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El Papa: 'Solo en el amor de Cristo está la respuesta a la sed de felicidad'

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2016:  «Misericordia quiero y no sacrificio. Las obras de misericordia en el camino jubilar»

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Es siempre un milagro el que la misericordia divina se irradie en la vida de cada uno de nosotros, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir lo que la tradición de la Iglesia llama las obras de misericordia corporales y espirituales. Así lo asegura el papa Francisco en el Mensaje para la Cuaresma, publicado hoy.
La misericordia de Dios es un anuncio al mundo, pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. Por eso, explica Francisco, en el tiempo de la Cuaresma enviará a los Misioneros de la Misericordia, “a fin de que sean para todos un signo concreto de la cercanía y del perdón de Dios”.
El Papa recuerda que el misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, explica, se muestra siempre rico en misericordia especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto.  Por eso, el Pontífice indica que aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempeña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel.
Y este “drama de amor” alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. De este modo, Francisco recuerda que el “Hijo de Dios es el Esposo que hace cualquier cosa por ganarse el amor de su Esposa, con quien está unido con un amor incondicional, que se hace visible en las nupcias eternas con ella”.
Las obras de misericordia corporales y espirituales, asegura el Santo Padre, nos recuerdan que “nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu, y sobre los que seremos juzgados: nutrirlo, visitarlo, consolarlo y educarlo”. Por eso, Francisco expresa su deseo de que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre esto, de forma que sea un modo para despertar nuestra conciencia.
Por otro lado, el Santo Padre advierte sobre el delirio que pueden asumir formas sociales y políticas, como han mostrado los totalitarismos del siglo XX, y como muestran hoy las ideologías del pensamiento único y de la tecnociencia, “que pretenden hacer que Dios sea irrelevante y que el hombre se reduzca a una masa para utilizar”. Y actualmente –precisa– también pueden mostrarlo las estructuras de pecado vinculadas a un modelo falso de desarrollo, basado en la idolatría del dinero, como consecuencia del cual las personas y las sociedades más ricas se vuelven indiferentes al destino de los pobres, a quienes cierran sus puertas, negándose incluso a mirarlos.
Y así, el Pontífice asegura que la Cuaresma de este Año Jubilar es para todos un tiempo favorable «para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia”. A propósito, recuerda que nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Precisamente “tocando en el mísero la carne de Jesús crucificado el pecador podrá recibir como don la conciencia de que él mismo es un pobre mendigo”, asegura Francisco. De este modo, explica que a través de este camino también los ‘soberbios’, los ‘poderosos’ y los ‘ricos’, “tienen la posibilidad de darse cuenta de que son inmerecidamente amados por Cristo crucificado, muerto y resucitado por ellos”.
Sólo en este amor “está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer”, añade.
Para concluir su Mensaje, el Papa advierte que siempre queda el peligro de que, a causa de un cerrarse cada vez más herméticamente a Cristo, que en el pobre sigue llamando a la puerta de su corazón, “los soberbios, los ricos y los poderosos acaben por condenarse a sí mismos a caer en el eterno abismo de soledad que es el infierno”.
 

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Rocío Lancho García

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