Perder el tiempo con los hijos

Reflexiones sobre el Día de la Madre, de Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristobal de las Casas

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VER

Muchos papás, por su trabajo, o por distracciones ajenas al hogar, a veces por huir de su familia y refugiarse con amigos o con relaciones infieles, dedican muy poco tiempo a sus hijos. Algunos salen muy temprano y llegan muy noche, cuando los hijos aún no se despiertan, o ya están dormidos. Quizá, los fines de semana convivan un poco, si es que dejan descansar al celular, pues este invento moderno les entretiene y les da pretextos para no atender a los hijos. Aunque físicamente están con ellos, su mente y quizá su corazón están en otras partes.

Hay parejas que no quieren tener hijos, ni uno solo, porque son molestos, quitan tiempo, exigen sacrificios, no permiten muchas vacaciones, complican el trabajo fuera de casa, estorban tu “libertad”. O, cuando mucho, deciden tener uno o dos, no más, con el pretexto de que la vida está muy cara, que los tiempos no permiten más, que es mejor tener pocos para darles todo… Y luego ni siquiera les dan tiempo, cariño, cercanía, afecto, acompañamiento educativo, formación en valores. Como muchas mamás deben trabajar, los dejan en la guardería, los encomiendan a las abuelas, o a muchachas de servicio. Consideran pérdida de status, de oportunidades, de libertad, dedicarse íntegramente a ellos, como si la maternidad a tiempo completo fuera una cadena.

En nuestro país, el 10 de mayo está dedicado a honrar a las mamás. ¡Cuánto se lo merecen! Pues la mayoría se consagraron en cuerpo y alma a cuidarnos. Y no lo consideraron una carga, sino una misión, una vocación, algo que dio sentido a sus vidas, que les hizo sentirse fecundas, madres, plenas, realizadas. ¡Benditas sean nuestras mamás, vivas o ya difuntas! Aunque no nos daban muchas cosas, ni complacían todos nuestros antojos, las sentíamos cerca, contábamos con ellas, experimentábamos su ternura, crecimos a su lado, nos formaron, aún sin palabras.

Nos quejamos de la violencia generalizada, de la inseguridad, de tantos jóvenes y adolescentes dedicados al crimen organizado, a andar en pandillas, a estar encadenados al alcohol y a diversas drogas. Preguntémonos cuántos de ellos andan en esos malos pasos porque no tuvieron unos padres que les dedicaran tiempo, que se ocuparan de ellos, que no los abandonaran. Preguntémonos para cuántos padres de familia es más importante su trabajo, lo que ganan, “su tiempo”, sus relaciones, sus compromisos sociales, que sus hijos. En las familias disfuncionales, o con padres no cariñosos y cercanos, está la raíz de los males sociales. No es sólo la pobreza y la falta de oportunidades, sino la falta de buenos padres y madres.

PENSAR

Dijo el Papa Francisco a la reunión plenaria del Consejo Pontificio para la Familia: “Cuando yo confieso a un hombre o a una mujer casados, jóvenes, siempre hago esta pregunta: ¿Usted juega con sus hijos? ¿Usted pierde tiempo con sus hijos? Es muy importante ‘perder tiempo’ con los hijos, jugar con los hijos. Una sociedad que abandona a los niños y que margina a los ancianos, corta sus raíces y oscurece su futuro. ¿Y vosotros hacéis la valoración sobre qué hace esta cultura nuestra hoy? Cada vez que un niño es abandonado y un anciano marginado, se realiza no sólo un acto de injusticia, sino que se ratifica también el fracaso de esta sociedad. Ocuparse de los pequeños y de los ancianos es una elección de civilización. Y es también el futuro, porque los pequeños, los niños, los jóvenes llevarán adelante esta sociedad con su fuerza, su juventud” (25-X-2013).

ACTUAR

Padres de familia: Den prioridad al tiempo que dedican a los hijos. No se excusen diciendo que deben trabajar mucho para darles alimento, ropa, escuela, medicinas, juguetes… Organicen sus actividades de tal modo que ellos ocupen el centro de su atención, también para jugar, pasear, platicar, comer, ver televisión, visitar familiares y amigos, participar juntos en la Misa dominical, acompañarles en su crecimiento integral, ganar su confianza para que les expongan sus dudas, sus inquietudes y problemas. Si no te tienen confianza, algo anda mal en tu relación con ellos. Revísate con humildad y dales tu corazón, no sólo tu dinero.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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