Las enseñanzas de la crisis financiera

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Primado del hombre y valorización de la comunidad

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CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 30 noviembre 2008 (ZENIT.org).- La crisis financiera, tiene raíces lejanas, ciertamente mucho más lejanas que agosto de 2007,  fecha símbolo en que estalló la crisis de las «hipotecas basura» estadounidenses.

Son afirmaciones de Giovanni Marseguerra, profesor de Economía Política en la Universidad Católica de Milán y secretario científico de la Fundación vaticana «Centesimus Annus-Pro Pontifice».

En declaraciones a ZENIT, el profesor Marseguerra opina que «la impresionante escalada que tuvo lugar a partir de septiembre de 2008, con derrumbes repetidos y sostenidos de los mercados bursátiles de todo el mundo, muestra de modo cada vez más evidente que el extraordinario cambio en los países emergentes ha modificado profundamente la naturaleza de las relaciones económicas entre países ricos y el resto del mundo».

Fracaso de un modelo

Marseguerra sostiene que estamos asistiendo «al fracaso de todo un modelo de desarrollo fundado, por una parte, en un exceso de consumo a crédito y, por otro, en una masiva utilización de las finanzas y sus sofisticados instrumentos, todo ello en detrimento de la demografía y la economía real».

Probablemente, explica el experto, es todavía muy pronto para extraer conclusiones definitivas sobre una crisis de la que todavía no se ve el fin, pero «lo que ciertamente se puede decir ya desde ahora es que el resultado más negativo de lo que ha sucedido es una pérdida generalizada de confianza en el sistema crediticio: la desconfianza no sólo está extendida dentro del sistema bancario, sino que afecta a la relación entre bancos y ahorradores, entre bancos y empresas, y así sucesivamente».

Es importante preguntarse, sugiere Marseguerra, de dónde nace esta crisis de confianza y qué remedios pueden implementarse para restablecerla.

Crisis de confianza

«La confianza –explica el economista– es un factor de cohesión esencial de la vida social, y hoy ha disminuido esencialmente por culpa de comportamientos que, en el mejor de los casos, podemos definir éticamente discutibles, pero que, muy a menudo, han sido incorrectos, o incluso fraudulentos».

En su opinión, «la correcta relación entre ética y economía ha sido sustituida por una ética de los negocios, pensada sólo para permitir a pocos obtener provecho de la buena fe de muchos».

Un problema ético

Quien opera en el sector financiero, explica el experto, «debería tener una conciencia ética profunda y un comportamiento responsable, recordando que son las finanzas las que deben servir al hombre y no al revés. Esta conciencia estuvo ausente de modo marcado en los últimos diez-quince años, y el resultado global ha sido el prevalecimiento del egoísmo personal sobre el bien común».

El restablecimiento «de la ética de la corrección y la responsabilidad» es, por tanto, la primera reforma esencial para reconquistar la confianza de los ahorradores. La reforma necesaria debe servir para redefinir las reglas de la economía y sobre todo de las finanzas internacionales, opina.

Necesitamos reglas nuevas y eficaces, «porque sólo en un marco reglamentario y normativo apropiado puede funcionar un mercado».

Bajo este perfil, la crisis revela «que el sistema de vigilancia estadounidense, subdividido entre varias autoridades no siempre coordinadas, incumplió completamente sus competencias institucionales, mostrando límites de una gravedad inesperada».

Por no hablar, añade, «de las gravísimas responsabilidades de las agencias de clasificación de solvencia que han certificado superficialmente la solidez de balances que para nada estaban saneados».

Actualidad de la doctrina social

Las consideraciones de Marseguerra se pueden rastrear en muchos pasajes de la doctrina social católica que demuestra, una vez más «su extraordinaria capacidad de atravesar los tiempos».

Es suficiente, aconseja «releer pasajes de dos recientes encíclicas sociales».

El primero, extraído de la Centesimus Annus, a casi dos decenios de distancia de su redacción, se muestra de una singular actualidad y relevancia: «En efecto, el principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas». (Centesimus Annus, nº 32).

El segundo, en cambio, está extraído de la Spe Salvi de Benedicto XVI: «Incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando, en una comunidad, existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo» (Spe Salvi, nº 24).

La enseñanza

El profesor Giovanni Marseguerra presenta así su recta: «primado del hombre y valorización de la comunidad como puntales sobre los que construir el desarrollo. Son estos los principios de los que debemos repartir si queremos de verdad salir de la crisis».

Por Nieves San Martín

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ZENIT Staff

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