Relación para la discusión del Sínodo de los Obispos de África

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Por el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson

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CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 5 octubre 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la relación anterior a la discusión del Sínodo de los Obispos de África que presentó este lunes el cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, arzobispo de Cape Coast (Ghana).

* * *

INTRODUCCIÓN

Entonando el «Te Deum…» y con este himno de acción de gracias resonando en toda la sala del Sínodo, a mediodía del 7 de mayo de 1994 concluía formalmente la Primera Asamblea Especial para África. El Sínodo tuvo como tema: «La Iglesia en África y su misión evangelizadora de cara al año 2000: ‘Seréis mis testigos’ (Hch 1,8)». Dirigió un mensaje a la Iglesia y al mundo, que reflejaba los principales puntos de fuerza de los trabajos del Sínodo, y se votaron varias resoluciones, como propuestas. A partir de ese momento, los padres sinodales, y toda la Iglesia, esperaban con expectación la Exhortación Apostólica Post-sinodal del Santo Padre, que recogería los frutos del Sínodo en su mensaje, como Presidente del Sínodo, para dar la conclusión definitiva al ejercicio consultivo y colegial de la asamblea sinodal. Esto es lo que hizo el Santo Padre cuando publicó la Exhortación Apostólica Post-sinodal Ecclesia in Africa (La Iglesia en África), y la presentó a África y al mundo en Yaundé, Camerún, el 14 de septiembre de 1995, más tarde en Johanesburgo, Sudáfrica, el 17 de septiembre de 1995 y, por último, en Nairobi, Kenia, el 19 de septiembre de 1995. (1)

I. DE LA PRIMERA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ÁFRICA A LA SEGUNDA ASAMBLEA ESPECIAL

El Papa Juan Pablo II describió el Sínodo, que él mismo concluyó con la promulgación de la Exhortación Apostólica Post-sinodal Ecclesia in Africa, como un «Sínodo de resurrección y esperanza». (2) Se esperaba que esta asamblea, que fue convocada para combatir la visión pesimista de África que predominaba en el mundo, en un ambiente particularmente desafiante y una situación «lamentablemente desfavorable»(3) en el continente para la misión evangelizadora de la Iglesia en los últimos años del siglo XX, marcara un momento decisivo en la historia del continente. (4)
Cuando el Santo Padre y los padres sinodales se reunieron en este primer sínodo, tuvieron que considerar los «elementos positivos y negativos» (luces y sombras) en los «signos de los tiempos» (5). Ellos contemplaron y celebraron los éxitos de la evangelización y el crecimiento de las Iglesias locales en el continente, pero también lamentaron y deploraron una serie de males y miserias presentes. Honraron el heroísmo y el espíritu pionero de los misioneros, aunque también criticaron la falta de compromiso y de celo pastoral por parte del personal de la Iglesia, la aparición de tendencias sincréticas, la proliferación de sectas, la politización e intolerancia ante la crítica del Islam. Igualmente acogieron con optimismo las democracias emergentes y el despertar de una profunda conciencia cultural, social, económica, y política en el continente, aunque deploraron los regímenes despóticos y dictatoriales, los malos gobiernos, la difusa corrupción y el alarmante aumento de la pobreza.

La situación del continente africano era enormemente ambivalente y paradójica. La rápida secuencia de acontecimientos tales como la caída del apartheid y el lamentable inicio del genocidio de Ruanda, son ejemplos claros de dicha paradoja.

Teniendo en cuenta este aspecto paradójico, en el que el mal y el sufrimiento parecían prevalecer sobre el bien y la virtud, el clima Pascual de la Primera Asamblea Especial para África infundió un mensaje de esperanza en África. Con la publicación de la Exhortación Apostólica Post-sinodal Ecclesia in Africa, la Iglesia en África recibió un nuevo impulso, un nuevo estímulo de vida y actividad en el continente como Iglesia misionera, es decir, una Iglesia con una misión. En efecto, el Sínodo en su clima pascual y la Exhortación Apostólica Post-sinodal, dieron a la Iglesia en África un nuevo impulso que consistía en :

– la esperanza en el Cristo resucitado, como un nuevo ímpetu para vivir su «programa» y misión evangelizadora.

– un nuevo paradigma: la Iglesia como Familia de Dios, que ofrece una perspectiva y un sistema de valores para vivir su «programa», y más específicamente, para hacer énfasis en la unidad y la comunión de todos, a pesar de las diferencias.

– una serie de prioridades pastorales : la evangelización como Proclamación, la evangelización como Enculturación, la evangelización como Diálogo, la evangelización como Justicia y Paz, la evangelización como Comunicación, para guiar la aplicación de su «programa» y misión en África, en un conjunto paradójico de lamentables miserias humanas y heroísmos extraordinarios dentro y fuera de la Iglesia. (6)

Por eso, el periodo siguiente a la publicación de la Exhortación Apostólica Post-sinodal representó, como también lo consideraba el Papa Juan Pablo II (7), el momento de la profundización de la experiencia sinodal y de aplicación de la Ecclesia in Africa, mediante un esfuerzo constante y concertado, para devolverle a este continente en dificultad unas fuerzas renovadas y una esperanza más firmemente arraigada. Este periodo Post-sinodal ha llegado a su décimo cuarto año y aunque la situación del continente, de sus islas y de la Iglesia haya cambiado considerablemente, todavía sigue presentado algunas de las «luces y sombras» (8) que motivaron el primer sínodo. Esta nueva realidad requiere un estudio detallado, en vista de los renovados esfuerzos de evangelización, que llaman al análisis profundo de algunos temas específicos, que son importantes para el presente y el futuro de la Iglesia Católica en el gran continente africano» (9)

Por consiguiente, reunidos nuevamente en la Segunda Asamblea especial para África, quince años después de la primera, necesitamos arraigarnos firmemente en el Primer Sínodo (10), siendo conscientes y estando dispuestos a explorar en primer lugar los «nuevos datos eclesiales y sociales del continente»(11), que actualmente condicionan la misión de la Iglesia local, y exigen que la Iglesia de África, además de considerarse «testigo de Cristo»y «familia de Dios», también se vea a sí misma como «Sal de la tierra, luz del mundo» y «siervos de la reconciliación, de la justicia y la paz».

NUEVOS DATOS ECLESIALES Y SOCIALES DEL CONTINENTE

Datos eclesiales

a. Subsidia Fidei: Es importante notar que el estímulo y el impulso que la Primera Asamblea Especial para África le dio a la Iglesia de dicho continente para renovarse, fortalecerse y para centrar más firmemente su esperanza en el Señor, se vieron potenciados a través de algunos eventos eclesiales y algunas actividades del Papa y de la Curia Romana, que podemos definir como «subsidia fidei» para la Iglesia. Así, el «Sínodo sobre la Eucaristía»afirmó la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia-Familia de Dios, como símbolo de unidad. El «Sínodo del Obispo: Siervo del Evangelio…»le recuerda a los Obispos y Pastores su apostolado esencial como predicadores del Evangelio dentro de la Iglesia-Familia de Dios. El «Sínodo de la Palabra de Dios» ha recordado a la Familia de Dios la semilla eterna e imperecedera de su nacimiento. Además, las Encíclicas del Papa: » Deus caritas est», «Spe salvi», «Caritas in veritate», sus homilías y sus discursos durante su reciente visita apostólica a África (Camerún y Angola),dieron a la Iglesia de África una catequesis de valor inestimable. Finalmente, los dicasterios de la Curia Romana han organizado seminarios sobre:

– «La liturgia» (Kumasi 2007
) para ofrecer una guía en el trabajo continuo de enculturación en la liturgia.

– La «Doctrina social de la Iglesia» (Dar-es-Salaam 2008) para promover el conocimiento y la difusión de la doctrina social de la Iglesia.

– «La migración» (Nairobi 2008) para discutir sobre la migración y las nuevas formas de esclavitud.

– El «Trabajo de las Comisiones Teológicas de las Conferencias Episcopales» (Dar-es-Salaam 2009) para recordarle a los obispos la importancia de su papel magisterial en el seno de la Iglesia, aún recurriendo a expertos.

Estos encuentros aumentan la conciencia de la Iglesia de África sobre su vida y apostolado.

b. El Crecimiento Excepcional de la Iglesia en África: En las últimas décadas (incluyendo los años posteriores a la Primera Asamblea Especial para África), se ha hecho habitual hablar del crecimiento excepcional de la Iglesia en África y los indicadores, como señalan los Lineamenta y los Instrumentum laboris, son varios. Sin embargo, la verdadera novedad entre estos signos de crecimiento de la Iglesia en el continente y en sus islas son:

– El ascenso de miembros africanos de congregaciones misioneras a posiciones de poder y liderazgo: miembros en el consejo, vicarios generales, e incluso superiores generales.

– La búsqueda de autosuficiencia por parte de las iglesias locales, recurriendo a operaciones económicas que puedan generar ingresos (bancos, cooperativas de crédito, compañías de seguros, inmobiliarias y comercios)

– Un crecimiento visible de las estructuras e instituciones eclesiásticas (seminarios, universidades e institutos de educación superior católicos, centros de formación continua para religiosos, catequistas y laicos, escuelas de evangelización), así como el aumento de expertos y personas que realizan trabajos de investigación en las áreas de fe, misión, cultura y enculturación, historia, evangelización y catequesis.

Sin embargo, la Iglesia en África también se enfrenta a duros desafíos:

– Cuando se habla de una Iglesia próspera en África, se olvida mencionar que es casi inexistente en grandes áreas al norte del ecuador. El crecimiento excepcional de la Iglesia en África se encuentra principalmente en el sur del Sahara.

– La fidelidad y el compromiso de algunos religiosos y miembros del clero en su vocación

– La necesidad de evangelizar (o evangelizar de nuevo) para lograr una conversión más profunda y permanente.

– La pérdida de miembros que pasan a nuevos movimientos religiosos y sectas. Los jóvenes católicos viajan al extranjero (Europa y América) y regresan no católicos, debido a que no se sintieron a gusto en las Iglesias de esos países.

– Disminución de los índices de crecimiento de la población tradicionalmente cristiana en Europa y América.

c. El Sínodo para África y el «Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (SECAM)»: la profundización de la experiencia sinodal africana en el continente y en sus islas ha dependido en gran medida de un organismo específico de la Iglesia continental llamado «SECAM». En el Concilio Vaticano II, los obispos africanos, al buscar unos medios idóneos de cooperación, establecieron un secretariado que coordinara sus intervenciones, para así presentar al Concilio un punto de vista común (africano). Después del Concilio y en presencia del Papa Pablo VI en Kampala (1969), los obispos africanos decidieron hacer permanente dicho organismo de cooperación del Concilio, mediante la creación del SECAM. En ese momento el SECAM era un organismo o institución permanente que favorecía el ejercicio de una solidaridad pastoral orgánica en el continente por parte de sus pastores. Debía ser la herramienta con la que los Obispos promovieran la «Evangelización en la corresponsabilidad» en el continente (12); y fue a este organismo al que Juan Pablo II le atribuyó la original idea de realizar el Sínodo para África. (13)
En la Segunda Asamblea Especial para África sería oportuno que los pastores del continente consideraran de nuevo la necesidad de la existencia del SECAM y su responsabilidad al respecto.

Datos sociales

A la hora de tratar «algunos puntos críticos en la vida de la sociedad africana» (14), el Instrumentum Laboris identificó y discutió muchos de estos nuevos datos sociales. Añadiremos algunas notas a pie de página, que pueden resultar significativas, y dejaremos que sea la asamblea sinodal la que complete el cuadro de la situación.

d. Notas socio-históricas al Instrumentum laboris: en 1963, en una reunión de la Organización para la Unidad Africana (OUA), los líderes africanos decidieron conservar un vestigio del gobierno colonial, manteniendo las fronteras coloniales y la descripción de los estados, a pesar de su carácter artificial. Sin embargo, a esta decisión no le siguió el correspondiente desarrollo del sentimiento nacionalista en el que la diversidad étnica es un enriquecimiento mutuo, y ensalza el bien común nacional por encima de los intereses étnicos. Por consiguiente, la diversidad étnica sigue siendo un hervidero de conflictos y tensiones, que incluso mina el sentimiento de pertenencia común a la Iglesia-Familia de Dios.

La esclavitud y la esclavización, que el mundo árabe llevó primero a la costa oriental de África, y que los europeos, con la colaboración de los propios africanos, en el siglo XIV incrementaron y extendieron por todo el continente, llevaron a un movimiento migratorio forzado de africanos. En nuestros días, las migraciones voluntarias de hijos e hijas de África hacia Europa, América y Extremo Oriente por distintas razones, les sitúa en una condición servil que exige nuestra atención y nuestro cuidado pastoral.

e. Nota socio-política al Instrumentum laboris: las celebraciones de independencia y la aparición de estados y naciones africanos con gobiernos conducidos sólo por africanos están estrechamente relacionados con el desarrollo post-colonial en el continente. El ejercicio del poder político y de gobierno generalmente ha sido criticado y a menudo se ha visto dañado por el despotismo, las dictaduras, la politización de la religión o la etnia, la violación de los derechos de los ciudadanos, la falta de transparencia y de libertad de prensa, etc.

Pero el periodo que siguió a la I Asamblea Especial para África, es decir, el alba del Tercer Milenio, parece haber coincidido con un deseo emergente en el continente por parte de los mismos líderes africanos de un «renacimiento africano» (Thabo Mbeki), «una nueva autoafirmación africana contemporánea para construir una civilización africana que sea sensible a los imperativos de nuestro tiempo, es decir, a la prosperidad económica, la libertad política y la solidaridad social» (15).

Los líderes políticos africanos parecen determinados a cambiar la cara de la administración política en el continente; y han encabezado una autovaloración crítica de África , que ha identificado la pobreza y el mal gobierno en el continente como las causas de la pobreza y los sufrimientos de África. Por consiguiente, han preparado el camino del buen gobierno y de la formación de la clase política, capaz de recoger lo mejor de las tradiciones ancestrales de África e integrarlo con los principios de gobierno de las sociedades modernas. Han adoptado un marco estratégico (NEPAD) para orientar las decisiones y guiar la renovación de África mediante un liderazgo político transparente (16). ¿Puede la iglesia en África reconocer estos esfuerzos políticos de sus hijos e hijas y darles el estímulo de su mensaje evangélico , que les rete a ser «la luz de las naciones» y «la sal de sus comunidades», ofreciéndoles un «liderazgo al servicio de los demás»?

f. Nota socio-económica al Instrumentum laboris: < /b>la relación radical entre gobierno y economía es clara; demuestra que un mal gobierno conlleva una mala economía. Esto explica la paradoja de la pobreza de un continente que sin duda es uno de los mejores dotados del mundo. La consecuencia de esta «ecuación gobierno-economía» es que casi ningún país africano logra cumplir con sus obligaciones presupuestarias, es decir, con los programas financieros nacionales planificados, sin recurrir a ayudas del exterior en forma de obligaciones o préstamos. El hecho de asegurar continuamente los presupuestos nacionales recurriendo a préstamos contribuye a inflar una deuda nacional ya agobiante. La Iglesia universal, junto con la africana, ha lanzado una campaña para eliminarla durante el año del Gran Jubileo.

Las relaciones económicas tradicionales de los estados africanos con los países ex-colonizadores, por ejemplo, la «Commonwealth», han sido sustituidas por otras poderosas alianzas económicas entre los estados africanos, individualmente o en bloque, con Estados Unidos (Millennium Challenge Account), la Comunidad Económica Europea (Lomé Culture, Yaoundé Agreement y el Cotonou Agreement (17)) y Japón (TICAD I-III). Recientemente China y la India, sedientas de recursos naturales, se han asomado al escenario manifestando interés por cualquier aspecto imaginable de las economías nacionales africanas. En el centro de la mayoría de estos protocolos y acuerdos se encuentra el debate sobre el «comercio y ayuda», al ver que los países que se han desarrollado, lo han hecho gracias al comercio (no sólo de «materias primas») y sin un «síndrome de dependencia de las ayudas». Por lo tanto, las decisiones y las condiciones que imponen la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el mundo desarrollado representan una gran preocupación para las jóvenes economías comerciales africanas.

Como se ha mencionado ya, recientemente los líderes africanos han dado vida a un marco estratégico (NEPAD) (18) para guiar los acuerdos económicos de África, para superar la pobreza y lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio (Millennium Development Goals). Como afirma el Dr. Uschi Eid, «Solamente los estímulos y esfuerzos que vengan de África llevarán al éxito» (19).

En cierto sentido, que África salga de su agonía económica debe ser un trabajo que lleven a cabo los africanos encabezado por ellos mismos (20). Por lo tanto, los corazones deben convertirse y los ojos abrirse para encontrar nuevas maneras de administrar la riqueza pública por el bien común; y esto implica la misión evangelizadora de la Iglesia en el continente y sus islas.

g. Notas sociales al Instrumentum Laboris: los efectos de las situaciones que acabamos de describir (históricas, políticas y económicas) determinan el estado de salud de la sociedad africana (estable, pacífica, próspera) y, además, constituyen los desafíos de fondo a la misión evangelizadora de la Iglesia en el continente y sus islas.

Asimismo, existen algunos fenómenos globales e iniciativas internacionales, cuyo impacto sobre la sociedad africana y algunas de sus estructuras hay que evaluar, ya que además plantean nuevos retos para la Iglesia. Mientras que la importancia cada vez mayor que se da al lugar y al papel que tienen las mujeres en la sociedad representa un feliz desarrollo, el surgimiento global de estilos de vida, valores, actitudes, asociaciones, etc., que desestabilizan la sociedad, son motivos de inquietud. Estos atacan los puntales básicos de la sociedad (matrimonio y familia), reducen su capital humano (migraciones, tráfico de drogas, tráfico de armas) y amenazan la vida del planeta.

El matrimonio y la familia están sometidos a distintas y terribles presiones para redefinir su naturaleza y su función en la sociedad moderna. Los matrimonios tradicionales, que llevaban a la creación de las familias, se ven amenazados por una creciente propuesta de uniones y relaciones alternativas, desprovistas del concepto de un compromiso duradero, de carácter no heterosexual, y sin el objetivo de procrear. En algunas partes del continente estos ya tienen defensores dentro de la Iglesia.

Este fuerte ataque al matrimonio y a la familia lo impulsan grupos que crean un vocabulario que quiere sustituir los conceptos y términos tradicionales relativos al matrimonio y a la familia con nuevas expresiones. El objetivo es establecer una nueva ética global sobre el matrimonio, la familia, la sexualidad humana y los temas relacionados como el aborto, la contracepción, la ingeniería genética, etc.

Tráfico de drogas y tráfico de armas: algunas partes del continente se han convertido en las rutas de la droga de Latinoamérica hacia Europa. En África occidental el tráfico de droga representa la causa principal de inestabilidad y desorden político en Guinea Bissau y ahora también en Guinea. Cuando a principios de junio, el ejército de Guinea declaró el estado de alerta máxima fue a causa de las amenazas de invasión respaldadas por los carteles de la droga.

La droga no pasa simplemente a través de algunas partes del continente y las islas, sino que ha encontrado consumidores en todas partes. El uso de drogas y la drogadicción entre los jóvenes se está convirtiendo rápidamente en la mayor causa de dispersión del capital humano, detrás de la emigración, los conflictos y las enfermedades, como el SIDA y la malaria.

El tráfico de armas, tanto a pequeña como a gran escala, está estrechamente relacionado con la droga y los azares políticos. La Iglesia en África, reunida en Asamblea Especial, se une a la Santa Sede para acoger con satisfacción las iniciativas de Naciones Unidas para detener el tráfico ilegal de armas y procurar que el comercio legalizado de armas sea más transparente. En particular, apoya el estudio que se está realizando en preparación de un tratado jurídicamente vinculante sobre la importación, la exportación y el paso de las armas convencionales a través de África.

Medio ambiente y cambios climáticos: La capa discontinua de contaminación que cubre la mayor parte de África oriental, acompañada por una disminución de las precipitaciones, por la sequía y el hambre, suelen ser consideradas como un efecto del fenómeno de El Niño. Pero indican lo duras que son las condiciones climáticas del continente en general y lo negativamente que puede verse afectado el precario equilibrio ecológico de algunas partes de África por los «cambios climáticos» observados en el planeta. Por este motivo, las cumbres mundiales de la ONU sobre el cambio climático, la emisión de gases de efecto invernadero, la rarefacción de la capa de ozono, como la que va a tener lugar en diciembre en Copenhague, deben poder contar con el apoyo orante de África, mientras se prepara para explorar y desarrollar fuentes alternativas de energía limpia (sol, viento, olas marinas, bioalgas, etc.).

Al final de este estudio, que hay que reconocer que es incompleto, queda claro que, si bien el continente y la Iglesia todavía no han salido de las dificultades, pueden alegrarse modestamente por sus éxitos y resultados positivos, y empezar a renunciar a las estereotipadas generalizaciones sobre sus conflictos, hambruna, corrupción y mal gobierno. Los cuarenta y ocho países de la zona sub sahariana presentan grandes diferencias por lo que se refiere a la situación de sus iglesias, sus gobiernos y su vida socio-económica. De estas cuarenta y ocho naciones sólo cuatro (Somalia, Sudán, Níger y partes de la República Democrática del Congo) están en guerra actualmente; y al menos dos de ellas a causa de interferencias extranjeras: la República Democrática del Congo y Sudán. Cabe decir que hay menos guerras en África que en Asia.

Es cada vez más frecuente que los mercenarios y los criminales de guerra sean denunciados, procesados y perseguidos. Un funcionario del Estado de la República
Democrática del Congo fue procesado. Charles Taylor, de Liberia ha sido llevado ante el Tribunal Internacional.

La verdad es que África ha sido acusada durante demasiado tiempo por los medios de comunicación de todo lo que para la humanidad es repugnante; ha llegado el momento de «cambiar de marcha», y de decir la verdad sobre África con amor, impulsando el desarrollo del continente que llevará al bienestar de todo el mundo (21). ¡Los países del G8 y los países del mundo tienen que amar a África en la verdad! (22). Si bien generalmente se considera que ocupa el décimo puesto del ranking de la economía mundial, África representa el segundo mercado mundial emergente después de China. Por esta razón, es el continente de las oportunidades, como la ha definido la cumbre del G8 que acaba de concluir. Es preciso que esto también valga para los pueblos del continente. Se espera que el compromiso en favor de la reconciliación, la justicia y la paz, especialmente de los cristianos por sus raíces en el amor y la misericordia, restablezca la unidad de la Iglesia-Familia de Dios en el continente y que ésta, como sal de la tierra y luz del mundo, cure «los corazones humanos heridos, último refugio para las causas de todo lo que desestabiliza al continente africano» (23). De este modo, el continente y sus islas comprenderán las oportunidades y los dones que Dios les ha dado.

II. DE SER «FAMILIA DE DIOS (EVANGELIZADORES) A SIERVOS (MINISTROS=DIAKONOI) DE LA RECONCILIACIÓN, DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ»

Como se ha observado, cuando la I Asamblea Especial para África se reúne para considerar la evangelización en el continente y sus islas en los albores del Tercer Milenio de la fe cristiana, adopta la Iglesia-Familia de Dios como su principio guía para la evangelización de África (24). La imagen de la Iglesia-familia de Dios evoca valores tales como el cuidado de los demás, la solidaridad, el diálogo, la aceptación, la calidez en las relaciones. Pero también evoca las realidades socioculturales de la paternidad, la generación y la filiación, parentesco y fraternidad, así como las redes de relaciones generadas por estas realidades sociales en las que sus miembros se hallan.

Las relaciones construyen la vida de comunión de la familia; pero también plantean sus exigencias a los miembros, cuyo cumplimiento constituye su justicia y vuelve las relaciones armoniosas y pacíficas. Cuando, sin embargo, las exigencias de las relaciones no se cumplen, la justicia se infringe, las relaciones se rompen y la vida de comunión resulta herida, dañada y deteriorada.

El Instrumentum laboris observa esto y señala los muchos desafíos para la comunión y el orden social que la desatención hacia las justas exigencias de las relaciones provoca en el Continente. La restauración de la comunión y del justo orden en estos casos es lo que la reconciliación permite; y adopta la forma de restablecimiento de la justicia, que sólo devuelve la paz y la armonía a la Iglesia-Familia de Dios y a la familia de la sociedad.

Lo que sigue a continuación pretende contribuir a la discusión sinodal sobre dicho argumento, con el aporte de pequeños apoyos bíblicos a los términos del tema, considerando la raíz de dichos términos y su papel en las relaciones humanas (en la sociedad humana) y, primero y fundamental, en la relación de Dios con el Hombre (humanidad).

a. Siervos (diakonoi) de la reconciliación y del restablecimiento de la Justicia

En las Escrituras, la reconciliación es una iniciativa divina, un movimiento libre y gratuito, que Dios emprende hacia la Humanidad; y su propósito es reparar y restaurar la comunión que el pacto establece, pero que el pecado amenaza y destruye.

Las enseñanzas de san Pablo a la Iglesia Corintia en esta materia son muy instructivas: «Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!» (2Co 5,17-20).

La reconciliación, por tanto, es un acto divino que nosotros (la humanidad) experimentamos, y con cuya experiencia nos transformamos en instrumentos y embajadores.

Los Apóstoles y la experiencia de la reconciliación

Los Evangelios nos han presentado la vida y el ministerio de Jesús como la obra de salvación del Padre para la humanidad. Los discípulos de Jesús fueron los primeros en ser llamados a la experiencia de la oferta de salvación del Padre en Jesús; y ellos lo hicieron de varios modos, incluyendo el perdón y la reconciliación. El deseo de «paz» de Jesús a sus discípulos en la mañana de la Resurrección (Jn 20,19-21), por ejemplo, fue tanto para el perdón de su traición y su abandono de Jesús, como para la restauración de la amistad.

Jesús no pide la admisión de la culpa por parte de sus discípulos. No hay ninguna solicitud de perdón; y no se profiere ninguna excusa. Hay simplemente una benevolente disculpa de todas las desavenencias. En su lugar, otorga el perdón gratuito y una conciliadora promesa de paz.

La reconciliación aquí es un gesto libre e inmerecido de conciliación, que el ofendido (Jesús) dirige hacia los ofensores (discípulos). Encargados ahora de predicar el Evangelio hasta los confines de la tierra, los discípulos-apóstoles de Jesús llevan a cabo su misión como «evangelizadores que han sido evangelizados» y «embajadores de la reconciliación que han experimentado la reconciliación».

La experiencia de la reconciliación de Pablo

Más tarde, Pablo llega tras los discípulos-apóstoles de Jesús a predicar la misma oferta de salvación en Jesús. Pero habiendo recibido este encargo de predicar en la particular circunstancia de su encuentro con el Señor resucitado en la camino de Damasco, Pablo quiso además entender dicha salvación en Jesús por el Padre como un acto de reconciliación del Padre (25).

Porque, como quiso admitir: «a mí, que antes fui un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero encontré misericordia porque obré por ignorancia en mi infidelidad. Y la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí, juntamente con la fe y la caridad en Cristo Jesús» (1Tim 1,13-14).

Para Pablo, por tanto, la experiencia de la salvación fue también el paso de la hostilidad y la enemistad hacia Cristo y su Iglesia, a la fe en Cristo y la fraternidad con su Iglesia. Este paso de la enemistad a la fraternidad constituye la reconciliación; y es una experiencia inmerecida que sólo Dios lleva a cabo y por la que guía al hombre para que la realice. En esto, Pablo se considera a sí mismo como un ejemplo para aquéllos que deseen tardíamente llegar a la fe en Cristo (1Tim 1,16).

La reconciliación con Dios (vertical) y entre los seres humanos (horizontal)

En Jesús: en su vida y su ministerio, pero sobre todo, en su muerte y resurrección, Pablo ve a Dios Padre reconciliándose con el mundo (todas las cosas en el cielo y la tierra), sin tener en cuenta los pecados de la humanidad (2Co 5,19; Rm 5,10; Col 1,21-22). Pablo ve cómo Dios Padre reconcilia a judíos y gentiles consigo mismo en un solo cuerpo a través de la cruz (Ef 2,16). Pablo también ve a Dios reconciliar a judíos y gentiles, creando un hombre nuevo en lugar de dos (Ef 2, 15; 3,6).Así, la experiencia de la reconciliación establece una comunión en dos niveles: la comunión entre Dios y la humanidad; y a partir de la experiencia de reconciliación, nos convierte (a la huma
nidad reconciliada) en «embajadores de la reconciliación». Se restablece también la comunión entre los hombres.

La reconciliación entre Dios y la humanidad

La creación de la humanidad a imagen y semejanza de Dios, la elección de Israel como «parte y herencia de Dios», y la redención de la humanidad por Cristo, sellada por el Espíritu Santo (Ef 1,13; 4,30), presenta a la humanidad en comunión con Dios.

Cuando la humanidad está alejada de Dios y es ajena a Él a causa del pecado (desobediencia, idolatría, rechazo de Jesús), la reconciliación toma la forma del perdón; y esto es obra de Dios [26]. Es Dios quien inicia la reconciliación con Israel y la humanidad, pecadores y alejados de Dios, llevándoles de nuevo a Él (Sal 80,3, 7, 19; Os 11;14) «para ser nosotros alabanza de su gloria» (Ef 1,12) y «según Dios, en la justicia y santidad de la verdad» (Ef 4,30); y Jesús, «quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros» (2Co 5,21; Ga 3,13; Rm 8,5) es el sentido de nuestra reconciliación. En cualquier caso, es obra del amor de Dios.

La reconciliación con la familia humana

Refiriéndonos brevemente a la historia de Jesús y Zaqueo (Lc 19), nos damos cuenta de que ese encuentro entre Jesús y Zaqueo no sólo conduce a la conversión que estableció la comunión entre Zaqueo y el Señor. Ese encuentro llevó además a una conversión que restauró la relación de Zaqueo con su propia gente. En esta nueva relación, la visión de su gente cambia: son hermanos, que no deben ser ni explotados ni defraudados.

La reconciliación, por tanto, no se limita al acercamiento de la humanidad ajena y pecadora a Dios en Cristo, a través del perdón de los pecados y la falta de amor. También es la restauración de las relaciones entre la gente conciliando las diferencias y eliminando los obstáculos para una relación en la experiencia del amor de Dios. Éste es, de hecho, el distintivo de la reconciliación en el ministerio de Jesucristo. Por otra parte, las Escrituras atestiguan numerosas formas de reconciliación a través de diversos acuerdos (27), como:

– el ofensor admite su error y pide perdón, reconociendo que el ofendido tenía razón (era recto) (28);

– el ofensor niega su error, lo que da lugar a un arbitraje para determinar quién tiene razón;

– el ofendido perdona unilateralmente y desea el cese de las hostilidades, estableciendo la paz y la reconciliación.

En todos estos casos, la reconciliación, como paso de la hostilidad a la paz, de la separación a la comunión, no supone un sacrificio de los derechos; y no reemplaza a la justicia. Más bien, es el restablecimiento de la propia justicia y su fruto.

En fin, la reconciliación del hasta ahora alejado pueblo, adquiere la forma de judíos y gentiles caminando juntos como herederos del Reino (Ef 2,13-15). Puede tomar también la forma de miembros de una comunidad de culto que concilian sus diferencias y viven en paz unos con otros (1Co 3,3); o también, de una comunidad cuyos miembros olvidan las ofensas de los otros (Mt 18,15; Lc 17,3-4), sin albergar enfados y rencillas (Ef 4,26). A través del perdón, los miembros de la familia humana construyen una comunidad de reconciliados (Ef 2,16-19), cuyo perdón mutuo refleja el del Padre en el Cielo (Mt 6,12; Lc 11,4), que promueve nuestra reconciliación por Su amor y Su misericordia.

Una perspectiva para el Instrumentum laboris

He aquí una espiritualidad de la reconciliación que puede inspirar la discusión en el Instrumentum laboris, y que debe convertirse en una disposición a ser siervos de la reconciliación. Porque en la Iglesia, que es una familia en comunión, la reconciliación no es un estado o un acto, sino un proceso dinámico, una tarea que hay que emprender cada día, una meta a la que hay que aspirar, un infinito ponerse en camino para restablecer, mediante el amor y la misericordia, las amistades rotas, los lazos fraternos, la responsabilidad y la confianza. (29).

b. Siervos (diakonoi) de la justicia (rectitud)

El fruto de la reconciliación entre Dios y los hombres, y dentro de la familia humana (entre los hombres), como ya observamos, es la restauración de la justicia y de las legítimas exigencias de las relaciones. Es ética y religiosa a la vez; y está motivada por el amor y la misericordia.

Falsas formas de justicia

El concepto de justicia ha sido secularizado hasta significar:

– sencillamente la «ley del más fuerte»;

– un compromiso social para evitar un mal mayor; y

– la virtud de la imparcialidad en la aplicación general de la ley, sin ninguna referencia a la justicia natural (30).

La aparición del «espíritu del capitalismo» ha desposeído además al concepto de justicia de cualquier raíz trascendental (31). La ética económica, por ejemplo, era racionalista e individualista. Su concepto central era el beneficio; y estaba separada de las exigencias de solidaridad, del «ordo amoris» y de cualquier lazo con las éticas religiosas. Consecuentemente, la entera noción de justicia social fue eliminada; y la «justicia» se aplicó a las convenciones de los contratos negociados, en el marco de la ley de la oferta y la demanda, sin restricciones al individualismo empresarial. El Estado simplemente hacía respetar el orden público y el cumplimiento de los contratos, mientras permanecía rigurosamente neutral con respecto a su contenido (32).

En cambio, la justicia de la «diakonía» cristiana es el recto orden de las cosas y el cumplimiento de las legítimas exigencias de las relaciones. Es la justicia y la rectitud de Dios y Su Reino (Mt 6,33).

En el presente estado de pecado humano y de corazones heridos el Antiguo Testamento se muestra firme al considerar que la justicia no puede llegar al hombre a través de sus propias fuerzas, sino que es un don de Dios; y el Nuevo Testamento desarrolla este punto de vista mucho más plenamente, haciendo de la justicia la suprema revelación de la gracia salvífica de Dios.

El sentido de la «Rectitud del Reino» (33)

La rectitud o la justicia del Reino no es exactamente una justicia retributiva, aunque a veces sea este el sentido de su atribución a Dios (Ap 15,4; 19,2,11; 16, 5-6; Hb 6,10; 2Ts 1,6). Tampoco tiene el sentido de «conformidad a la norma o a un conjunto de normas». Al menos, no es su sentido primario; y nunca puede ser aplicado a Dios en tal sentido.

Presentada unas veces como tsedaqah y otras como tsedek, la justicia (rectitud) es el cumplimiento de las exigencias de las relaciones, sean éstas con Dios o entre los hombres [34]; y cuando Dios o el hombre cumple las condiciones impuestas por las propias relaciones, son, en términos bíblicos, «rectos» (tsadiq/dikaios).

Son tres los hechos fundamentales que cuentan en todas las relaciones existentes entre Dios y los hombres, o entre los hombres:

– la creación de la humanidad «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26-27), que hace del ser humano una criatura de Dios. El mismo acto de la creación da a todos los hombres un mismo origen y un común parentesco, lo que relaciona radicalmente a todos los miembros de la familia humana, unos con otros, como hermanos y hermanas [35];

– el pacto-elección de Israel, que hace de este pueblo el «primogénito de Dios», «su herencia», «una parte de Él». Y convierte a los hijos de Israel en «hermanos» (Dt 15,11,12);

– el nuevo pacto en la sangre de Cristo; por el que todos los seguidores de Cristo presentan el «sello del Espíritu Santo» (Ef 1,13-14), lo que los convierte en «templos del Espíritu Santo» y «morada de Dios».

Esto constituye la base de las relaciones entre Dios y la humanidad, en sus distintos momen
tos de la Historia; y son iniciativas de Dios y actos de Su amor. En este sentido, la rectitud es una radical y comprensiva justicia de carácter religioso, que requiere que la humanidad se someta a Dios en obediencia y fe, y que hace que cada pecado sea una «injuria», una injusticia e impiedad. También pretende que el hombre cumpla las justas exigencias de las relaciones que mantiene, en virtud de la creación y de la universal hermandad de los hombres, y de la salvación y de la común llamada a la santidad y a la filiación en Cristo.

La rectitud (justicia) basada en la Creación

La pregunta acerca del pago de los impuestos al César (Mt 22,15-22; Mc 12,13-17; Lc 20,20-26) da a Jesús la oportunidad de definir la relación básica entre Dios y el hombre como justicia (rectitud).

En la respuesta de Jesús, el denario pertenecía al César, porque llevaba su marca de propiedad, es decir, su imagen e inscripción. En justicia, la propiedad de la moneda por parte del César debía ser reconocida y defendida; así que «dad al César lo que es del César».

La segunda parte de la respuesta de Jesús se refiere al asunto más importante de lo que debe darse a Dios, es decir, aquellos que están hechos a su «imagen y semejanza», los seres humanos (Gn 1,26-27). La pertenencia de la humanidad a Dios, en virtud de su creación «a Su imagen y semejanza», es la base de la vida de comunión entre Dios y la humanidad; y toma la forma de la justicia: la humanidad devuelve a Dios lo que le debe. En las Escrituras, la humanidad da a Dios lo que le debe cuando «obedece la voz de Dios», «cree en Él», «Lo teme» y «Lo adora»; y cuando no lo hace, la humanidad necesita mostrarse arrepentida (Hch 17,30).

En correspondencia, el común parentesco de la humanidad (Hch 17,28-29) goza del «ordo amoris» de la solidaridad y la universal fraternidad, que se sustenta a su vez por la justicia en las relaciones.

La rectitud (justicia) basada en los pactos de Dios

Los diferentes pactos en el Antiguo Testamento establecen diversas relaciones entre Dios y:

– los individuos: Abraham (Gn 17,4), Isaac (Gn 17,19,21), Jacob (Ex 6,4), David (1Cro 21,7);

– los linajes y familias: Abraham (Gn 17,11), David (2 S 7); y

– el pueblo de Israel (Dt 4:12-13; Ex 19-20; 24:8; Lv 24:8, Is 24:5).

Algunos de los pactos del Antiguo Testamento también expresan algunas relaciones entre seres humanos: Isaac y Abimelec (Gn 26,28-29), Jacob y Laban (Gn 31,44), David y Jonatan (1S 20,16).

Los pactos establecían unas relaciones especiales que requerían unas exigencias a las partes. Mantener y defender las exigencias de una relación hacía que el grupo fuera justo y recto [36]; la justicia (rectitud) era la observancia de las exigencias de las relaciones, que aseguraba el compañerismo y la comunión, verticalmente, entre Dios y la humanidad, y horizontalmente, entre la gente. Los términos opuestos en la Biblia son «malvado» y «maldad» (rasha’); y denotan el mal cometido contra alguien con quien se mantiene una relación. Por tanto, el «malvado» destruye la comunidad (comunión) al fallar en el cumplimiento de las exigencias de las relaciones de la comunidad [37]. Los pactos entre Dios y los individuos y con el pueblo de Israel, representan las iniciativas de Dios, que conducen a los individuos, las familias y al pueblo a una especial relación, y pretenden de ellos que vivan las exigencias de esa relación con Dios y entre ellos mismos. Las exigencias de la relación eran, por una parte, la sumisión en la fe y la confianza en la oferta de Dios, expresada a veces mediante la ejecución de un sencillo rito de circuncisión (Gn 17,10-11), pero más frecuentemente mediante la Ley (Torah) de Dios (Ex 19,5; Dt 7,9; etc…). Por otra parte, los israelitas debían cumplir ciertos requisitos para con ellos mismos (justicia social) en virtud del pacto de relación con Dios.

Con sus muchos pecados e infracciones de las exigencias de los pactos de relación con Dios, Israel actuó injustamente (injuria) y se situó fuera de la relación. Ya no podía reclamar nada a Dios como socio del pacto. Si Dios lo siguió tratando como socio, fue porque Dios pasó por encima de la infracción, haciéndolo volver («¡Oh Dios, haznos volver!» Sal 80,3,7,19). Israel, por su parte, sólo podía confesar sus pecados y permitir que Dios lo trajera de vuelta. Éste era el argumento principal de Oseas y los profetas post-exílicos. La rectitud divina consistió entonces en su justificación de Israel: llevar de nuevo a Israel a la relación del pacto a pesar de sus faltas. Por otro lado, la rectitud de Israel consistió en confesar sus pecados, en reconocer sus faltas y en aceptar en la fe la oferta de la gracia de Dios de la salvación.

La rectitud (justicia) basada en el nuevo pacto en Cristo

Con este principio comenzó su ministerio Juan el Bautista; y su ministerio cumplió con la rectitud, en el sentido de que el arrepentimiento y la confesión de los pecados que aquélla conllevaba, fue el reconocimiento por parte de Israel (y de la humanidad) de su incapacidad para mantenerse fiel a las exigencias del pacto, su inmerecida experiencia, ninguna, del perdón y el favor justificadores de Dios, y el reconocimiento de que los actos de Dios proceden sólo del amor y la misericordia. Por tanto, cuando Jesús fue bautizado por Juan, se unió a la humanidad para proclamar todo lo que se ha dicho como justicia divina. ¡Aquí es donde Jesús ha cumplido con toda justicia!En Jesús y su ministerio se observan dos cosas:

– La revelación de la justicia como gracia justificadora de Dios que considera las justas exigencias de la relación del pacto y que reinstala a la humanidad que estaba fuera de la misericordia (38) y del amor en un pacto de relación. Porque «habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios» (Ef 2,8).

– La concesión del Espíritu de Jesús a la Iglesia y sus miembros, habilitándolos para responder a la justicia de Dios (rectitud) en la fe y convertirse en «Justicia de Dios en Cristo» (2Co 5,21), «justificando», a su vez, la misericordia y el amor (39): mirando más allá de los pecados e injurias, hacia sus derechos, relaciones socio-políticas, etc… y restaurando la comunión en la familia de Dios y en la familia de la sociedad.

Este sentido de la justicia y la rectitud sugiere que la llamada del Instrumentum laboris a ser siervos de la justicia es, en primer lugar y sobre todo, una llamada a una experiencia espiritual: la experiencia de la justificación de Dios (gracia justificadora) en la fe, y a su testimonio en la Iglesia y la sociedad, justificando a los demás. Pero ¿cómo se pueden sanar las heridas y las múltiples injurias con las que la gente vive en el continente y restaurar la comunión?

c. Siervos/Ministros (diakonoi) de la paz: El Catecismo de la Iglesia Católica repite las enseñanzas de san Agustín de que «la Paz es la tranquilidad del orden» (40). Sigue con la afirmación de que la misma «es necesaria para el respeto y el desarrollo de la vida humana» y que es «obra de la justicia y efecto de la caridad» [41].

La Paz como obra de la Justicia

La Justicia (Rectitud), como hemos observado más arriba, es un concepto de relación; y justo es quien cumple con las demandas que la relación en la que se encuentra les presenta.

En el caso de los impíos de Israel y de la humanidad caída (Rm 5, 6ss), a quien Dios ha justificado en Cristo, imputándoles su justicia (rectitud), consiste en el reconocimiento de su necesidad de la gracia justificadora de Dios y su sumisión a la fe. Ésta parece ser, precisamente, la actitud que predispone a la humanidad para la paz de Dios en el Evangelio. Porque cuando en el nacimiento de Jesús, el ángel anunció la llegad
a de la paz de Dios sobre la tierra, esto fue concedido sólo «a los hombres en quienes él se complace» (Lc 2, 14).

La «Paz» es concedida en la tierra «a los hombres en quienes Él se complace» (Lc 2, 14); y el sentido de la frase: «a los hombres en quienes Él se complace» es, según algunos autores, «alguien que recibirá la gracia de Dios y responde con la fe» (42). La interpretación de esta frase, como se podría recordar, coincide con el sentido de la «justicia» y la «rectitud» arriba mencionadas; y parecería entonces que los «justos (rectos)», como quienes están dispuestos a aceptar la obra de Dios en la fe, son además aquéllos en la tierra en quienes reposa la paz de Dios. Parecería, además, que éstos son los que experimentan la paz de Dios, quienes están dispuestos a construir la paz en la tierra, cumpliendo la solicitud de relación en las que se encuentran.

Se evidencia una estrecha relación entre paz y justicia (rectitud), que Isaías vislumbra (Is 32, 17), que el Salmista canta (Sal 85, 10) y que Pablo ve en cada cristiano que está en la recta vía (justificado) con Dios en Cristo: «Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo…» (Rm 5, 1). Así esta paz proviene del cielo. Es un don de Dios y está estrechamente relacionada con su justicia/rectitud. También en la tierra se revela como un don de Dios que viene de lo alto y es concedido igualmente al justo («en quienes Él se complace»).

La Paz como efecto de la Caridad (el amor de Dios en Cristo)

Como la «paz» se relacionó tan estrechamente con la alianza y con el vivir sus exigencias, cuando el pueblo de Dios rompió esta alianza, la «paz» también se desvaneció. Esto requirió de nuevo la intervención de Dios gracias a su amorosa misericordia para traer la «paz» a su pueblo; y fue en este sentido que las escrituras de Israel después del exilio, han comenzado a vislumbrar la «paz» traída por el castigo del siervo de Dios: «Él soportó el castigo que nos trae la paz» (Is 53, 5).

Jesucristo, en su misión y ministerio, completó la visión de los últimos profetas de Israel. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16); y al haber sido «entregado por nuestros pecados» (Rm 4, 25), el Hijo de Dios se convirtió en nuestra «paz». Entonces, si la «paz» viene de Dios (Ga 1,3, Ef 1, 2, Ap 2, 14) y es de Dios (Flp 4, 7, Col 3, 15, Rm) 15, 33), Cristo es esa «paz» (Ef 2, 14). Él es quien la anuncia y la establece (Ef 2, 17); y Él es la presencia de Dios, que trae la paz que el mundo no puede dar.

El sentido de la Paz de Cristo

La «Paz» no tiene sólo un sentido secular, esto es, la ausencia del conflicto (Gn 34, 21; Jos 9, 15; 10, 1-4; Lc 14, 32), la presencia de armonía en el hogar y en la familia (Is 38,17; Sal 37, 11; 1 Co 7, 15; Mt 10,34; Lc 12, 51), la seguridad y la prosperidad individuales y colectivas (nacional) (Lc 18, 6; 2 R 20, 19, Is 32, 18). La «Paz» no existe sólo cuando «una comunidad humana alcanza el respeto de los derechos ajenos y cumple sus propias obligaciones» (43) y no es sólo el resultado de trabajar para la justicia (44). La «Paz» trasciende, esencialmente, el mundo y los esfuerzos humanos (45). Es un don de Dios (Is 45, 7, Nm 6, 26) donada a los «rectos/ justos».

Expresada generalmente como «shalom» (Antiguo Testamento) y «eirēnē»(LXX y Nuevo Testamento), cualquier forma de «paz», es un todo determinado por Dios y donado a aquéllos «en quienes él se complace», a saber, los justos y rectos.

Así, cuando Jesús perdonó al pecador (Lc 7, 50) y sanó a los enfermos (Mc 5, 34), los despidió «en paz»: «id en paz». «Id en paz» no fue solamente una simple bendición de despedida sino la donación del «shalom». Quien fue perdonado y sanado no fue curado solamente en relación a la salud de su cuerpo, sino también fue puesto en paz con Dios por medio de su fe y totalmente sanado ante Dios y la comunidad (46).

Éste es también el sentido del saludo de «paz» de Jesús a sus discípulos en la mañana de la resurrección (Jn 20, 19-21). Fue el perdón de su traición a Jesús y también la renovación de la amistad. Jesús no necesitaba la admisión de la culpabilidad por parte de sus discípulos. No había una solicitud de perdón, ninguna disculpa fue pronunciada. Hubo simplemente un pasar por alto todas las faltas. En su lugar se dio un perdón gratuito y un saludo conciliatorio de «paz».

La «paz» de Jesús es nuestra paz, por la que Él soportó nuestros castigos (Is 53, 5). Es el restablecimiento gratuito e inmerecido de la totalidad, así como la comunión con Dios y con los hombres; y es recibida por todos quienes la acogen como gracia de Dios y responden con la fe, es decir, «en quienes Él se complace» (los justos, los rectos).

Pablo exhorta a sus comunidades cristianas a perseguir la paz como rectos portadores de la paz de Jesucristo en la tierra (Rm 14, 19; Ef 4, 3; Hb 12, 14) y a vivir en paz los unos con los otros (Rm 12, 18; 2 Cor 13, 11), como el Instrumentum laboris desea que realice la Iglesia en África. Pero también como rectos portadores de la paz de Jesucristo en la tierra necesitamos recordar, como ya lo hicimos con la «justicia», que la «paz» es una acto que va más allá de la justicia en sentido estricto y requiere amor [47]. Ésta deriva de la comunión con Dios, y está orientada hacia el bienestar del hombre (humanidad).

De esta manera, al invitar a la Iglesia en África y sus islas a ser «ministros (siervos) de reconciliación, justicia y paz», siguiendo la invitación del primer Sínodo de la Iglesia a vivir en comunión con la Iglesia-Familia de Dios, el segundo Sínodo invita la Iglesia a hacer experiencia de aquellas virtudes que establecen nuestra comunión con Dios, y a dar testimonio y vivir las mismas, a saber, la reconciliación, la justicia y la paz, a través del amor y la misericordia en el continente.

Las implicaciones de este ministerio son las que (como temas) el Sínodo ahora explica con la simbología de la sal y la luz: sal de la tierra y luz del mundo.

III. DE SER «TESTIGOS DE CRISTO» (Ac 1,8) A SER «SAL DE LA TIERRA Y «LUZ DEL MUNDO» (Mt 5,13, 14)

Al recoger los frutos del primer Sínodo en Ecclesia in Africa, el Papa Juan Pablo II alabó el hecho de «dar testimonio»como un elemento esencial de la cooperación misionera, y recordó a la Iglesia de África que Cristo no sólo desafía a sus discípulos en África a que den testimonio de Él, sino que les otorga el mismo mandato que dio a sus apóstoles el día de su Ascensión: «Vosotros seréis mis testigos» (Hch 1, 8) en África (48).

De esta manera, comparando a los discípulos de Cristo en África con la sal y la luz, el Santo Padre dijo: «En nuestros días, en el marco de una sociedad pluralista, es sobre todo gracias al compromiso de los católicos en la vida pública como la Iglesia puede ejercer una influencia positiva. Se espera de los católicos, sean profesionales o profesores, empresarios o funcionarios, agentes de seguridad o políticos, que den testimonio de bondad, verdad, justicia y amor de Dios en sus actividades cotidianas. La tarea del fiel laico consiste en ser la sal de la tierra y la luz del mundo y, sobre todo, en los lugares donde sólo él puede hacer presente a la Iglesia» (49).

«Sal de la tierra» y «luz del mundo» son, entonces, las imágenes/metáforas a través de las cuales el Papa representó su visión de las actividades misioneras de la Iglesia en África y sus islas. Este Sínodo invita ahora a la Iglesia en África a entender su interpretación de los servicios de reconciliación, justicia y paz en el continente, como el ser la «sal de la tierra» y la «luz del mundo».

Siervos (diakonoi) de la Reconciliación, Justicia y Paz como «sal de la tierra»

La metáfora «sal» que Jesús utiliza en los Evangelios sinópticos (Mt 5, 13; Mc 9, 50; Lc 14,34) para describir la particularidad de la vida de sus discípulos es polisémico. Tiene muchos significados. Por ejemplo, como el «Mar muerto» fue llamado también «Mar de la sal» (Gn 14,3) por quienes vivían cerca del «Mar muerto», «sal» puede significar «muerte» (cfr. Gn 19, 26). Dios, el Señor de la vida, no obstante, curará las aguas del «Mar de la sal»con las aguas del templo y les dará vida (Ez 47). En otro sentido, la sal tiene el poder de conservar. Sazona y conserva los alimentos (Jb 6,6; Mt 5, 13; Lc 14, 34) y, correlativamente, como en el caso de la purificación de Eliseo de las aguas en Jericó (2 R 2:19-22), la sal tiene, por último, un poder purificador.

El uso de la sal marina para sellar la amistad y los pactos en el mundo del Antiguo Testamento (Esd 4,14) parece subrayar el uso por parte de Dios del simbolismo para expresar la permanencia y la estabilidad de las disposiciones referidas al sustento de los sacerdotes en el Antiguo Testamento: «Alianza de sal es ésta, para siempre, delante de Yahvé …» (Num 18,19). El uso de la sal en los pactos puede también ser destacada en la invitación de Jesús a sus discípulos a «tened sal en vosotros y tened paz unos con otros» (Mc 9,50), a saber, para cumplir la lealtad mutua de las pactos y para vivir en paz.

La sal, sin embargo, también simboliza la «sabiduría» y la «fuerza moral» y esto da valor a las cosas. Esto es lo que sucede, por ejemplo, cuando la sal es utilizada para fertilizar la tierra.

Por consiguiente, cuando Jesús se refiere a sus discípulos como «sal de la tierra»y cuando el Sínodo exhorta a la Iglesia en África para ser «servidores de la reconciliación, de la justicia y de la paz» como «sal de la tierra», ambos, es decir Jesús y el Sínodo, hacen uso de un símbolo polivalente para expresar las diferentes tareas y necesidades del ser discípulos y ser Iglesia (familia de Dios) en África. Por eso, como en el caso de los profetas, el rechazo de la Iglesia y de su Evangelio equivale a expresar un juicio y a transformar la tierra en una «tierra salina» (Dt 29,23; Jr 17,6; Sal 107,34).

En el Continente, parte del cual vive bajo la sombra de los conflictos y de la muerte, la Iglesia debería sembrar semillas de vida, a través de iniciativas que generen vida. Ésta debe preservar el Continente y su gente de los efectos destructivos del odio, la violencia, la injusticia y el etnocentrismo. La Iglesia debería purificar y sanar las mentes y los corazones de los comportamientos corruptos y malvados; y aplicar el mensaje de vida del Evangelio para mantener vivos el continente y su gente, manteniéndoles en el camino de la virtud y los valores evangélicos, tales como la reconciliación, la justicia y la paz (50). Pero lo más importante, el símbolo de la «sal» invita a la Iglesia-Familia de Dios en África a aceptar y a consumirse en sí misma (disolverse) por la vida del continente y de su gente.

Siervos (diakonoi) de la Reconciliación, la Justicia y la Paz, como «luz del mundo»

La referencia a los discípulos como «luz del mundo» significa recurrir a una imagen cuyos orígenes se encuentran en el Antiguo Testamento, como atributo y misión de Sión, la ciudad en la colina. Por consiguiente, el Siervo-Mesías será llamado a asumir esta imagen como una vocación; y en Jesús ésta hallará su cumplimiento. Jesús, pues, como «luz del mundo», de hecho, como «la verdadera luz que ilumina a todos»(Jn 1,9), hará también de sus discípulos la «luz del mundo».

Sión, la ciudad en la colina y Luz de las naciones

Sión era la montaña de la casa del Señor (Is 2,2); y era la morada del Arca de la Alianza (2S 6; 1Re 8, 20-21) y del Nombre del Señor. El Arca de la Alianza contenía las tablas de la Ley de Dios, y la Ley era "una lámpara, y sus enseñanzas una luz» (Pr 6,23; Sal 19,8; 119, 105; Ba 4, 2).

El nombre de Dios, no obstante, representa la «presencia Divina»; y la luz de la presencia de Dios remite a su poder salvador y a sus actos ((Is 10, 17; Sal 27, 36:9) para salvar a Jerusalén y a su pueblo [51]. Así, en consideración a su posesión de la luz del conocimiento de la Ley y la luz de la Salvación de Dios, Jerusalén se convierte en luz para las naciones y los reyes (52).

La experiencia de Sión se transforma en la vocación del Siervo-Mesías

En Isaías, la experiencia de Jerusalén, «Luz de naciones y reyes», se presenta como la vocación de la figura del siervo. El siervo de Yahvé, dotado con el Espíritu de Yahvé para llevar la Justicia a las naciones (Is 42,1; 51,4), es ofrecido también como alianza con el Pueblo y «Luz de las naciones» (Is 42,6; 49,8; y ss.). Su llamada a ser «Luz de las naciones» implica su propia experiencia de la Salvación de Yaveh (Is 49,7), y esto permitió que la salvación llegase hasta los confines de la Tierra. En estos pasajes referidos al siervo, la «luz» es el conocimiento de la Ley y de la salvación de Dios; y es un don destinado a alcanzar a todos los pueblos.

Jesús cumple la vocación del Siervo-Mesías

La figura del Siervo-Mesías se cumple en Jesús (Mt 4,16 cita a Is 9,2) y alude a la estrella durante el nacimiento de Jesús para subrayar el cumplimiento y la continuación, en Jesús, del simbolismo revelador y salvífico de la luz en el Antiguo Testamento. Jesús es la «Luz de la Salvación de Dios (Jn 1,5; 3:19, 8:12; 12:46); y es la «Luz de la Palabra/la Ley/la Sabiduría de Dios» (Jn 1,4; 9,5; 12,36, 46). Jesús es la «Luz del Mundo» (Lc 2,32; Jn 1,9) y murió y resucitó para «anunciar la luz al pueblo y a los gentiles» (Hch 26,23).

Los discípulos de Jesús y los cristianos como luz del mundo

Puesto que la referencia a los discípulos como «luz del mundo» no es otra cosa sino Jesús haciendo de sus discípulos su extensión y representación en el mundo, «vosotros sois la luz del mundo» expresa, entonces, la elevada vocación de los discípulos de Jesús: una llamada a cumplir, en Cristo, la vocación de Israel en el Antiguo Testamento de ser testigo de la luz del conocimiento de la Ley de Dios (Evangelios) y de Su salvación en el mundo.

Esta noble vocación de los seguidores de Jesús es también lo que el Sínodo propone para la Iglesia en África; y ella comienza con la llamada (bautismal), que hace de ellos un «linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquél que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz» (1P 2,9). Respondiendo a la llamada, se rinden ante la iluminación de la Palabra de verdad (Ef 1,17 y ss.), la luz del Evangelio de la Salvación (2Co 4,4) y su llamada al arrepentimiento. El resultado de la vida como discípulos los convierte en «luz en el Señor. [Vivid como] hijos de la luz» (Ef 5,8), «hijos de la luz e hijos del día» (1Ts 5,5; Rm 13, 12). «Pues el mismo Dios que dijo: de las tinieblas brille la luz, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2Co 4,6). Ello conduce a la fe en Jesús y a sellar la promesa del Espíritu Santo (Ef 1, 13) para vivir una vida sin mancha; porque «el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad» (Ef 5,9).

Conclusión: ¿Qué tierra? ¿Qué mundo?

En tiempos de Jesús, la tierra y el mundo para los que los discípulos debían ser «sal» y «luz», eran la tierra y el mundo fuera del círculo de los doce, «ese fuera» al que «todo se le presenta en parábolas» (Mc 4,11).

En este Sínodo, la tierra y el mundo, para los cuales los católicos del continente y sus islas deben ser «sal» y «luz», como «siervos de reconciliación, justicia, y paz», son
el África de nuestros días, como se describe en el Instrumentum laboris y se esboza más arriba (53). Es así como Jesucristo, después de revelarse a sí mismo a través de las Escrituras como nuestra reconciliación, justicia y paz, ahora llama y encarga a sus discípulos en África y sus islas para que se dediquen a ellos mismos, como sal y luz, que construyan la Iglesia de África como una verdadera familia de Dios, a través del ministerio de la reconciliación, la justicia y la paz ejercidos en el amor, a semejanza de su maestro.

NOTAS

(1) Juan Pablo II, Discurso en la Catedral de Cristo Rey (17 de septiembre de 1995), Johanesburgo (Sudáfrica): «Aquí, en Johanesburgo, Sudáfrica, junto a toda la Iglesia nos hemos reunido en esta parte sur del Continente, para promulgar la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa, que contiene las propuestas realizadas por los Padres sinodales al concluir la sesión de trabajo realizada en Roma en los meses de abril y mayo de 1994. Con la autoridad apostólica propia del Sucesor de Pedro, presento a toda la Iglesia de Dios en África y en Madagascar los discernimientos, las reflexiones y las resoluciones del Sínodo».

(2) Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Ecclesia in Africa, nº 13.

(3) Cfr. Juan Pablo II, A los participantes en la reunión del Consejo post-sinodal de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos para la Asamblea Especial para África (15 de junio de 2004).

(4) Primera Asamblea Especial para África, Instrumentum Laboris, 1993, nº 1. El mismo documento: “Parece haber llegado la hora de África, una hora favorable que llama a todos los mensajeros de Cristo a recoger frutos abundantes para Cristo”. Instrumentum Laboris 1993, nº 24.

(5) Ibidem, nºs. 22-24. “Signos de los tiempos” se refiere al contexto africano en el que se debe proclamar el Evangelio.

(6) Cfr. Las heroicas vidas de los mártires y santos africanos, por una parte, y las heroicas vidas y las luchas por la independencia de los africanos en el África post colonial, Sudáfrica, Sudán, etc… por otra.

(7) Cfr. Juan Pablo II, Discurso con ocasión de la reunión del Consejo post-sinodal de la Secretaría General [15 de junio de 2004).

(8) Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Ecclesia in Africa, nºs. 13-14, 39-42; Segunda Asamblea Especial para África, Lineamenta, nºs 6-8.

(9) Segunda Asamblea Especial para África, Lineamenta, Prefacio.

(10) Esto es lo que el Instrumentum Laboris refiere a propósito de “una continuidad dinámica” y se ilustra bastante en los números 14-20.

(11) Cfr. Juan Pablo II, Carta al Arzobispo Eterovic con ocasión de la reunión del Consejo Especial para África de la Secretaría general del Sínodo de los Obispos (23 de febrero de 2005).

(12) Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Ecclesia in Africa, nº 4

(13) Cfr. Ibidem, nºs. 2 – 5 Por ello el SECAM. “se preocupó por buscar medios y vías para llevar a buen fin el proyecto de este encuentro continental. Se consultó a las Conferencias Episcopales y a cada obispo de África y Madagascar, después de lo cual pude convocar una Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos” (Ecclesia in Africa nº 5).

(14) Segunda Asamblea Especial para África, Instrumentum Laboris, nºs. 21-23.

(15) Nana Akuffo-Addo, Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Ghana (2001-2008) en la cumbre de la Unión Africana Pres. Kikwete de Tanzania dijo que “…ya existen en África dirigentes fuertes, preparados para salir adelante; y deseamos estar a su lado” (Fraternité Matin, viernes, 10/07/09).

(16) NEPAD significa “Nueva Hermandad Económica para el Desarrollo de África” (New Economic Partnership for African Development). Requiere que exista respeto por los gobiernos democráticos y que no se toleran los golpes de estado. Está el sistema del “Peer Review Mechanism”, para someter a investigación el rendimiento de los gobiernos. Ciertamente, el ritmo de trabajo del African Union Parliament y la puesta en marcha de los requisitos del NEPAD por parte de los estados miembros ha sido criticado últimamente por su lentitud.

(17) La “Lomé Culture” es el nombre que recibe el conjunto de acuerdos de cooperación para el desarrollo entre los países de la Comunidad Económica Europea y sus antiguas colonias. Comenzó en 1957 con los Tratados de Roma, que establecieron la CEE. Los “Lomé” del I al IV, se ocupan de las ayudas a través de un acuerdo entre la CEE y 46 países ACP (respeto por los Derechos Humanos, principios democráticos y función de la Ley). El Acuerdo “Yaoundé” fue firmado en 1975 entre los países de la CEE y la ACP para ayudar con infraestructuras de desarrollo en los países francófonos. El Acuerdo “Cotonou” se firmó en 2000 entre la CEE y 77 países de la ACP por otros veinte años. Se ocupaba de la reducción de la pobreza, el desarrollo sostenible y la progresiva integración de las economías de la ACP en la economía mundial.

(18) Los objetivos primarios del NEPAD son: erradicar la pobreza, poner a los países africanos en las vías de un crecimiento y un desarrollo sostenibles, frenar la marginación de África en el proceso de globalización, y acelerar el acceso al poder de las mujeres.

(19) ”La cooperación significa desarrollar una visión conjunta con la gente de África: la visión de un África moderna e independiente, en la cual, hombres y mujeres africanos, confiando en sí mismos, determinen su propia vida, su propio futuro, y tracen su propio camino para un desarrollo sostenible y democrático. Sólo los estímulos y los esfuerzos procedentes del interior de la propia África pueden conducir al éxito.” (Ponencia del Dr. Uschi Eid, Secretario de Estado Parlamentario en el Ministerio Federal para la Cooperación económica y el Desarrollo de Alemania, en el TICAD III [Tokyo International Conference of African Development], Tokyo, 2003).

(20) Barack Obama hizo la misma precisión a los líderes de África en el discurso que dirigió al Parlamento de Ghana durante su visita al país el pasado mes de julio.

(21) En 2003, cuando el Presidente Clinton visitó Ghana, el Herald Tribune escribió: “Hemos dicho ya que Clinton está cambiando el modo de pensar de los americanos hacia África, de Continente desesperado a tierra de oportunidades y esperanza”.

(22) Cfr, Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in Veritate, Vaticano 2009.

(23) Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal Reconciliatio et Poenitentia, nº 2.

(24) Cfr. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Ecclesia in Africa, nº 63.

(25) Cfr. La confesión de Pablo: “Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba,
y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres… Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo” (Ga 1,13, 16).

(26) En este sentido, Dios es como el pastor que busca la oveja perdida; como la mujer que busca la moneda perdida; como el padre cuyo amor provoca el retorno del hijo pródigo (Lc 15). Es como Jesús cuando encuentra a Zaqueo en el sicómoro y lo llama (Lc 19,5).

(27) Cfr. Pietro Bovati, Ristabilire la Giustizia, Analecta Biblica 110, PIB Roma, 1986.

(28) A veces, la petición de satisfacción provoca e implica un gesto concreto, como el reconocimiento de la existenci
a de derechos, cuya negación o abuso ha precipitado la situación de conflictos y hostilidad (Cfr. Abraham y Abimelec en Gn 21,25-34).

(29) En este sentido, hay factores que favorecen la reconciliación, y que los siervos de la reconciliación deben propugnar; y hay también factores que pueden impedir la reconciliación y que los siervos de la reconciliación deben evitar: Factores que la obstaculizan: la impiedad y el desprecio de la relación con Dios; la negación de los derechos de los demás, el engaño y los prejuicios, la hipocresía y la paz aparente, el interés selectivo, el silencio de la complicidad y el fracaso de las estructuras del estado.

(30) Sacramentum Mundi 3, 235.

(31) Cfr. Pablo VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, nº 26.

(32) Sacramentum Mundi 3, 236.

(33) Cfr. The Interpreter’s Dictionary of the Bible, vol. 85-88, 91-99.

(34) La “justicia”, en cualquier forma que se manifieste, tiene el sentido básico de todo lo que es debido a una persona en virtud de su dignidad y su vocación en la comunión con las personas (Cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 3, 63).

(35) Esto, por inciso, es también la base del imperativo fundamental que impone el positivo respeto de la dignidad y los derechos de los demás, así como una contribución solidaria al encuentro de sus necesidades (Cfr. Gaudium et Spes, nºs 23-32, 63-72; Papa Juan XXIII, Encíclica Mater et Magistra). La común filiación de la humanidad exige que los hombres sean rectos, actuando según la voluntad de Dios, unidos en la solidaridad por el amor de Dios, como amor del Padre.

(36) Así, Tamar era más justa que su suegro, porque él no cumplía con las costumbres de su familia (Gn 38,26), David no mataría a Saúl, “pues él es el ungido del Señor” (1S 24,11) y un “padre” para él (1S 24,17). Cuando una relación cambia, también cambian sus exigencias. Quien cuida a los huérfanos y las viudas y los defiende, ese es recto (Jb 29,12,16; Os 2,19). Uno que trata a sus siervos con humanidad, que vive en paz con los vecinos, que habla bien de los demás, es justo/recto (Jb 31,1-13; Pr 29,2; Is 35,15; Sal 52,3…). La Justicia/Rectitud como un comportamiento que incumbe a los miembros de la comunidad, a veces es salvaguardada y reforzada por los jueces cuando dictan sentencia en el tribunal. Éste es el sentido “forense” de justicia. Así pues, tanto Dios como el Rey desempeñan el papel de jueces (Dt 25,1; Re 8,32; Ex 23,6 y ss; Sal 9,4; 50,6; 96,13). La rectitud de los juicios devuelve a la comunidad su salud; y en este sentido el juicio y el gobierno justos se consideran atributos del Mesías-Rey.

(37) El “malvado” (רשע) es el que ejerce la fuerza y la falsedad, ignora sus deberes hacia la familia y pasa por encima de los pactos, pisoteando los derechos de los demás (The Interpreter’s Dictionary of the Bible, vol. 4, 81).

(38) Juan Pablo II define “misericordia” como “una potencia especial del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido”, Cfr. Dives in Misericordia, nº 4.3.

(39) Por eso, Juan Pablo II enseña que en las relaciones entre los individuos y grupos sociales, etc., “ no es suficiente la justicia por sí sola”. Es necesaria “esa forma más profunda que es el amor”(cfr. Dives in Misericordia, nº 12).

(40) Catecismo de la Iglesia Católica, 2304. Véase también, Gaudium et Spes, nº 78.

(41) Ibidem.

(42) “En todo el Evangelio de Lucas, la “paz en la tierra” llega a los marginados, a los discípulos, a los extranjeros, a cualquiera que desee recibir la Gracia de Dios y responder con la fe” (Cfr. Dictionary of Jesus and the Gospels, ed. Joel B. Green et alii, Inter Varsity Press, 1992, p. 605).

(43) Juan XXIII, Carta Encíclica Pacem in Terris, nº 174.

(44) Gaudium et Spes, nº 84

(45) Aunque sea una tarea, algo por lo que hay que trabajar, la paz es un don de Dios, algo que nuestra paz terrena sólo puede anticipar pálidamente.

(46) En el caso de la mujer con hemorragias (Mc 5,24-34), por ejemplo, Jesús no sólo curó su impureza religiosa y social (la pérdida de sangre), sino que reveló el secreto de la mujer e hizo pública su fe y su curación (Mc 5,34; 2,5; 10,52) y pureza. Su purificación representa el regreso de la mujer a la salud, a su comunidad y al Dios de su fe.

(47) Gaudium et Spes, nº 78.

(48) Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Ecclesia in Africa, nº 86.

(49) Ibidem, nº 108.

(50) Cfr. SECAM, Seminario sobre el Sínodo, Abidjan, Costa de Marfil, 2009: Carrefour Groupe nº III.

(51) La gran restauración y justificación de Jerusalén por parte de Dios fue descrita por Isaías como el regreso de la luz de Dios: “No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto” (Is 60,19-20).

(52) El Testamento de Leví extiende la luz de Jerusalén a sus hijos, los israelitas, y les exhorta diciendo: “Sed la luz de Israel, más puros que todos los gentiles… ¿Qué harían los gentiles si fuerais oscurecidos por la transgresión?” (14, 3).

(53) Cfr. pp. 21-26 del presente texto.

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ZENIT Staff

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