Relación para la discusión general

Decimocuarta Congregación General, tarde del martes 13 de octubre

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CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 14 de octubre de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la Relatio post disceptationem (Relación después de la Discusión) del cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, arzobispo de Cape Coast (Ghana), durante la Decimocuarta Congregación General de la Asamblea del Sínodo, ayer martes 13 de octubre por la tarde.

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INTRODUCCIÓN

La Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos ofrece la singular oportunidad de profundizar en la comprensión de la Iglesia como Familia de Dios y para reflexionar acerca de su misión continua en África y sus Islas. En este sentido, sería deseable que, al referirse a la Iglesia en África en el tema de este Sínodo, se lea como la «Iglesia Familia de Dios en África.

Cuando, en su apostólico discernimiento, el Siervo de Dios Juan Pablo II reconoció que había llegado el tiempo de pasar de poner en práctica el “Ecclesia in Africa” a convocar la Segunda Asamblea para África, se refirió una vez más a las «luces y sombras» del Continente y sus Islas, para exhortar al Continente a un esfuerzo colaborativo y a reforzar su fe en Cristo. «…África -dijo- se enfrenta siempre a terribles azotes, como los conflictos armados, la persistente pobreza, las enfermedades y sus devastadoras consecuencias, empezando por el drama social del SIDA, la extendida inseguridad y, últimamente, la corrupción existente en muchas regiones. Todo esto debilita África y agota sus energías, diezma a las jóvenes generaciones e hipoteca su futuro. Para construir una sociedad próspera y estable, África necesita de todos sus hijos para reunir fuerzas… ¡Que las futuras Asambleas para África del Sínodo de los Obispos puedan alentar el fortalecimiento de la fe en Cristo, nuestro Salvador, nuestra genuina reconciliación![1]

Son estas «futuras Asambleas Especiales para África» las que agradecemos a Su Santidad, el Papa Benedicto XVI, quien graciosamente ha confirmado el proyecto de su predecesor y formulado el tema para el mismo.[2]

Calculando las instancias y reflexiones de estas «luces y sombras», como ha sido expresado por los Padres Sinodales, debemos considerarlas desafíos y oportunidades para la conversión, a la luz de nuestra fe en Cristo, a quien el Sínodo llamó «nuestra esperanza y nuestra resurrección». La transformación de estas «luces y sombras» en Cristo, nos permitirá llegar a un fortalecimiento de nuestra vida en Cristo, nuestro salvador, nuestra reconciliación, nuestra justicia y nuestra paz (Instrumentum Laboris nº 46).

REUNIDOS DE NUEVO EN UNA ASAMBLEA ESPECIAL PARA ÁFRICA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

Está claro que la mayor parte de los participantes de nuestra Asamblea son africanos o están relacionados con África; pero ello no debe restar méritos o disminuir el universalmente verdadero carácter eclesial de nuestra reunión ni de este ejercicio colegial. Es un ejercicio de comunión eclesial; y nuestra Asamblea recuerda esto muy pocas veces. Así que éste, como todo Sínodo, celebra el estrecho lazo o la unión entre el Sumo Pontífice y los Obispos, asiste al Obispo de Roma en su misión universal y, junto al Santo Padre, estudia y reflexiona acerca de los problemas y asuntos que atañen a las actividades de la Iglesia en el mundo. Así, orando cada uno con el Santo Padre y los Padres Sinodales y expresando sus puntos de vista o lo que echa en falta, pero unidos en pensamiento y oración con la Asamblea Sinodal, es la Iglesia Universal la que se reúne en el Sínodo acerca de su presencia en África (Iglesia en África). Este es un ejercicio de la universal Familia de Dios y del Cuerpo Místico… perteneciendo juntos y compartiendo una común fe en Cristo. Es, por lo tanto, no sólo un asunto y una Asamblea africanos, con participantes no africanos. Es más bien un discernimiento de la Iglesia Universal sobre cómo mantener sano el enorme pulmón espiritual de África para toda la humanidad (Homilía del Papa), en cumplimiento de su misión como sal y luz.

OTRAS ESTRUCTURAS DE COMUNIÓN ECLESIAL

Derivado de la naturaleza del “Sínodo” como «ejercicio de comunión eclesial», los Padres Sinodales han observado y subrayado la necesidad de la unidad de los Obispos (Instrumentum Laboris nº 110), viviendo en comunión eclesial, y de ser testimonio de la misma en las diferentes formas y órganos del ministerio colaborativo. A este respecto, muchos de los Padres Sinodales han mencionado la SECAM, así como la necesidad de pastores del propio Continente para colaborar con dicho órgano, cuyos predecesores fundaron hace cuarenta años para promover la «Evangelización en co-responsabilidad». El CELAM, la FABC, y la CCEE miran hacia delante para establecer y perpetuar los lazos con la SECAM, así como con la USCBC, etc…

De la SECAM se espera que introduzca un observador en la Unión Africana y las Conferencias Regionales, así como en los Parlamentos regional y nacional, como en Sudáfrica.

Un testimonio actual de este deseo de ser testigos y de vivir en comunión eclesial, es la decisión de la hasta la fecha definida como Conferencia Episcopal Regional de Angloparlantes del África Occidental (AECAWA) y la de Francófonos del África Occidental (CERAO) para formar una única Conferencia Episcopal Regional (RECOWA/CERAO).

En la misma línea, los Institutos de Vida Consagrada han confirmado su necesidad de vivir en comunión, y en sus varios cuerpos agregados (ej. MAC, COSMAM etc…), de explorar vías de colaboración en el ministerio dentro de las Iglesias continentales, nacionales y regionales.

LA CELEBRACIÓN DE LA SEGUNDA ASAMBLEA: ¿AFLICCIONES O DESAFÍOS?

Muchos cambios positivos han sido registrados tanto en la Iglesia como en el conjunto de la sociedad africana desde la Primera Asamblea Especial para África. Algunos de esos cambios positivos son directamente atribuibles a los efectos del Sínodo. No obstante, hay aún muchas sombras dentro de la Iglesia y la Sociedad, quince años después de la conclusión de la Primera Asamblea, que fue por lo demás descrita como «El Sínodo de la Resurrección y la Esperanza», y de la que se esperaba marcase un punto de inflexión en la Historia del Continente[3].

Los Padres Sinodales han citado muchas instancias y reflexiones acerca de estas «sombras» en las diversas sesiones de esta Asamblea. Así, en

Las Iglesias locales:

Los Padres Sinodales han reconocido cándidamente la insuficiente apreciación del papel de la mujer y la juventud en sus comunidades locales, y su pobre formación en la fe. Los políticos y otros servidores civiles no siempre han gozado del acompañamiento y la formación que los hubiera capacitado para testimoniar adecuadamente su fe, en la vida y en el trabajo. El uso de los medios de comunicación debe desarrollarse más allá de las estaciones de radio locales. El testimonio de la Iglesia se ve a veces comprometido por la dificultad que algunos agentes pastorales encuentran en ser fieles a sus votos, vocaciones y estados de vida.

La Esfera Socio-Cultural:

Los Padres Sinodales tienen mucho que deplorar de la Sociedad Africana. Más allá de la sola mención del nomadismo y de los conflictos por el agua y zonas de pastos, mucha de la infelicidad de los Padres Sinodales se debe a las tendencias emergentes en dicha sociedad, que son divergentes e incluso opuestas a los valores tradicionales y tienen un cuestionable carácter y contenido moral.

Esto ha provocado la sugerencia de que, en lugar de «conflicto de culturas», el Sínodo debería más bien considerar la experiencia como un «encuentro entre culturas». Aparte de que la mayoría de las observaciones eran acerca de agentes sociales.

Muchos Padres Sinodales lamentan el destino de la
familia en África, la «destrucción de una auténtica idea de matrimonio y la noción de una familia sólida» (Instrumentum Laboris nº 31), y consideran la institución bajo seria amenaza de inestabilidad y disolución a causa de la pobreza, los conflictos, las creencias y prácticas tradicionales (brujería) y las enfermedades, principalmente la malaria y el VIH SIDA. Estos son informes procedentes de iniciativas de liberación de las mujeres de las prácticas culturales negativas.

Pero los Padres Sinodales describen también de varias formas el feroz ataque a la familia y la afín institución fundamental del matrimonio, venido desde fuera de África y atribuible a diversas fuentes: ideológica (ideología de género, nueva ética sexual global, ingeniería genética) y clínica (contracepción: planificación familiar y educación en salud sexual, esterilización), y emergentes estilos de vida «alternativos» (matrimonios del mismo sexo, uniones de hecho). Pero desde fuera de África vienen también muchas notables iniciativas: la «Jimmy Carter Foundation against guinea worm in Africa«, la «Tony Blair Foundation for Interfaith Action against e.g. Malaria«…

Las mujeres, aludidas en la Primera Asamblea Especial para África como «bestias de carga», han comenzado a acceder en ciertos países a puestos de relevancia y liderazgo en leyes, política, economía e ingeniería. Pero son también «recursos sin explotar» en algunos países, en los que sufren la exclusión de las funciones sociales, la herencia, la educación y la toma de decisiones. Son víctimas indefensas en zonas de conflicto: víctimas de los matrimonios polígamos, abusos, tráfico para la prostitución, etc…El NEPAD, sin embargo, exige a los gobiernos que den mayor poder a las mujeres.

Los niños, «la parte sufriente de la población» (Homilía del Santo Padre, 04/10/09), son descritos como maltratados (niños soldado, trabajo infantil, tráfico…) y se les deniega su derecho a la educación. En todas partes, sin embargo, son los beneficiarios de vigorosos programas de informatización de las escuelas.

La juventud viene mencionada entre los problemas de África a causa de su exposición al abuso de drogas, infección por VIH SIDA, embarazos adolescentes, emigración, tráfico humano y viajes que los reducen a una condición servil. Estas congojas apuntan también a las pobres políticas de educación y programas de empleo de los Gobiernos, y a su pobre relación con la Iglesia, debida a su vez a la pobre calidad de la formación continua y a su distanciamiento de la Iglesia. La Hewlett Foundation, sin embargo, está estableciendo centros de competencias especiales en las ciudades africanas para frenar las migraciones y las «fugas de cerebros» ya mencionadas.

El argumento de la emigración merece una mención especial, sobre todo en relación a las emergentes legislaciones en los países occidentales, que parecen diseñadas para mantener alejados a los africanos. La Asamblea está igualmente invitada a considerar el tema de la etnicidad. Cuando se desarrollan acuerdos exclusivistas, se destruye la vida en comunidad, volviéndose ésta intolerante hacia las otras culturas y grupos étnicos, como una suerte de racismo.

La Esfera Socio-política:

Aparte de la sola mención de la estabilidad política en Senegal, el Gobierno democrático de Sudáfrica y el creciente éxito de Ghana con su Gobierno democrático, muchas de las referencias a las políticas y Gobiernos en el Continente han sido muy críticas por varias razones, y han propuesto que las Iglesias locales establezcan capellanías y acompañen a los políticos con una formación en las Enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia. La gran necesidad es tener gobiernos y políticos que ejerzan un «liderazgo de servicio» en un transparente y responsable ejercicio del poder, el respeto por los Derechos Humanos y la administración de la riqueza nacional para el bienestar público.

Pero también aquí el NEPAD, suscrito por todos los Estados Miembros de la Unión Africana, exige que haya un respeto por los Gobiernos democráticos, intolerancia frente a los golpes de Estado y el establecimiento de un Mecanismo de Revisión Paritaria, para examinar el rendimiento de los Gobiernos.

La Esfera Socio-Económica:

«Pobre» y «pobreza» han sido dos expresiones recurrentes que los Padres Sinodales han usado generalmente refiriéndose a sus países, Gobiernos, gentes e Iglesias. La pobreza de la gente ha justificado, en numerosas intervenciones, el emprendimiento por parte de la Iglesia de proyectos de desarrollo. Ha inspirado iniciativas de autogestión (bancos, inmobiliarias, compañías de seguros), y ha sido la ocasión de compartir generosamente experiencias en la materia. Pero ha sido también la razón para los Padres Sinodales de solicitar apoyo.

En los niveles nacional y gubernamental, la Asamblea ha criticado la incidencia de la corrupción y los sobornos, y la negociación de contratos con inversores, concretamente de las industrias de extracción, que no han aportado beneficio a la gente, sino que han causado conflictos y degradación ambiental.

La industrialización es baja en la mayor parte de países africanos, cuyas economías son agrícolas y productoras de materia prima. Las condiciones de los acuerdos establecidas por la World Trade Organization y los países occidentales significan vida o muerte para muchas economías africanas.

Las economías productoras de materias primas tienen pocos ingresos, por lo que necesitan la asistencia de Gobiernos extranjeros, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para financiar sus presupuestos y llevar a cabo proyectos de desarrollo. Ésta es la causa común («les origins calamiteuses«, como se dijo en un Sínodo) de la carga de la deuda, que ha sido mencionada en esta Asamblea.

Aquí también podemos observar que uno de los objetivos primarios del NEPAD, como un estratégico entorno de trabajo para el desarrollo económico, es erradicar la pobreza, situar a los países africanos en el camino del crecimiento y el desarrollo sostenibles, eliminar la marginalización de África del proceso de globalización. Ciertamente, África no está aún fuera del bosque. Las sombras están todavía ahí, pero se han obtenido algunos triunfos moderados. «Mientras que la situación en el Continente, sus Islas y su Iglesia sigue arrastrando las luces y sombras que ocasionaron el Primer Sínodo, ésta ha cambiado considerablemente»[4] Así, no quedándose en las sombras, la esperanza de África, como declaró el Primer Sínodo, no se ha visto defraudada, porque «la esperanza no quedará defraudada» (Rm 5,5). En efecto, «solamente en esperanza estamos salvados» (Rm 8,24), porque conocemos a Aquél en quien hemos creído (cf. 2 Tim 1,12). Es nuestra fe en el Señor resucitado la que nos da esperanza.

De acuerdo con esto, la Iglesia debe ver las presentes y persistentes sombras en África como desafíos y oportunidades para crecer en intimidad con el Señor. Los desafíos de los que se trata y otros muchos mencionados en la Asamblea (medioambiente, tráfico de armas, etc…) nos invitan a una verdadera conversión de los corazones: «los dolidos corazones humanos, último refugio de las causas de todo lo desestabilizador en el Continente africano» [5], de modo que debemos ser agentes efectivos del Espíritu Santo y siervos de la reconciliación, la justicia y la paz.

EL FORTALECIMIENTO DE LA FE EN CRISTO

A la Asamblea se le recordó una vez que «Un Sínodo de Obispos no puede ser entendido como una sesión especial para África de las Naciones Unidas con sus declaraciones públicas». Éste es un poderoso recordatorio para la Asamblea Sinodal de su condición de congregación de la Iglesia y de Asamblea de fe que, con el poder del Espíritu Santo, profesa su fe en Dios y en Cristo, Su Hijo, y que se ha reunido para discernir la voluntad
de Dios y la dirección que quiere para su Familia en África. Ello va seguido de otra invitación de la Asamblea a vernos a nosotros mismos como «hijos de Dios en Cristo» (confiliación) con toda la humanidad.

La Primera Asamblea Especial, como debe recordarse, encarga a la Iglesia en África la inculturación, la comprensión de sí misma como «Familia de Dios». Como Iglesia, en todo caso, esta identidad es realizable sólo en Dios, que es comunión (familia), y a través de Jesús, que lo revela en la proclamación del Evangelio. Como el «primogénito de muchos hermanos», Jesús, Hijo de Dios, es quien comparte su filiación con nosotros, constituyéndonos a todos como hijos (en Él) e introduciéndonos en la vida de la Trinidad, como Familia de Dios.

La referencia a la Iglesia como Familia de Dios, es, no obstante, no sólo la mera aplicación de una referencia antropológica, sino una expresión de la verdad de la Iglesia y de su identidad, compartiendo la vida de Dios Uno y Trino a través de Jesucristo. La misión de Cristo, que se convierte en vida y ministerio de la Iglesia deriva, sin embargo, de la vida de Dios Uno y Trino, y cuando esta vida es reconciliación, justicia y paz, entonces debe ser vista como procedente de Dios. Pertenece al Reino de Dios; y es vivida mediante la fe en Cristo, a través del cual nos convertimos en hijos (e hijas) del Reino.

Así, los Padres Sinodales han afirmado en varias de sus intervenciones la centralidad de Cristo en el Tema del Sínodo y la necesidad de aproximarse a él y vivirlo desde dicha centralidad. El Instrumentum Laboris comienza la discusión del tema sinodal con un capítulo sobre «La Reflexión Teológica del Tema del Sínodo» (pág. 15-19), y continúa con una sección sobre «Obtener Fuerza de la Fe en Cristo» (75-86).

La presentación del tema del Sínodo en la «Relatio ante disceptationem» también fue fuertemente centrada tanto en Dios como en Cristo. En sus presentaciones, los Padres Sinodales y otros participantes han hecho varios llamados a una consideración Cristológica, Eucarística, Pneumatológica e incluso Escatológica de dicho tema.

Los agentes del mismo, de acuerdo con la Asamblea, tienen que ser evangelizados, convertidos, formados en la fe y testimonios vivientes de una vida como discípulos de Cristo (como Charles de Fouchauld); para ello, nuestra común filiación en Cristo será la base de nuestra justicia y nuestra reconciliación.

De este modo toda forma de experiencia y práctica del tema Sinodal (reconciliación, justicia y paz), necesita ser «evangelizada» por el Evangelio.

CRISTO, NUESTRA RECONCILIACIÓN

Se ha observado en esta Asamblea (Relatio ante disceptationem) que «en una Iglesia que es Familia en comunión, la reconciliación se convierte, no en un estado o un acto, sino en un proceso dinámico, una tarea que debe emprenderse cada día, una meta por la que esforzarse, un infinito restablecimiento, a través del amor y la misericordia, de las amistades rotas, los lazos fraternos, la confianza en el otro y en uno mismo». Lo más importante, que es exigido por nuestra propia naturaleza e identidad: que estamos con Dios y ante Dios en Cristo. Es nuestra relación en Cristo con Dios y con los demás lo que reclama la reconciliación; y su propósito es reparar y restaurar la comunión que el pacto con Dios y nuestra filiación en Cristo establecen, pero que el pecado amenaza y destruye.

Es en Cristo, sin embargo, como entramos en comunión con Dios; y es en Él donde obtenemos nuestra reconciliación con Dios; más aún, Él es nuestra reconciliación, y es a través de Él y en Él que damos y recibimos reconciliación. Así, en las palabras de S. Pablo

1. «Si uno está en Cristo, es creado de nuevo». La relación y la comunión que se establecen entre el hombre y Dios, en razón de la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios, es sustituida por la redención y la filiación. La relación entre Dios y el hombre pertenece ahora al ámbito de la Gracia (inmerecida obra de Dios): La Redención en Cristo. «Hemos sido salvados por Su Gracia, mediante la fe» (Ef 2,8).

2. Dios a través de Cristo nos ha reconciliado con Él no contando nuestras transgresiones hacia Él. La Reconciliación es un acto de inmerecido perdón, un ejercicio de amor misericordioso.

3. Dios nos ha confiado su mensaje de reconciliación a nosotros, es decir, a aquéllos que han hecho la experiencia de la reconciliación con Dios «En tu luz, oh Señor, vemos la luz». Es en la experiencia de la reconciliación de Dios que podemos convertirnos en ministros de la reconciliación, sintiendo la urgencia de reparar las relaciones y los lazos que están fuera de la misericordia y el amor.

Los Padres Sinodales han escuchado los testimonios de la arriba mencionada urgencia de reconciliación de los enemigos, y observado en ellos un ejercicio de verdadero y misericordioso amor. La liturgia y el sacramento de la Penitencia ofrecen momentos privilegiados para su celebración.

Los Padres Sinodales han contado también numerosos métodos tradicionales de reconciliación, sorprendidos de que algunos elementos de dichas celebraciones tradicionales no puedan enriquecer las formas de celebración de los sacramentos en la Iglesia. Haciéndolo, no habría confusión sobre la eficacia de la celebración; porque, como se ha dicho en la Asamblea, «la buena nueva de la preciosa sangre de Cristo, dada para la redención del mundo, transforma el cáliz de los sufrimientos de las muchas víctimas de las matanzas en el Continente». ¡Ello exige una espiritualidad, no una estrategia!

CRISTO, NUESTRA JUSTICIA

La Reconciliación, como se ha observado también en la Asamblea, es la restauración de la justicia y de las justas exigencias de las relaciones (Rel. ante discept.). Pablo la describe también como el fruto de nuestra reconciliación con Dios a través de Cristo, para convertirnos en Justicia de Dios (2Co 5,21).

En el presente estado de pecado humano y de corazones afligidos, de todos modos, el Antiguo Testamento presenta un fuerte punto de vista según el cual la justicia no puede venir de la humanidad por sus propias fuerzas. Sólo puede venir como regalo de Dios. Y el Nuevo Testamento desarrolla esta perspectiva más completamente, haciendo de la Justicia la suprema revelación de la Gracia salvífica de Dios.

Una vez más, se ha observado en la Asamblea que el sentido de la Justicia del Reino no es el de justicia retributiva, a pesar de que éste es a veces el significado de su atribución a Dios (Ap 15,4; 19,2.11; 16,5-6; Hb 6,10; 2Ts 1,6), y muchas intervenciones en la Asamblea han reflejado este mismo significado. Tampoco debe tener el sentido de «conformidad con una norma o conjunto de normas». Al menos, éste no es su sentido primario y nunca puede ser aplicado a Dios. De nuevo, algunas intervenciones han reflejado dicho sentido.

La Justicia (rectitud) de Dios y de Su Reino es una Revelación que está destinada a ser la rectitud para el ser humano. Es la Revelación de la Justicia / Rectitud de Dios la que justifica, haciendo al pecador de nuevo justo y digno de la comunión y de la relación de alianza con Dios[6]. Es la Revelación de Cristo que «murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores» (Rm 5,9), donde se prueba el Amor de Dios por nosotros. Es, por tanto, la Revelación de Cristo, nuestra Justicia y Rectitud. La justicia del hombre, en este caso, consiste en la confesión de sus pecados, la admisión de su falta y la aceptación en la fe de la oferta de comunión de Dios, es decir, la Salvación en Cristo.

En Jesús y en su ministerio, se ve la obra de la Gracia justificadora de Dios, que pasa por alto las justas exigencias del pacto y reinstala a la humanidad en la misericordia[7] y el amor en una relación de alianza. Se ve, además la constitución de una nueva comunidad de alianza, la I
glesia, dotada del Espíritu Santo y capaz, gracias a él, de responder a la rectitud de Dios en la fe, mediante la confesión de los pecados.

La justicia de la Diakonía cristiana y la justicia para nuestros cristianos que viven en la Iglesia en África, es la justicia del Reino, y su principal característica es que se ejerce en el amor y la misericordia[8].

Es éste el sentido de Justicia que los Padres Sinodales sugieren que sea cultivado primero en la familia, como una virtud familiar antes de convertirse en una social. Lo que se debe a una persona en razón de su dignidad y su vocación a la comunión con las personas[9], es conservado y mantenido en la misericordia y el amor. La Comisión de Reconciliación y Verdad de Sudáfrica, la Comisión Nacional para la Reconciliación de Ghana, y otras (Nigeria, Sierra Leona, Togo…), que han sido mencionadas por los Padres Sinodales, apuntan primariamente a este sentido de justicia. La compensación no es su propósito principal, sino que se busca la salvación a través de la admisión de la culpa y el perdón.

CRISTO, NUESTRA PAZ

Paz es un término cuya definición (como «educación», como «desarrollo», y como «justicia») ha sido popularmente citado por los Padres Sinodales. Reconociendo que tanto el respeto por la vida humana como su desarrollo son exigidos por ella[10], y que es la «condición necesaria para el verdadero progreso del hombre y de la sociedad»[11]. Los Padres Sinodales y otros participantes apasionadamente llamados al cultivo de una «cultura de paz» en las Iglesias, hogares, comunidades y naciones. Se hizo una mención especial a algunas estructuras institucionales para la paz en las naciones, como el «National Peace Council» de Ghana o la «Peace and Reconciliation Commission«, en Liberia y Togo, y su gran difusión.

En cuanto a mujeres y niños, que son víctimas fáciles de la violencia doméstica y la privación de la paz debidas a los conflictos, los participantes en el Sínodo han visto material para organizar grupos que aboguen por la paz en todo el Continente y sus Islas. Y donde la ausencia de Paz se debe a costumbres y prácticas opresivas tradicionales, la Asamblea está llamada a establecer centros de Estudios Culturales, para su revisión y reforma.

Pero la Paz, que emerge del Sínodo como la más querida condición de la vida y actividad humana en el Continente y sus Islas, está, irónicamente, en manos del hombre y su mundo. ¡El Instrumentum Laboris, sin embargo, pregunta a la Asamblea Sinodal acerca de la paz que busca! (46).

Su punto de vista es que «la paz que el mundo da es frágil e insegura»; porque la paz no es, primariamente, fruto de las estructuras y no tiene lugar fuera de las personas. La Paz nace dentro, en el interior de los individuos, y dentro de las comunidades que éstos construyen.

La paz, entonces, parece ser el fruto de una «disposición espiritual» de la persona, y prospera allí donde hay justicia y reconciliación, siendo también, por tanto, fruto del amor.

Cuando Tomás de Aquino afirmó que la paz y la armonía vienen preservadas por la justicia, sostuvo también que para preservar la paz y la justicia hacia los hombres, las prescripciones de la justicia no eran suficientes. Es fundamental que haya amor entre ellos [12]. De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, extraído de las Escrituras y de la rica tradición de la Iglesia, aprendemos que «la paz es la obra de la justicia y el efecto de la caridad»[13] y es en este sentido que Cristo se identifica en las Escrituras con Nuestra Paz.

La Paz en Cristo no tiene sólo el sentido secular de ausencia de conflicto (Gn 34,21; Jos 9,15; 10,1.4; Lc 14,32), la presencia de armonía en el hogar y dentro de la familia (Is 38,17; Sal 37,11; 1Co 7,15; Mt 10,34; Lc 12,51), seguridad y prosperidad individual y comunal (nacional) (Jue 18,6; 2Re 20,19; Is 32,18). La «paz» no es sólo cuando los seres humanos y sus sociedades cumplen con sus respectivos deberes y reconocen los derechos de otras personas y sociedades[14] y no es sólo uno de los resultados de trabajar por la justicia[15]. La paz es, esencialmente trascendente al mundo y a los esfuerzos humanos[16]. Es un todo determinado por Dios y conferido a los hombres y mujeres justos. Es un regalo de Dios (Is 45,7; Nm 6,26) para el «justo/recto»: para «los hombres amados por él» (Lc 2,14).

Es a los justos portadores de la justicia de Cristo en la Tierra a través de los que Pablo nos exhorta a perseguir la paz (Rm 14,19; Ef 4,3; Hb 12,14) y a ser paz con los otros (Rm 12,18; 2Co 13,11). Pero también como justos portadores de la paz de Cristo en la Tierra, tenemos que recordar, como hicimos con la justicia, que la paz es una actividad que va más allá de la estricta justicia y que requiere amor[17]. Deriva de la comunión con Dios y apunta al bienestar del hombre (humanidad).

El Primer Sínodo invitó a la Iglesia en África y sus Islas a vivir en la comunión de la Iglesia Familia de Dios. Este Segundo Sínodo invita ahora a la Iglesia Familia de Dios, en todos los detalles de su composición, a hacer experiencia de esas virtudes que establecen nuestra comunión con Dios y nuestro testimonio y nuestra vida de los mismos (reconciliación, justicia y paz) en el amor y la misericordia en el Continente. Lo que sigue es la presentación de algunos componentes de la Iglesia Familia de Dios, como siervos de la reconciliación, la justicia y la paz, tal como los Padres Sinodales los prevén; y las implicaciones de su ministerio son las que se establecen en el simbolismo de la sal y la luz: sal de la tierra y luz del mundo.

DISCÍPULOS, SERVIDORES DE LA RECONCILIACIÓN, LA JUSTICIA Y LA PAZ

Iluminada y transformada por el misterio pascual de Cristo y llena del Espíritu Santo, la comunidad de los discípulos ha sido enviada con la misión de anunciar en todas partes y a todos, todo lo que han contemplado, escuchado o tocado del Verbo de vida (Jn 1,1). Esta misión consiste en hacer a Cristo visible en toda circunstancia y en todo lugar donde el Espíritu los lleve (Hch 13,2). Tienen conciencia de ser una comunidad en la que se comparten los bienes espirituales y materiales sin discriminación étnica o cultural.

Llevados por el «Espíritu del Señor» el diácono Felipe convirtió a un funcionario Etíope quien se convertiría a su vez en misionero entre los suyos (Hch 8,26-39). Lo que confirma a África como patria de Cristo, que está presente en ella sin interrupción desde la comunidad eclesial que allí nació y cuyo Patriarca han escuchado los Padres Sinodales. Desde su predicación, la Iglesia Familia de Dios está orgullos a de sus raíces apostólicas y siente orgullo por sus antepasados en la fe, estando llamada a tomar de sus ejemplos el valor para continuar anunciando el Evangelio de la reconciliación, la justicia y la paz.

La Iglesia funda su acción en la contemplación del Maestro, Cristo, » camino, verdad y vida » (Jn 14,6), que » no vino para ser servido, sino para servir dar su vida en rescate por una multitud» (Mc 10,45). Al rebajarse, nos elevó y nos introdujo en la familia de Dios, en una humanidad renovada, reconciliada y animada por su Espíritu (Fil 2,6-11).

Para asegurar su misión de reconciliación, de justicia y de paz, La Iglesia Familia de Dios en África debe tomar conciencia de su identidad, pensar su modo de ser y de actuar, preocupándose por la verdad y la fidelidad, en ésta su misión: tiene que reconciliarse consigo misma y modelarse conforme al Cristo Servidor. La comunión entre los pastores, su testimonio de vida, sus relaciones con los colaboradores y el agotamiento de sus empleados son otros tantos ámbitos por explorar.

Los Padres Sinodales se han tomado su tiempo para escuchar y darse cue
nta de los diferentes aspectos de esta misión y de los diferentes agentes implicados en ella: personas singulares, la familia, los niños, los jóvenes, las comunidades eclesiales vivientes, los laicos, los religiosos y religiosas, el clero…

Además de los sectores sociales propuestos y enumerados en el Instrumentum Laboris, que deben ser sometidos a un atento examen, (la familia, la dignidad de la mujer, la misión profética, las comunicaciones y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la autosuficiencia…), ha aparecido a lo largo de las intervenciones de los Padres Sinodales un sector nuevo: el socio religioso.

LA FAMILIA

Los Padres Sinodales han percibido como primera tarea de la Iglesia Familia de Dios en África, la rehabilitación de la familia africana en su dignidad y su vocación, puesto que se ve amenazada por ideologías peligrosas (enfoque de géneros). La gran estima por la institución familiar es notable en todas las culturas africanas y es no sin razón por lo que la Iglesia en África se define como » Iglesia Familia de Dios «, terminología consagrada por el precedente Sínodo pero que se sigue enriqueciendo y dando a la Familia una base antropológica cristiana sólida, susceptible de manifestar mejor su identidad y abrirla a la dimensión de la Iglesia Universal. Los Padres Sinodales han denunciado vigorosamente que las ideologías y los programas internacionales que se imponen a nuestros países, se basan en razones falaces o condicionan la ayuda para el desarrollo. Son nocivas para la familia. Hay que formar a personas competentes, capaces de informar convenientemente a las asociaciones de familias católicas y a otros movimientos laicos que trabajan por el bien de la familia, y llevarlas a debates públicos (conferencias, programas de radio…). Introducir en los seminarios, noviciados y otras casas de formación, análisis socio pastorales contextuados para descubrir, criticar y prevenir todo riesgo y amenaza que pueda pesar sobre la institución familiar.

En fin, hay una urgencia de redefinir la familia como Iglesia Doméstica, y primer lugar de educación en el amor, la reconciliación, la justicia y la paz. Las familias cristianas serán entonces la base estable de las comunidades eclesiales vivientes, que serán a su vez comunidades familia, verdaderas escuelas de evangelización. La pastoral familiar debe integrar estos elementos.

DIGNIDAD DE LA MUJER Y SU FUNCIÓN AL SERVICIO DE LA RECONCILIACIÓN, LA JUSTICIA Y LA PAZ

La mujer está al servicio de la vida y de la humanización de los otros miembros de la familia. Pero ella permanece frustrada en su crecimiento por la cultura tradicional (mutilaciones genitales) y burlada en su dignidad por la modernidad (pornografía, prostitución, violaciones y toda suerte de humillaciones en la sociedad).

Los Padres Sinodales han escuchado los gritos de mujeres, transmitidos por algunos de ellos… La Iglesia Familia de Dios es interpelada por las grandes injusticias cometidas hacia ellas. Tienen necesidad de ser reconocidas en la sociedad, tanto como en la Iglesia, en tanto que miembros activos comprometidos en la vida eclesial. Su contribución al desarrollo y la salvaguarda de la familia humana, incluso en tiempos de conflictos, debe ser reconocida y apreciada en su justo valor.

Como madres, aseguran la primera educación al niño: el amor y la sociabilidad. Como esposas, son las confidentes de sus maridos. Los padres Sinodales están llamados a transformar sus miradas y pensamientos sobre la mujer y tener la audacia de reconocer que su potencial, ya demostrado en la gestión de la vida familiar, podría hacer mucho más por la Iglesia.

En consecuencia, una Evangelización que profundice en la cultura tradicional, las liberará de ciertas conductas y costumbres contrarias al Evangelio y todavía en práctica en muchas sociedades (poligamia, violencia doméstica, discriminación en la herencia, matrimonios forzados… primeras víctimas del VIH SIDA…).

Su florecimiento (amor, respeto y reconocimiento de sus derechos) hará su contribución más efectiva y más eficaz, concretamente en el nacimiento y mantenimiento de una cultura de paz. Ellas tienen una disposición natural a la misma, por su temperamento y sus dones de paciencia, capacidad de acogida y de escucha, y educación.

El SECTOR SOCIO RELIGIOSO

El miedo y las incertidumbres caracterizan la vida de fe en muchas poblaciones africanas (desconfianza, sospecha, auto defensa, agresión, charlatanismo, adivinación, ocultismo, sincretismo…). Un análisis continuo muestra que es el deseo insaciable de poseer egoístamente lo que está en la raíz de los grandes dramas que han conocido ciertas regiones de África. Por otra parte, las sectas ejercen un poderoso atractivo sobre los fieles católicos atrapados por los problemas sociales y deseosos de soluciones rápidas a sus problemas físicos o psíquicos. Las sectas abusan de las debilidades o de la ignorancia de los fieles. Algunos grupos atacan a la Iglesia por las prácticas ocultistas.

Los Padres Sinodales han sido invitados por algunos de los oradores a revisar la catequesis fundamental para dar a los fieles los elementos esenciales de la fe cristiana para permitirles conducir una vida de fe en coherencia con los acontecimientos de la vida cotidiana. Una espiritualidad equilibrante puede ayudar a los cristianos a resistir a la presión de las sectas.

En el Ámbito de las graves injusticias sufridas (conflictos armados, violencia…) los Padres Sinodales han escuchado los testimonios emotivos de las personas que han hecho la experiencia del perdón; De ello resulta que justicia, Perdón y Verdad son inseparables. Lo que ha sido quebrado no se puede reconstruir más que si el mal se reconoce y se confiesa. El perdón solicitado y acordado después de la confesión libera a la víctima y al verdugo y establece una nueva relación, más fuerte.

Esta fuerza de amar y perdonar es un don de Dios (Cf. El testimonio escuchado en el aula).

Los fieles aprenderán a fundar sus relaciones y sus conductas sobre:

-La seguridad que da Cristo de Su Presencia permanente en su seno: » Y yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

-La vida en abundancia que sólo Él puede dar, sacrificando la suya (Jn 17,2-3).

-La paz que sólo Él puede dar, ya no a la manera del mundo (Jn 14,27).

-Su justicia, que traspasa las justicias humanas (Mt 5,28).

Los sacramentos, y en particular la Eucaristía y la reconciliación, constituyen la fuente inagotable de fuerza para construir la Iglesia Familia de Dios. Dios es la fuente única de la vida, » Primogénito de toda la creación, él los ha reconciliado en el cuerpo carnal de su Hijo, entregándolo a la muerte » (Col 1,15 y ss.). Nosotros estamos unidos por un lazo de sangre con Cristo, que nos introdujo en la gran fraternidad de la que él es el primogénito.

Es crucial convencer a los fieles de Cristo de que los lazos fraternos establecidos por Cristo mediante el agua del bautismo y mediante su sangre, son más fuertes que los lazos de sangre biológicos. Es el primogénito de una multitud de hermanos, que establece así una confiliación que restaura la dignidad del hombre africano, lo reconcilia consigo mismo y con los otros, lo cura personalmente, socialmente, culturalmente, políticamente y económicamente.

En consecuencia, la dignidad y el carácter sacro de cada persona debe ser respetado y reconocido, sea quien sea y sea cual sea la situación en que la persona se encuentre. Ello exige: solidaridad, compartir, respetar al otro, hospitalidad, acercamiento y reconciliación mediante la justicia restaurativa…

La Eucaristía como fuente y cumbre de la vida cristiana, debería ser el lugar de la mejor expresión de la reconciliación y de la paz (Cf. Oración eucarística nº 3). El mismo
cuerpo de Cristo nos alimenta y la misma sangre corre por nuestras venas.

Una catequesis de profundización en los sacramentos puede ayudar a los fieles a vivir la Eucaristía con más profundidad y más aprovechamiento, puesto que en muchas comunidades la » misa » no supone más que un paréntesis en el transcurso de la semana: La Eucaristía aún no empapado la vida y la actuación cotidiana de muchos fieles: como prueba, el intercambio de la paz, que pasa desapercibido o es desnaturalizado. La Eucaristía es la ocasión de mandar a cada participante con una particular misión de reconciliación, de curación, de justicia y de paz para su entorno.

La doble dimensión personal y comunitaria de la celebración del sacramento de la reconciliación debe ser fuertemente subrayada. La celebración comunitaria de la reconciliación en algunos casos, es muy recomendable para restablecer los lazos familiares y sociales, rotos por las situaciones de violencia, conflictos y guerras. El pecado tiene una dimensión social y la reconciliación debe implicar, por tanto, a toda la comunidad.

LA MISIÓN PROFÉTICA DE LA IGLESIA FAMILIA DE DIOS EN ÁFRICA

La Iglesia Familia de Dios, por su naturaleza, por su doctrina social coherente, su expansión geográfica y su preocupación por el único bien del hombre, está mejor situada que cualquier otra organización para hacer frente a los desafíos de la reconciliación, la justicia y la paz en África.

Los Padres Sinodales han reconocido la necesidad de una presencia activa de la Iglesia (a escala nacional, regional y continental) en las instancias de decisión en las que se traten las cuestiones que afectan el desarrollo humano (socioeconómico), el establecimiento de buenas relaciones entre los grupos en conflicto (mediación) y el restablecimiento de relaciones que puedan garantizar un futuro de paz.

Para hablar de reconciliación, de justicia y de paz, y garantizar un compromiso más sensible y más coordinado, es necesario que los Obispos hablen con una misma voz en el seno de una misma Conferencia Episcopal (nacional, regional o continental). Hay que crear una sinergía entre todas las instituciones eclesiales (SECAM, COSMAM, asociaciones y organizaciones laicas occidentales…) para abrazar juntos los diferentes aspectos de la vida y de los compromisos de la Iglesia al servicio de la reconciliación la justicia y la paz.

Instancias especializadas (Observadores) deberán ser creadas en caso necesario para desarrollar acciones o seguir la evolución de ciertas situaciones o cuestiones tales como la dependencia del exterior, la sed de bienes materiales, el etnicismo… toda ellas causas potenciales de conflictos. Todas las raíces de los conflictos en las sociedades africanas deben ser afrontadas sin temor o complacencia, y deben ser objeto de planes de acción pastoral continental o de las directivas pastorales precisas.

Los Obispos africanos tienen igualmente gran interés en reforzar su presencia en las organizaciones continentales (UA), en armonía con la acción de la Santa Sede (diplomacia vaticana) a fin de estimular, alentar y garantizar las iniciativas que tiendan a promover la reconciliación, la justicia y la paz.

El desastre provocado por la pandemia del VIH SIDA no ha sido perdido de vista por los Padres Sinodales, que animan a todos aquéllos que despliegan sus esfuerzos para dar esperanza a las personas infectadas y afectadas, para que puedan resistir a las tentaciones de la desesperación. La misión de la Iglesia Familia de Dios en África de hacer vivir a los fieles del Evangelio de Cristo el compromiso en la lucha para reducir la estigmatización social de las personas infectadas, así como para reemplazar la violencia por el establecimiento de puentes de reconciliación, justicia y paz, para interpelar a los poderes públicos, para hablar en nombre de los que no tienen voz. Un llamado a una gran sinergía y solidaridad, para que los enfermos en África reciban los mismos tratamientos que los enfermos europeos.

En la lucha por la conservación de vidas humanas y para asegurar más paz entre los hombres, muchas voces se han alzado para exigir el cierre de las fábricas de armamento, que alimentan los conflictos en África. Después de los conflictos por el espacio vital y por las explotaciones mineras, es la guerra del agua la que se perfila en el horizonte. Hay que prevenirla, manteniendonos vigilantes ante la degradación del medio ambiente bajo los efectos del calentamiento global.

Los Padres Sinodales reconocen que las causas de los conflictos armados en África, no son más que efectos del tribalismo, pero la intromisión de las multinacionales y su deseo de apropiarse en exclusiva de los yacimientos estratégicos (petróleo, uranio, coltan…) es lo que engendra los conflictos. Animan a la puesta en marcha de marcos jurídicos internacionales para garantizar el control de las multinacionales y las industrias extractivas transnacionales.

LAICOS

Los conflictos en África nos remiten a la Historia reciente (peligro de exacerbación de los nacionalismos y del concepto de raza que son anti cristianos). Los cristianos son numerosos en la administración pública, en la vida política y en las instancias de decisión (Parlamentos). Pero a pesar de ello, las leyes contrarias a la moral cristiana son aprobadas, concretamente en la esfera familiar. Hay por tanto necesidad de formar a los políticos cristianos y asegurarles una formación cristiana sólida (Biblia, teología moral, doctrina social de la Iglesia, Historia de la Iglesia…) e instrumentos jurídicos para defender los valores cristianos (la Familia en particular), ya así contribuir positivamente en la elaboración de textos legislativos respetuosos de la moral cristiana.

Los Padres Sinodales han reconocido que no basta formar fieles laicos para el liderazgo político en nuestros países, sino que es preciso también acompañarlos en sus compromisos… para hacer de ellos agentes de cambio de toda la sociedad (buena gestión de las familias y de las responsabilidades sociales y políticas).

Los movimientos de apostolado de los laicos pueden contribuir al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz. La Iglesia, a través de sus instituciones especializadas, puede comprometerse también con la sociedad civil y todas las ONGs serias, u otras confesiones religiosas, para hacer frente común en la lucha por la promoción integral de los Derechos Humanos.

LOS MEDIA

La cobertura de los conflictos africanos y su instrumentalización por parte de los medios, constituyen un desafío para la Iglesia Familia de Dios en África. Los Padres Sinodales han sido informados de los esfuerzos de muchas diócesis por dotarse de radios diocesanas. Éstas permiten promover el ideal de fraternidad y de convivencia pacífica, de la reconciliación, la justicia y la paz entre los pueblos. El empuje de los medios de comunicación puede servir igualmente para la difusión de la buena nueva en un Continente que permanece aún ampliamente en una cultura oral.

Una buena formación técnica y religiosa de los comunicadores católicos (doctrina social de la Iglesia, en particular) es prioritaria. Al mismo tiempo, es preciso formar a los propios pastores y agentes pastorales en el lenguaje y el buen uso de los medios. Los fieles laicos, en general, aprenderán a ejercer el discernimiento y el espíritu crítico frente a las ideologías vehiculadas por dichos medios.

Hay que prestar una atención particular a los jóvenes. Ellos son las preimeras víctimas de los efectos devastadores de la globalización sobre las costumbres y el sistema de valores. De ahí la necesidad de una educación integral e integradora a todos los niveles (niños, jóvenes y adultos) en la práctica de los valores sociales indispensables para la convivialidad armoniosa: la promoción de la vida humana, la unidad del género
humano y la igual dignidad de las personas, el respeto por el bien común y el derecho de todos a disfrutarlo.

Esto comienza en la familia y continúa en los establecimientos y escuelas católicas que son lugares de educación por excelencia en los valores de la vida cristiana, concretamente, la cultura de la tolerancia, la convivialidad, el servicio a los otros, la reconciliación, la justicia y la paz.

EL CLERO

Una educación de los seminaristas que sea cuidadosa y armonice bien la filosofía y la teología, permitirá responder juiciosamente a los grandes interrogantes del mundo. Es necesario redactar una » ratio nationalis institutionis sacerdotalis » para favorecer el discernimiento, la formación espiritual y afectiva adaptada a las circunstancias y a las personas. El discernimiento riguroso y una formación espiritual y afectiva, adaptada a las situaciones que harán de ellos personas sólidamente ancladas en sus culturas y fieles a las enseñanzas de la Iglesia.

La preocupación por formadores competentes y bien formados debe ser prioritaria. La implicación de la familia y de la comunidad cristiana en un testimonio de fidelidad en la práctica de los consejos evangélicos los ayudará a fundar su vida sobre la sola pertenencia a Cristo.

LA VIDA CONSAGRADA

La vida consagrada está en rápido crecimiento en la Iglesia Familia de Dios en África. Como en las vocaciones sacerdotales, se constatan carencias en materia de discernimiento de los formadores. Los Padres Sinodales están llamados a ayudar a la vida consagrada a mantenerse en su misión profética, y apoyándola en la realización de su misión Ad Gentes, alentarla a dar un testimonio de comunión. Han sido informados de las prácticas de las jóvenes africanas enviadas a Europa para formarse en la vida religiosa… A veces, esto termina mal; algunas rehúsan entrar y acaban teniendo problemas desagradables. Se espera una palabra por parte de los Padres Sinodales sobre este asunto.

La COSMAM se convierte en una realidad acerca del Continente y constituye una esturctura que enmarca la vida consagrada en África en un entorno de diálogo con los Obispos del Continente (SECAM).

UNA SOLA IGLESIA FAMILIA DE DIOS CON MUCHOS ROSTROS

La Iglesia Familia de Dios, al norte o al sur del Sahara, tiene la misma misión de servicio. Todavía no está en absoluto integrada en la Iglesia Familia de Diso en África. Es una Iglesia » encrucijada «, pero que tiene la vocación de convertirse en una » Iglesia de Pentecostés «, puesto que se vuelve una Iglesia multicultural, gracias a la importante presencia de estudiantes subsaharianos. Estos aprenden a vivir su fe en un contexto nuevo y hacen frente valientemente a su futuro sin desanimarse, a pesar de ciertas injusticias. Pese a su estado de minoría cristiana en un medio musulmán. La Iglesia Familia de Dios en el Sahara mantiene una relación de diálogo con el Islam y está comprometida en diversos servicios de la sociedad: social, cultural y educativo.

Los Obispos Padres Sinodales salidos de sus Iglesias, han llamado a sus homólogos al encuentro y el diálogo con las otras religiones, sin complejos ni temores, para traspasar los miedos y el peso del pasado (la relación entre el mundo árabe y el África negra) y establecer relaciones de colaboración con los musulmanes de buena voluntad, para reducir tensiones.

Desean:

Como minoría cristiana en un medio islámico, asociarse al Sínodo de los Obispos de 2010 (Medio Oriente) ;

La organización de un coloquio continental de división e intercambio de experiencias de la variedad de situaciones en las relaciones con el Islam (de Túnez a Johannesburgo) ;

Hacer memoria : SANTOS, BIENAVENTURADOS Y MÁRTIRES de la Iglesia familia de Dios en África. Además de los Santos y bienaventurados de África que el Santo Padre no pierde ocasión de recordarnos, los Padres Sinodales han evocado la memoria de Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, laicos y seminaristas que se han mantenido en servicio, incluso llegando a dar su vida, como Cristo.

Otras muchas personas que conocemos han perecido trágicamente por su servicio al bien común. Es necesario recordarlos también a ellos junto a los » nuestros». Todos estos héroes del servicio y de la reconciliación merecen ser presentados a los jóvenes como modelos. Interpelar a la conciencia de la comunidad internacional sobre las injusticias y las violencias que se cometen en África, e invitarlos a una mayor solidaridad. Invitar a la comunidad internacional a comprometerse en la reconstrucción de los países destruidos por la guerra.

CONCLUSIÓN

«Sal» y «Luz» son las metáforas o imágenes con las que el Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, describió una vez la misión de los fieles de Cristo, en la multiplicidad y diversidad de sus identidades y funciones, en África y sus Islas. Dijo: «en la sociedad plural de nuestros días, la misión de los católicos en la vida pública puede ejercer una positiva influencia. Sean profesionales o enseñantes, hombres de negocios o servidores civiles, agentes de la ley o políticos, se espera de los católicos que den testimonio de la bondad, la verdad, la justicia y el amor de Dios en su vida diaria. La tarea de los fieles laicos es ser sal de la tierra y luz del mundo, especialmente en los lugares en que sólo los laicos están en condiciones de hacer presente la Iglesia»[18].

La referencia en el tema de este Sínodo a la invitación de Cristo a sus discípulos, «sal de la tierra y luz del mundo», no sólo se refiere al testimonio de la Iglesia Familia de Dios en África, como discípulos de Jesús (Hch 1,8), sino que debe extenderse a todo el Continente, sus Islas y al mundo entero. Apunta también a un método para una evangelización y una misión apostólica creíbles, prescritas por el Señor. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16); y la misión del Hijo de Dios encarnado en el mundo fue descrita por Pablo como un «vaciamiento del Hijo de Dios para llegar a hacerse hombre»: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Fil 2,6-7). Como tal, Jesús llevó a cabo su misión en la Tierra llevando este vaciamiento a su máxima expresión a través de su sufrimiento y muerte en la cruz, en cumplimiento de las profecías del Siervo de Dios del Antiguo Testamento (Is 52-53 y ss.).

Éste es el carácter de «siervo» que el tema del Sínodo evoca llevando la reconciliación, la justicia y la paz al Continente y sus Islas. «Siervos de la Reconciliación, la justicia y la Paz», como tema del Sínodo, invita a la Iglesia Familia de Dios en África a una vida pascual, siendo agentes de la reconciliación, la justicia y la paz; y es lo que la metáfora de la sal y la luz sostienen. Es la raíz de nuestro método de acción apostólica como Siervos de la Reconciliación, la justicia y la Paz en el sacrificio que hacemos en nuestras vidas y en Cristo. Porque lo mismo debemos pasar nosotros que Jesucristo (Fil. 2,5).

En este Sínodo se ha expresado la idea de que la Iglesia Familia de Dios en África debe transformarse desde dentro; y debe transformar al Continete y sus Islas como sal y luz. Afronta una misión apostólica que los pastores y otros trabajadores pastorales han articulado de varias formas en esta Asamblea:

-Liberando al Continente y sus gentes de toda suerte de temores;

-Asegurando una conversión más profunda y permanente, y una sólida formación a todos los niveles (fe, catequesis, moral, medios de comunicación, cultura del amor, la paz la justicia, la reconciliación… el buen gobierno, etc…);

-Dialogando en todos los ámbitos, incluido el medioambiental;

-Abogando por las funciones en varios aspectos y necesidades sociales, especialmente, el puesto de las mujeres en la soci
edad, la educación de los niños y la juventud;

-La emigración y las varias formas de movimientos de población, que requieren cuidados pastorales;

-La desafiante labor de cambiar actitudes y mentalidades, liberándolas de los efectos de un pasado de colonialismo, explotación, etc…;

-Situar al Continente y sus gentes de modo que puedan resistir el huracán de la globalización y los desafíos de una ética global, injustas condiciones de comercio, etnocentrismo, fundamentalismos, etc…

El símbolo polivalente de la sal y la luz, expresa las muchas y variadas formas de la existencia pascual, bajo la cual, la Iglesia Familia de Dios en África debe ser sierva de la reconciliación, la justicia y la paz (y ahora también de la verdad, que esta Asamblea les ha asociado estrechamente); y que la luz del Evangelio nos permita seguir adelante.

——————————-

[1] El énfasis es mío. Cfr. Carta del Papa Juan Pablo II al Arzobispo Nikola Eterovic con ocasión del Encuentro del Consejo Especial para África del Sínodo de los Obispos, Vaticano, 23 de Febrero de 2005.

[2] El 26 de Junio de 2006, en la Conferencia de Prensa en el Vaticano, dirigida por el Cardenal Francis Arinze, el Consejo especial para África de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, publicó los Lineamenta de la Segunda Asamblea Especial para África, y el 19 de Marzo de 2009, en Yaoundé, el Santo Padre presentó el Instrumentum Laboris de la Segunda Asamblea Especial para África.

[3] PRIMERA Asamblea Especial para África, Instrumentum Laboris, 1993, 1.

[4] SEGUNDA Asamblea Especial para África, Lineamenta, «Preface«.

[5] JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal, Reconciliatio et Poenitentia, 2.

[6] El «malvado» (עשר) es el opuesto al justo. Destruye la comunión y la Comunidad faltando al cumplimiento de las exigencias de las relaciones de comunidad (The Interpreter’s Dictionary of the Bible, vol.4, 81).

[7] El Papa Juan Pablo II define la «misericordia» como «un especial poder de amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido» (Dives in Misericordia, 4.3).

[8] Así, el Papa Juan Pablo II enseñó que en las relaciones entre individuos y grupos sociales, etc…, «la justicia no basta». Se necesita para ello un «poder más profundo, que es el amor» (cf. Dives in Misericordia, 12).

[9] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 3, 63.

[10] El catecismo de la Iglesia Católica, 2304.

[11] BENEDICTO XVI, Homilía, Basílica de S. Pedro, Domingo 4/10/09.

[12]Sto. Tomás de Aquino, Contra Gentes, 1, III, c. 128

[13] Ibidem.

[14] JUAN XXIII, Pacem in Terris, 72.

[15] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 84.

[16] Aunque sea una tarea, algo por lo que trabajar, la paz es un regalo de Dios, algo que nuestra paz terrena sólo anticipa pálidamente.

[17] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 78.

[18] JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Africa, 108.

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ZENIT Staff

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