El amor supera las barreras entre tribus, asegura el Papa

Invoca un nuevo Pentecostés para África

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 5 octubre 2009 (ZENIT.org).- Asegurando que el amor supera las barreras entre etnias y tribus, Benedicto XVI inauguró este lunes la primera congregación del segundo Sínodo de los Obispos de África e invocó un nuevo Pentecostés para ese continente.

La meditación sin papeles resonó en el aula del Sínodo in Vaticano, después de que los padres sinodales entonaran el «Veni, Creator Spiritus», el himno dirigido a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Las sesiones sinodales comienzan habitualmente con una reflexión de uno de sus participantes; en este primer día fue el mismo Papa quien presentó su meditación.

«Acabamos de comenzar nuestro encuentro sinodal invocando al Espíritu Santo y sabiendo que no podemos hacer en este momento todo lo que hay que hacer por la Iglesia y el mundo: sólo en la fuerza del Espíritu Santo podemos encontrar lo que es recto para después aplicarlo», dijo.

Hablando de la acción del Espíritu Santo, explicó que sólo gracias a su fuerza, la Iglesia continúa en su propia obra e, invocándolo, ruega para que Pentecostés no sea sólo un evento del pasado, sino que se recree aquí y ahora.

La Iglesia, añadió, no es una organización, sino el fruto del Espíritu Santo hacia la Ciudad de Dios, que recoge todas las culturas.

El Amor, que viene del Espíritu Santo, subrayó, nos llama a una responsabilidad activa hacia el prójimo, que se convierte luego en universalidad, para ser los servidores de esta hora del mundo.

La meditación concluyó con una reflexión sobre el tema del Sínodo, la reconciliación en África por la caridad.

«Tenemos que abrir realmente los confines entre tribus, etnias, religiones, a la universalidad del amor de Dios», exhortó.

«Y esto no es teoría, sino que debemos hacerlo en nuestros lugares de vida», insistió.

«Pidamos al Señor que nos dé el Espíritu Santo, que suscite un nuevo Pentecostés, nos ayude a ser sus servidores en esta hora del mundo», concluyó.

Por Jesús Colina

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ZENIT Staff

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