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Vacaciones ecológicas

Reflexiones del obispo de San Cristóbal de Las Casas

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VER

Estoy disfrutando unos días de vacaciones en mi pueblo natal, Chiltepec, que no rebasa los mil habitantes, a una hora al sur de Toluca, con un clima agradable de dos mil doscientos metros de altura, con una vegetación sobresaliente de pinos. Es una comunidad campesina, donde se produce maíz y frijol, habas y chícharos, duraznos, peras y aguacates. Ahora hay muchos invernaderos para producir flores de primera calidad, jitomate y otras variedades alimenticias. Lo que les está dejando buenos ingresos es la producción de chile manzano, que exportan a los Estados Unidos. Se han creado fuentes de trabajo, con lo que ha disminuido la emigración. Hemos insistido en que usen abonos orgánicos, lo más posible, pero aún no se ha logrado satisfactoriamente.

Por las mañanas, acostumbro retirarme solo a la montaña, donde camino, leo, medito, dormito y, sobre todo, contemplo los árboles, las pequeñas plantas, las diminutas florecillas, las abejas y los pajarillos; experimento el aire fresco y puro; observo el ir y venir de las nubes, advierto la llegada de la lluvia, miro los sembradíos de mis paisanos y recuerdo mis años de infancia. No llevo aparatos de música. Al disfrutar este ambiente campirano, sale espontánea la oración de alabanza y de adoración al Creador, pues sólo su amor es capaz de crear esta vida tan exultante. Estos períodos de soledad en la montaña me descansan profundamente. Hace muchos años, aprovechaba mis vacaciones para viajar y conocer otros lugares, junto con mi familia; ahora descanso en mi pueblo.

Dedico parte de mi tiempo a visitar enfermos, escuchar a personas con problemas, confesar, platicar más con mis parientes y con vecinos del pueblo, y también atender las celebraciones familiares y de la comunidad, de común acuerdo con el párroco. Estar cerca del pueblo, sobre todo de quienes sufren material o espiritualmente, le da otra dimensión a mi descanso.

 

PENSAR

El Papa Francisco, en su Encíclica Laudato Si, sobre el cuidado de la casa común, la madre y hermana tierra, dice: “El Señor podía invitar a otros a estar atentos a la belleza que hay en el mundo porque él mismo estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro. Cuando recorría cada rincón de su tierra se detenía a contemplar la hermosura sembrada por su Padre, e invitaba a sus discípulos a reconocer en las cosas un mensaje divino” (LS 97).

“Prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso” (LS 215). “La paz interior de las personas tiene mucho que ver con el cuidado de la ecología y con el bien común, porque, auténticamente vivida, se refleja en un estilo de vida equilibrado unido a una capacidad de admiración que lleva a la profundidad de la vida. La naturaleza está llena de palabras de amor, pero ¿cómo podremos escucharlas en medio del ruido constante, de la distracción permanente y ansiosa, o del culto a la apariencia? Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente. Una ecología integral implica dedicar algo de tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea” (LS 225). “Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos: una palabra amable, una sonrisa, cualquier pequeño gesto que siembre paz y amistad” (LS 230).

 

ACTUAR

Aprendamos a descansar. Cada quien lo hace a su manera y según sus posibilidades. Pero buscar tiempos para disfrutar el campo, la naturaleza, la obra de la creación, sin olvidar a los prójimos y sobre todo a la familia, nos recarga de vitalidad y energía. Evitemos tanto ruido y valoremos el silencio contemplativo.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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