* * *   La semana pasada, dos personajes hicieron declaraciones a la Prensa sobre el Estado laico y sobre la educación laica. A esas declaraciones añado estos comentarios.

Consultando el Diccionario Enciclopédico Ilustrado, el verbo laicizar es hacer algo independiente de toda influencia religiosa; así, laicismo es propugnar la independencia del hombre, la sociedad y el Estado de toda influencia religiosa. Laico como adjetivo se aplica también a la escuela o enseñanza en que se prescinde de la instrucción religiosa; aplicaciones aceptables si no se toman como adversas o hasta persecutorias de la religión.

Porque, por largo tiempo, en México vivimos un marcado laicismo que quería reducir las prácticas religiosas al interior de las conciencias o de las sacristías. La exclusión de las Iglesias del escenario público era una constante; ahora, la participación de los agentes religiosos en la vida pública del país resulta congruente con la laicidad y con la democracia. La libertad religiosa es uno de los derechos inalienables e implica necesariamente que los habitantes del país puedan ejercerlo en sus actividades privadas y públicas.

El Estado laico moderno valora la religión; reconoce y garantiza plenamente el derecho a la libertad religiosa. Aunque, aún hay jacobinos que opinan que la libertad de expresión es válida mientras no la ejerza un ministro de culto, “el verdadero Estado laico no establece una dictadura antirreligiosa; respeta las distintas y plurales convicciones de los ciudadanos” (CEM).

Por ello también, según el mismo Diccionario, laico como sustantivo y como adjetivo equivale a lego, seglar o que no tiene ordenes clericales; así, el laicado en la Iglesia Católica, es la condición y el conjunto de los fieles simplemente bautizados no clérigos.
Después de un largo y difícil itinerario en el Concilio Vaticano II, el 18 de noviembre de 1965 el Santo Padre Pablo VI promulgó el Decreto sobre el Apostolado de los seglares. Lástima que a distancia de cuarenta y dos años de clausurado el Concilio, las grandes mayorías de católicos no lo hayan leído; de donde resulta la gran confusión sobre lo laical y los laicos.

De los 33 números del Decreto transcribo unos párrafos del número siete. Comienza así: “el Plan de Dios sobre el mundo es que los hombres instauren con espíritu de concordia el orden temporal y lo perfeccionen sin cesar” (7.1).

Y se refiere a: “bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y las profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales y otras realidades semejantes, así como su evolución y progreso” (7.2).

Sin embargo, “en el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales se ha visto desfigurado por graves aberraciones, porque los hombres, tarados por el pecado original, cayeron en muchísimos errores acerca del verdadero Dios, de la naturaleza del hombre y de los principios de la ley moral, de todo lo cual se siguió la corrupción de las Costumbres y de las instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre” (7.3).

Corresponde pues a todos los bautizados pertenecientes a la Iglesia la obligación de “trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo” (7. 4).
Por su parte es preciso que los laicos “acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden temporal, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia y movidos por la caridad cristiana; el cooperar, como conciudadanos de los demás, con su pericia y propia responsabilidad, y el buscar en todas partes y en todo la justicia del Reino de Dios” (7.5).

Frente al laicismo del Estado mexicano y del sistema educativo imperantes: sin conocer la enseñanza de la Iglesia, ¿cuándo y cómo los católicos querrán aceptar el compromiso derivado del Bautismo y de estos criterios conciliares, cuando más bien aparece resistencia en contrario?

Durango, 22 de julio del 2007

Héctor González Martínez, arzobispo de Durango