(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 03.07.2026).- El viernes 3 de julio el Papa León XIV aceptó públicamente desde el Vaticano la Medalla de la Libertad otorgada por el National Constitution Center de Filadelfia y pronunció un discurso transmitido en vivo en los Estados Unidos. La medalla ya había sido entregada de forma privada en abril de 2026 cuando una delegación del Centro Nacional de la Constitución viajó a la Santa Sede para dar el reconocimiento en virtud de defensa y promoción de las libertades de conciencia, expresión y religiosa que León XIV ha realizado y que son también derechos que acompañan el origen y desarrollo de los Estados Unidos, como lo refleja la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos. Ofrecemos a continuación la traducción al español del discurso del Santo Padre:
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Queridos amigos,
me honra aceptar la Medalla de la Libertad del National Constitution Center en este año que marca el 250 aniversario de la fundación de los Estados Unidos de América con la firma de la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. En vísperas de este memorable acontecimiento, ofrezco un cordial saludo a todos los reunidos en el National Constitution Center de Filadelfia. Como hijo de este gran país, fundado por hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y con una vida mejor para sí mismos y para sus hijos, me uno a ustedes al pedir las bendiciones de Dios sobre el futuro de América, para que los elevados ideales consagrados al inicio de la Declaración de Independencia continúen guiando el florecimiento de la nación en unidad, justicia y paz.
Desde nuestra juventud, la mayoría de nosotros ha admirado la elocuencia de aquellas palabras, con su resonante apelación a la ley de la naturaleza y al Dios de la naturaleza como fundamento de su afirmación de que todos los hombres y mujeres son creados iguales y dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre ellos el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Aunque formulada en el lenguaje de la Ilustración, esa afirmación está en última instancia enraizada en una comprensión de la persona humana inspirada en la gran visión bíblica del hombre y la mujer creados a imagen divina. Es precisamente aquí donde descubrimos el fundamento de la dignidad humana; una dignidad que precede a la constitución de cualquier Estado y cuya custodia constituye su propio fin.

En estos doscientos cincuenta años transcurridos, para tantos pueblos a lo largo del mundo, fue la firme determinación de alcanzar la noble visión de los fundadores de la nación lo que hizo de América sinónimo de libertad, al abrir el país sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes, permitiéndoles a ellos y a sus hijos desempeñar su papel en la configuración del futuro de la nación. Fue ese mismo amor a la libertad el que inspiró a los Estados Unidos, en las horas más oscuras del siglo pasado, en el tiempo de las dos guerras mundiales, a mirar más allá de sí mismos y, con gran sacrificio, a defender la causa de la libertad más allá de sus propias fronteras.
Sin embargo, como todo americano sabe, el camino hacia la construcción de una sociedad que encarnara esos elevados ideales de libertad y justicia para todos no fue siempre fácil y, en muchos aspectos, sigue siendo una obra en curso. De hecho, el esfuerzo por realizar esta visión es uno que debe ser emprendido de nuevo en cada generación y ante desafíos siempre nuevos. Hoy, al mirar hacia el futuro, este histórico aniversario nos brinda la oportunidad de reflexionar una vez más sobre los principios fundacionales de la nación, con la esperanza de que América permanezca siempre fiel al sueño que le ha valido el título de tierra de los libres y hogar de los valientes.

El primer derecho consagrado por los fundadores de la nación fue el derecho a la vida, pues nadie privado de la vida puede gozar de la libertad ni buscar la felicidad. La vitalidad de un país está profundamente ligada al valor que otorga a la vida humana en toda forma y condición, reconociendo la dignidad conferida a cada persona humana en virtud de su propia existencia. El valor intrínseco de toda vida humana ha llevado a los corazones nobles de generaciones a alabar las maravillosas obras del Creador (cf. Sal 139,14) y a detenerse con reverencia ante un don tan precioso. Es precisamente esta reverencia la que debemos continuar cultivando, una reverencia que mueve los corazones de los individuos e inspira leyes que reconocen y salvaguardan este don desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. La reverencia nos ayudará también a descubrir que somos guardianes y administradores de quienes están confiados a nuestro cuidado. A este respecto, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de apoyar, proteger y valorar la vida de todos, especialmente la de los más vulnerables y la de aquellos cuyo valor es cuestionado.

Tras el derecho a la vida, la libertad fue y sigue siendo preeminente entre los principios venerados por los hombres y mujeres que han buscado dentro de las fronteras de esta nación un nuevo comienzo, equiparándola a menudo con una esperanza antes inimaginable. Aunque con frecuencia se entiende como la capacidad de actuar como uno desea, la libertad auténtica es mucho más profunda. Se funda en la capacidad de la persona humana de conocer la verdad y adherirse a lo que es bueno, incluso a gran costo, un sacrificio bien conocido por muchos que han trabajado para dar forma a este país. El deseo de verdad y de libertad, así como la propia búsqueda de la felicidad, continúa inspirando a personas de todas las generaciones a plantearse preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida, nuestro fin último y, en definitiva, sobre Dios; y es propio de los corazones magnánimos esforzarse por responder a estas preguntas con sinceridad. Estas respuestas determinan inevitablemente la dirección que buscamos dar a nuestras vidas, y América ha defendido durante mucho tiempo la libertad religiosa necesaria para seguir responsablemente los dictados de la conciencia a este respecto, libres del miedo y la coacción, tal como está consagrada en la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.
Es esta libertad la que considera sagrada la esfera interior de la persona, donde se forman las convicciones y donde la conciencia puede guiar las decisiones tomadas en la intimidad del corazón humano. Esta misma libertad garantiza también el derecho de toda persona a rendir culto según su propia creencia, y de los individuos, comunidades y asociaciones a dar expresión pública a su fe. De hecho, la libertad religiosa dio origen a la tradición americana de favorecer el diálogo interconfesional y la cooperación interreligiosa en la promoción del bien público y en el enriquecimiento de los debates sobre las grandes cuestiones morales y éticas que han afrontado a la nación y configurado el curso de su historia. Es mi esperanza que esta tradición continúe dando fruto en un discurso público marcado por la moderación, el respeto a las opiniones ajenas y un esfuerzo continuo por encontrar puntos en común en la promoción de la causa de la paz y la reconciliación, dentro y fuera del país.

Los antepasados de este país, hombres y mujeres de diversos orígenes, religiones y lenguas, fueron capaces de encontrar ese terreno común y la fuerza necesaria para perseguir un futuro mejor. Los principios que inspiraron a los fundadores de América, enraizados como están en la verdad sobre la persona humana, los unieron en una sola causa, un sueño común. La unidad prestó fuerza a ese sueño, dando origen, bajo Dios, a los Estados Unidos de América. E pluribus unum — de muchos, uno. Para que una nación florezca, debe estar verdaderamente unida; unida no por metas vinculadas a empeños momentáneos, sino por ideales que no se desvanecen con el paso del tiempo. Que los principios sobre los que hemos reflexionado hoy —una dignidad humana compartida, la igualdad y los derechos enunciados en la Declaración de Independencia— sean siempre fuente de esa unidad y luz orientadora para el momento presente y para los años venideros.
Al aceptar este galardón, ruego, pues, para que este 250 aniversario de la fundación de esta gran nación sea la ocasión de un solemne renovado compromiso con esos ideales que han hecho de América un país que valora la paz y la prosperidad, un país caracterizado por la generosidad y la nobleza de corazón. Encomiendo a todos ustedes, así como el futuro de la Nación, a Aquel que es Él mismo la fuente de la verdadera libertad y de la paz duradera, Aquel cuyo nombre mismo es Paz.

¡Que Dios bendiga a América! ¡Gracias!
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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