Una nueva revolución

Por monseñor Felipe Arizmendi Esquivel

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SAN CRISTÓBAL DE LAS CASAS, sábado, 27 noviembre 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título «Una nueva revolución».

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VER

Se han concluido en el país las celebraciones por el centenario del inicio del movimiento de la revolución, que fue una lucha para generar cambios por la democracia, la libertad y la justicia, sobre todo para los campesinos. Los indígenas, como tales, no fueron tomados en cuenta. El catolicismo social de la época influyó mucho en estos cambios, aunque algunos ideólogos consideraron a la Iglesia Católica como enemiga y hubo leyes represoras, que coartaron la libertad religiosa y generaron la llamada guerra cristera, una defensa de la Iglesia por parte de los creyentes, al grito de ¡Viva Cristo Rey!

Hay que seguir revisando la historia; sin embargo, esto no nos puede distraer de los problemas actuales. Para enfrentarlos, se requiere una nueva revolución, no armada, pues ésta genera de ordinario peores injusticias, sino de las conciencias, para construir la sociedad justa y fraterna que anhelamos.

JUZGAR

En la reciente Carta Pastoral que los obispos escribimos, señalamos tres prioridades de esta revolución: combate a la pobreza, educación integral y de calidad para todos y reconciliación nacional. Transcribo sólo algunos párrafos del primer punto:

«No debemos acostumbrarnos nunca a un escenario de desigualdad social y a una pobreza creciente, como si se tratara de un fatalismo insuperable o un determinismo sin salida. Hace falta generar condiciones de justicia social para producir mayores empleos de calidad, que permitan un salario justo para una vida digna como personas, familias y sociedad. Esto implica no sólo una modernización de las estructuras productivas, sino también una serie de reformas legales que lo favorezcan y garanticen, una serie de acuerdos políticos que estén a la altura de lo que necesita la Nación mexicana y no sólo de los intereses limitados de algunos grupos políticos o gremiales. Hacemos también un fuerte llamado a los empresarios para que asuman la verdadera responsabilidad social que corresponde a la ética de sus actividades económicas.

La superación de la pobreza debe incluir programas para el desarrollo integral de las personas y de las comunidades, a fin de que éstas tomen la responsabilidad de su propio desarrollo. No bastan los programas sociales asistencialistas, y tampoco las acciones de gobierno que sólo se concentran a dar respuesta a situaciones de emergencia o meramente circunstanciales. Las soluciones que México requiere, y que responden a su cultura, han de ser construidas desde la comunidad, contando con el apoyo subsidiario de otras dimensiones de la vida social y del Estado.

De manera especial deben ser atendidos los espacios deprimidos por la miseria urbana o rural, dado que allí está la primera exigencia de solidaridad y el primer foco de desestabilización social. Una sociedad que está marcada por la desigualdad no puede crecer con armonía. Allí donde imperan la miseria y la desigualdad, crecerá siempre el rencor y la tentación de caminos equivocados para el desarrollo personal y social. Es allí donde el crimen organizado puede encontrar mucho más fácilmente manos desesperadas dispuestas para la violencia. Es allí donde la manipulación política y hasta religiosa pasa por encima de la dignidad de las personas para ganar adeptos. Es allí donde se pueden generar estallidos sociales« (Nos. 119-122).

ACTUAR

¿Qué hacer, más en concreto? Para combatir la pobreza, ante todo hay que trabajar, no malgastar los pocos recursos que se tienen y saber ahorrar. Desde luego, gobierno y dueños de capital deben generar empleos dignos.

Hay que organizarse en pequeños grupos, en barrios o en comunidades, para llevar a cabo obras en forma autogestiva, como cooperativas y ayudas mutuas, también para exigir al gobierno que cumpla sus deberes con los pobres; sin embargo, evitar la dependencia, pues algunos, con lo que reciben de los diversos programas sociales, ya no trabajan. Los pobres, organizados y sin alcohol, son una gran fuerza de progreso.

Hay que sacrificarse y educar a los hijos para la austeridad, evitando el despilfarro y la adquisición de cosas no tan indispensables.

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ZENIT Staff

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