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Audiencia general, 2 enero 2019 © Vatican Media

Audiencia general, 2 enero 2019 © Vatican Media

Audiencia general, 2 de enero de 2019 – Catequesis del Papa

Padre Nuestro: “Basta con ponernos bajo la mirada de Dios”

(ZENIT – 2 enero 2019).- “No sean como los hipócritas que, en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, les gusta orar de pie, ser vistos por el pueblo”, ha recordado el Papa Francisco del Evangelio de San Mateo. “Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto”. (Mt 6: 6).

El ‘Padre Nuestro’, ha dicho, también puede ser una oración silenciosa: basta con ponernos bajo la mirada de Dios, para recordar el amor del Padre, y esto es suficiente para cumplir.

La audiencia general de esta mañana tiene lugar a las 9:20 horas, en el aula Pablo VI, donde el Santo Padre Francisco se ha reunido con grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

En su discurso en italiano, el Papa, al reanudar el ciclo de catequesis en ‘Padre Nuestro’, centra su meditación en “En el centro del discurso de la montaña” (Del Evangelio según Mateo 6, 5-6).

“¡Qué bueno pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para ganar su favor! No necesita nada nuestro Dios: en la oración, solo pide que mantengamos abierto un canal de comunicación con Él para descubrir siempre a sus amados hijos”, ha señalado Francisco.

Después de haber resumido la catequesis en varios idiomas, el Pontífice ha dirigido unas palabras a los diferentes grupos de peregrinos en varios idiomas. La audiencia general ha concluido con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica del Santo Padre.

A continuación ofrecemos la catequesis completa del Papa Francisco, pronunciada hoy en la audiencia general:

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buen año!

Continuamos nuestra catequesis sobre el ‘Padre Nuestro’, iluminados por el misterio de Navidad que acabamos de celebrar.

El Evangelio de Mateo coloca el texto del ‘Padre Nuestro’ en un punto estratégico, al centro del discurso de la montaña (cfr 6,9-13). Mientras tanto observamos la escena: Jesús sale de la colina en el lago, se sienta; en su alrededor, él tiene el círculo de sus discípulos más íntimos, y después una gran multitud de caras anónimas. Y esta asamblea heterogénea recibe primero la entrega del “Padre Nuestro”.

La colocación, come se mencionó, es muy significativa; porque en esta larga enseñanza, que lleva el nombre de “lenguaje de montaña” (cfr Mt 5,1-7,27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje.

El debut es como un arco decorado para la fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona con felicidad una serie de categorías de personas que en su tiempo, –¡y también en la nuestra!– no estaban muy consideradas. Beatos y pobres, los mansos, los misericordiosos, las personas humildes de corazón… Y la revolución del Evangelio. Todas las personas capaces de amar, los artesanos de paz que hasta entonces habían estado al margen de la historia, son en cambio los constructores del Reino de Dios. Es como si Jesús dijera: “¡Adelante vosotros que traéis en el corazón el misterio de un Dios que ha revelado su omnipotencia en el amor y el perdón!”.

Desde este portal de entrada, que revierte los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida sino que necesita una nueva interpretación, que la reconduzca a su significado original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces entiende que cada palabra de Dios debe encarnarse hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene límites: uno puede amar al cónyuge, al amigo e incluso al enemigo con una perspectiva completamente nueva: “Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo; hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos “(Mt 5,44-45).

Aquí está el gran secreto que subyace a todo lo que se habla de la montaña: sed hijos de vuestro Padre que está en el cielo. Aparentemente, estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ética tan exigente que parece impracticable, y en cambio encontramos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no está comprometido a ser mejor que los demás: sabe que es un pecador como todos los demás. El cristiano es simplemente el hombre que se detiene ante la nueva Zarza Ardiente, ante la revelación de un Dios que no lleva el enigma de un nombre impronunciable, pero que pide a sus hijos que lo invoquen con el nombre de “Padre”, dejarse renovar por su poder y reflejar un rayo de su bondad para este mundo tan sediento de bien, esperando tan buenas noticias.

Aquí es cómo Jesús introduce la enseñanza de la oración del ‘Padre Nuestro’. Lo hace distanciándose de dos grupos de su tiempo. En primer lugar, los hipócritas: “No sean como los hipócritas que, en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, les gusta orar de pie, ser vistos por el pueblo” (Mt 6, 5). Hay personas que pueden pronunciar oraciones ateas, sin Dios: lo hacen para ser admirados por los hombres. La oración cristiana, por otro lado, no tiene otro testimonio creíble más que su propia conciencia, donde un diálogo continuo con el Padre, que se entrelaza intensamente: «Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto» (Mt 6: 6).

Después Jesús toma distancia de la oración de los paganos: “No hay una palabra especial: […] los gentiles se figuran que por su palabrería van a ser escuchados (Mt, 6,7). Aquí quizás Jesús alude a esa “captatio benevolentiae” (“de ganar la buena voluntad”) que era la premisa necesaria de muchas oraciones antiguas: la divinidad tenía que ser un tanto domada por una larga serie de alabanzas. En cambio, vosotros –dice Jesús– cuando oréis, no seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mt, 6,8). También puede ser una oración silenciosa, el ‘Padre Nuestro’: basta con ponernos bajo la mirada de Dios, para recordar el amor del Padre, y esto es suficiente para cumplir.

¡Qué bueno pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para ganar su favor! No necesita nada nuestro Dios: en la oración, solo pide que mantengamos abierto un canal de comunicación con Él para descubrir siempre a sus amados hijos.

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea

About Rosa Die Alcolea

Profesional con 7 años de experiencia laboral en informar sobre la vida de la Iglesia y en comunicación institucional de la Iglesia en España, además de trabajar como crítica de cine y crítica musical como colaboradora en distintos medios de comunicación. Nació en Córdoba, el 22 de octubre de 1986. Doble licenciatura en Periodismo y Comunicación Audiovisual en Universidad CEU San Pablo, Madrid (2005-2011). Ha trabajado como periodista en el Arzobispado de Granada de 2010 a 2017, en diferentes ámbitos: redacción de noticias, atención a medios de comunicación, edición de fotografía y vídeo, producción y locución de 2 programas de radio semanales en COPE Granada, maquetación y edición de la revista digital ‘Fiesta’. Anteriormente, ha trabajado en COPE Córdoba y ABC Córdoba.

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