del artista.

«Les Demoiselles d’Avignon»
Esta obra, realizada en 1904, se refiere obviamente a Avignon, sede del Papado durante más de 70 años en el siglo XIV, por lo que representa un punto de referencia papal.

La pintura tiene todas las características de una obra maestra. Empleando la técnica de los viejos maestros, Picasso hizo 106 esquemas preparatorios que han dado el resultado de un efecto innovador y apasionante.

A diferencia de la Piedad de Miguel Ángel, que expresa la sublime belleza de la gracia de Dios y su obediencia ejemplar a la voluntad divina, las cinco figuras femeninas de Picasso tienen un «genio femenino» muy diverso: posan y se pavonean en una casa de citas.

Como los artistas del Renacimiento, Picasso exploró lo sagrado en su trabajo, pero su «santa» inspiración quedó presa de las máscaras tribales africanas. Hablando de las «Demoiselles», el pintor español dijo que las máscaras africanas «intercedían… contra todo», añadiendo que la pintura era su «primera tela de exorcismo».

Este trabajo es de todos modos una línea divisoria en la historia del arte y la mayor parte de los responsables de galerías de arte se retorcerían como una de las figuras deformes de Picaso con tal de poseerlo, quedarían justificados, dada la naturaleza y función de sus museos laicos.

Los Museos Vaticanos en cambio no han sido concebidos para ser sólo una exhibición más de la historia del arte.

Miguel Ángel, Bernini y el Beato Angélico han creado obras que animan a la devoción y a glorificar a Dios, e impulsan a los observadores a trascenderse. Los museos laicos no deben confrontarse con dos mil años de difusión del mensaje cristiano.

¿Qué tienen que ofrecer por tanto estas obras al público cristiano que busca los signos de la sublime presencia de Dios en los atormentados tiempos modernos?

«Ciencia y caridad»
Uno de los primeros trabajos de Picasso podría ofrecer una respuesta al interrogante.

«Ciencia y caridad» fue pintado en 1897 por un Picasso de diecisiete años.

La pintura muestra a una mujer en el lecho de muerte, un doctor a su derecha y una religiosa a su izquierda. El doctor desvía la mirada de la paciente mientras le toma el pulso. La religiosa tiene consigo al hijo de la mujer mientras le ofrece un vaso para confortarla.

Tanto la religiosa como el doctor están vestidos de blanco y negro y aparecen como los dos platillos de una balanza que sin embargo se inclina ligeramente hacia la religiosa, con la luz que brilla sobre ella mientras que el doctor está en la sombra. En el momento de la muerte su ciencia es inútil pero la asistencia caritativa de la religiosa puede ofrecer alivio.

Visto que Picasso rechazó la religión y abrazó la ciencia como guía –desde la óptica del cubismo hasta la psicología en su fase surrealista–, esta pintura recuerda que los dones de Dios pueden ser usados tanto para el bien como para el mal.

¿Hay un puesto en la historia del arte para Pablo Picasso? Seguramente. ¿Pero hay también un puesto para él en los Museos Vaticanos?

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ZENIT Staff

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