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mártires riojanos © jesuitasaru.org

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Argentina: Homilía del Cardenal Becciu en la beatificación de los mártires

Testigos del amor a Cristo

(ZENIT  – 28 abril 2019).- Beatificación de los mártires de la rioja el 27 de abril de 2019 presidida por el Cardenal Angelo Becciu a las 10 de la mañana.

HOMILÍA

Card. Angelo Becciu
Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos
La Rioja, sábado 27 de abril de 2019.

“Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos”.

Queridos hermanos y hermanas,
La invitación que la Liturgia nos renueva constantemente en este tiempo de Pascua, encuentra hoy
en nosotros, reunidos en el solemne rito de la beatificación de cuatro mártires, una respuesta
particularmente pronta y alegre. Nos alegramos y nos regocijamos en el Señor por el don de los nuevos
Beatos. Son hombres que han dado valientemente su testimonio de Cristo, mereciendo ser propuestos por
la Iglesia a la admiración e imitación de todos los fieles. Cada uno de ellos puede repetir las palabras del
libro de la Apocalipsis, proclamadas en la primera lectura: “Ya llegó la salvación, el poder y el Reino de
nuestro Dios y la soberanía de su Mesías” (Ap 12,10): el poder de Cristo resucitado, que, a lo largo de los
siglos, por medio de su Espíritu, continúa viviendo y actuando en los creyentes, para impulsarlos hacia la
plena realización del mensaje evangélico.

Conscientes de esto, los nuevos Beatos siempre contaron con la ayuda de Dios, incluso cuando
tuvieron que “sufrir por la justicia” (1Pe 3,14), de modo que siempre estaban dispuestos a defenderse
delante de cualquiera que les pidiese razón de la esperanza que ellos tenían (cfr 1Pe 3,15). Se ofrecieron a
Dios y al prójimo en un heroico testimonio cristiano, que tuvo su culmen en el martirio. Hoy a la Iglesia
se complace en reconocer que Enrique Ángel Angelelli, Obispo de La Rioja, Carlos de Dios Murias,
franciscano conventual, Gabriel Longueville, sacerdote misionero fidei donum, y el catequista Wenceslao
Pedernera, padre de familia, fueron insultados y perseguidos a causa de Jesús y de la justicia evangélica
(cfr Mt 5, 10-11), y han alcanzado una “gran recompensa en el cielo” (Mt 5,12).

“¡Felices ustedes!” (Mt 5,11; 1Pe 3,13). ¿Cómo podríamos no escuchar dirigida a nuestros cuatro
Beatos esta sugestiva manifestación de alabanza? Ellos fueron testigos fieles del Evangelio y se
mantuvieron firmes en su amor a Cristo y a su Iglesia a costa de sufrimientos y del sacrificio extremo de
la vida. Fueron asesinados en 1976 [mil novecientos setenta y seis], durante el período de la dictadura
militar, marcado por un clima político y social incandescente, que también tenía claros rasgos de
persecución religiosa. El régimen dictatorial, vigente desde hacía pocos meses en Argentina, consideraba
sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social. Los cuatro Beatos desarrollaban una acción
pastoral abierta a los nuevos desafíos pastorales; atenta a la promoción de los estratos más débiles, a la
defensa de su dignidad y a la formación de las conciencias, en el marco de la Doctrina Social de la
Iglesia. Todo esto, para intentar ofrecer soluciones a los múltiples problemas sociales.

Se trataba de una obra de formación en la fe, de un fuerte compromiso religioso y social, anclado
en el Evangelio, en favor de los más pobres y explotados, y realizado a la luz de la novedad del Concilio
Ecuménico Vaticano II, en el fuerte deseo de implementar las enseñanzas conciliares. Podríamos
definirlos, en cierto sentido, como “mártires de los decretos conciliares”.

Fueron asesinados debido a su diligente actividad de promoción de la justicia cristiana. De hecho,
en aquella época, el compromiso en favor de una justicia social y de la promoción de la dignidad de la
persona humana se vio obstaculizado con todas las fuerzas de las autoridades civiles. Oficialmente, el
poder político se profesaba respetuoso, incluso defensor, de la religión cristiana, e intentaba
instrumentalizarla, pretendiendo una actitud servil por parte del clero y pasiva por parte de los fieles,
invitados por la fuerza a externalizar su fe solo en manifestaciones litúrgicas y de culto. Pero los nuevos
Beatos se esforzaron por trabajar en favor de una fe que también incidiese en la vida; de modo que el
Evangelio se convirtiese en fermento en la sociedad de una nueva humanidad fundada en la justicia, la
solidaridad y la igualdad.

El Beato Enrique Ángel Angelelli fue un pastor valiente y celoso que, nada más llegar a La Rioja,
empezó a trabajar con gran celo para socorrer a una población muy pobre y víctima de injusticias. La
clave de su servicio episcopal reside en la acción social en favor de los más necesitados y explotados, así
como en valorar la piedad popular como un antídoto contra la opresión. Icono del buen pastor, fue un
enamorado de Cristo y del prójimo, dispuesto a dar su vida por los hermanos. Los sacerdotes Carlos de
Dios Murias y Gabriel Longueville fueron capaces de individuar y responder a los desafíos concretos de
la evangelización siendo cercanos a las franjas más desfavorecidas de la población. El primero, religioso
franciscano, se distinguió por su espíritu de oración y un auténtico desapego de los bienes materiales; el
segundo, por ser hombre de la Eucaristía. Wenceslao Pedernera, catequista y miembro activo del
movimiento católico rural, se dedicó apasionadamente a una generosa actividad social alimentada por la
fe. Humilde y caritativo con todos.

Estos cuatro Beatos son modelos de vida cristiana. El ejemplo del Obispo enseña a los pastores de
hoy a ejercer el ministerio con ardiente caridad, siendo fuertes en la fe ante las dificultades. Los dos
sacerdotes exhortan a los presbíteros de hoy a ser asiduos en la oración y a hallar, en el encuentro con
Jesús y en el amor por Él, la fuerza para no escatimar nunca en el ministerio sacerdotal: no entrar en
componendas con la fe, permanecer fieles a toda costa a la misión, dispuestos a abrazar la cruz. El padre
de familia enseña a los laicos a distinguirse por la transparencia de la fe, dejándose guiar por ella en las
decisiones más importantes de la vida.

Vivieron y murieron por amor. El significado de los Mártires hoy reside en el hecho de que su
testimonio anula la pretensión de vivir de forma egoísta o de construir un modelo de sociedad cerrada y
sin referencia a los valores morales y espirituales. Los Mártires nos exhortan, tanto a nosotros como a las
generaciones futuras, a abrir el corazón a Dios y a los hermanos, a ser heraldos de paz, a trabajar por la
justicia, a ser testigos de solidaridad, a pesar de las incomprensiones, las pruebas y los cansancios. Los
cuatro Mártires de esta diócesis, a quienes hoy contemplamos en su beatitud, nos recuerdan que “es
preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal” (1 Pe 3,17), como
nos ha recordado el apóstol Pedro en la segunda lectura.

Los admiramos por su valentía. Les agradecemos su fidelidad en circunstancias difíciles, una
fidelidad que es más que un ejemplo: es un legado para esta diócesis y para todo el pueblo argentino y
una responsabilidad que debe vivirse en todas las épocas. El ejemplo y la oración de estos cuatro Beatos
nos ayuden a ser cada vez más hombres de fe, testigos del Evangelio, constructores de comunidad,
promotores de una Iglesia comprometida en testimoniar el Evangelio en todos los ámbitos de la sociedad,
levantando puentes y derribando los muros de la indiferencia. Confiamos a su intercesión esta ciudad y
toda la nación: sus esperanzas y sus alegrías, sus necesidades y dificultades. Que todos puedan alegrarse
del honor ofrecido a estos testigos de la fe. Dios los sostuvo en los sufrimientos, les ofreció el consuelo y
la corona de la victoria. Que el Señor sostenga, con la fuerza del Espíritu Santo, a quienes hoy trabajan en
favor del auténtico progreso y de la construcción de la civilización del amor.

Beato Enrique Ángel Angelelli y tres compañeros mártires, ¡rogad por nosotros!

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