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Beatificación de Conchita Cabrera, en México © Desde la fe

Beatificación de Conchita Cabrera, en México © Desde la fe

Beatificación de Conchita Cabrera en México: “Su fuerza espiritual, la oración”

Homilía del Cardenal Angelo Becciu

(Zenit – 5 mayo 2019).- El cardenal Giovanni Angelo Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos  presidió ayer en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en Ciudad de México (México) la santa misa de beatificación de María Concepción Cabrera ( 1882-1937), popularmente conocida como “Conchita” casada, madre de familia, e inspiradora de Institutos religiosos e iniciativas apostólicas, que consideró además como misión especial la santificación de los sacerdotes.

En su homilía el cardenal subrayó la necesidad y la actualidad de la misión de “Conchita”  en estos tiempos en que la Iglesia ha atravesado momentos turbulentos y lacerantes y la definió “una mujer de oración y de celo apostólico que, anticipando los tiempos, encuentra en sí la fuerza moral para imponerse como líder en el campo social y en el ámbito eclesial. Ella se nos presenta hoy (…) como un modelo de vida apostólica: oraba y actuaba, tenía la mente fijada en el cielo y los ojos vueltos hacia la tierra; adoraba y exaltaba la grandeza de Dios y se ocupaba de las miserias y de las necesidades de los hombres”.

A continuación ofrecemos la homilía del Cardenal Becciu en la Misa de beatificación celebrada en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

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Homilía del Cardenal Becciu

“Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender […] el amor de Cristo, y experimentar ese amor que sobrepasa todo conocimiento humano” (Ef 3, 17-19).

Queridos hermanos y hermanas, Con estas palabras, que hemos escuchado en la segunda lectura, San Pablo exhorta a los cristianos de Éfeso a abrir generosamente el corazón al amor de Cristo, el único capaz de dar un sentido pleno a toda nuestra vida. La invitación del Apóstol fue acogida plenamente por María Concepción Cabrera, familiarmente conocida como Conchita; una figura maravillosa en sus diferentes aspectos de esposa, madre, viuda, inspiradora de Institutos religiosos y de iniciativas apostólicas. La belleza y la fuerza de su testimonio consiste en haber escogido, desde la adolescencia, consagrarse al Amor absoluto: Dios. Elegir a Dios como Amor absoluto significa abrazar su voluntad, que a Conchita se manifestó de manera inmediata y clara: ¡serás esposa y madre! Al igual que para María, la madre de Jesús, también para Conchita la felicidad consistía no en seguir sus propias inspiraciones, aunque santas, sino en conformarse al proyecto que Dios tenía para ella. Así, ella aceptó vivir con total dedicación su experiencia de esposa y de madre. Aceptó la responsabilidad de una fidelidad continua, de una maternidad que se renovó por nueve veces, de haber tenido que educar a sus hijos, tarea agotadora al tiempo que hermosa. Se manifestaba preocupada por su crecimiento humano y, sobre todo, espiritual: una solicitud materna por cada uno de ellos; verdadero modelo de madre, pronta para alentar los aspectos positivos y corregir los defectos.

La continua aspiración de su existencia fue vivir “en” este mundo, pero no vivir “de” este mundo. Arraigada “en el amor de Cristo que supera todo conocimiento”, reavivará su misión de madre y de esposa. Animada por una profunda fe y por una caridad sin medida, por una parte se encaminará en un largo itinerario ascético y místico, por otra parte se dejará consumir por uno celo incansable que, junto a su ferviente fantasía creadora, le llevará a hacer que surjan nuevas familias de vida consagrada en la Iglesia.

El amor a Dios. Hablaba de Dios en modo convincente y naturalidad, de modo que se evidenciaba su ardiente amor por Él. Desde su juventud se esforzaba en transmitir fe a los demás, también a través de sus escritos. En ella era vivo su deseo de conformarse plenamente a la voluntad de Dios. Por ello, alimentaba su fe con una oración intensa y constante, su verdadera fuerza espiritual, a la que también dedicaba parte de la noche, con interminables horas de adoración ante el Santísimo Sacramento. Tenía habitualmente la conciencia de estar en la presencia del Señor, por lo que vivía en una constante actitud interior de oración. La unión con Dios se caracterizaba también por una profunda experiencia de unión mística con Cristo, de la que brotaba una generosa maternidad espiritual hacia las almas.

De su amor por Dios nacía la continua inquietud por amar al prójimo, difundiendo en todas partes el mensaje del amor de Cristo. Su corazón ardía de una extraordinaria solicitud maternal para cuantos se encontraban en condiciones de necesidad y de fragilidad. No había ningún problema que no tratara de resolver, no había indigencia que no intentara socorrer. Incesante era su solicitud por los pobres: quiso ser pobre entre los pobres, adaptándose a ellos también en el aspecto exterior para compartir las dificultades de su vida y así ayudarles mejor. Se dedicaba con generosidad también a las obras de misericordia espirituales: visitaba enfermos y moribundos, dándoles consejo espiritual.

La beata María Concepción Cabrera, caso único en la historia de las fundaciones religiosas, inspiró y promovió cinco Institutos, denominados las “Obras de la Cruz”: dos congregaciones religiosas y tres obras apostólicas, sin asumir ni el papel de fundadora ni, mucho menos, la carga y los poderes de superiora general. Éstas son: el Apostolado de la Cruz, las Religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón de Jesús, la Alianza de Amor con el Sagrado Corazón de Jesús, la Liga Apostólica y los Misioneros del Espíritu Santo. A estas obras hay que añadir la Cruzada de almas víctimas.

“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 25). Esta frase del Evangelio quedó grabada en la mente de la Beata y encontró plena aplicación en su vida. El florecimiento de las obras no puede explicarse si no en la lógica del Evangelio, que transforma en vida toda aparente muerte a uno mismo. Ella suscitó las “Obras de la Cruz” con sus escritos espirituales, pero singularmente con su testimonio de vida: cargó cada día con su cruz para seguir a Jesús. ¡Y qué cruces! Tras apenas dieciséis años de matrimonio perdió a su esposo, por cuya pérdida experimentó un sufrimiento tan grande que le hizo exclamar “He sentido el bisturí divino en mi alma… Todos aquellos días me lo iba a traer del Sagrario a que me ayudara y fortaleciera”. Pero el sufrimiento se hizo todavía mayor con la muerte de hasta cuatro de sus hijos. Pero en todas esas ocasiones, frente al dolor, no pierde la serenidad, no se aparta de la confianza en Dios, ella mira el crucifijo y como “eco fiel de esa Madre dolorosa”, aprende a ofrecer el dolor presentándolo al Padre por el bien del mundo y por la Iglesia. Es consciente de que todo dolor pequeño o grande ya ha sido vivido por Jesús en la cruz y en Él puede encontrar fuerza y sentido. Nuestra Beata comprendió perfectamente la ciencia de la Cruz. Ésta requiere que, en el Calvario del dolor, presente en la humanidad de todas las épocas, estén las cruces de quienes voluntariamente se unen al sacrificio de Cristo.

Su fuerte deseo apostólico fue el de salvar las almas, de convertir a los pecadores por cuya salvación ofrecía sus sufrimientos voluntarios. Pero su mayor preocupación, que constituía casi una “obsesión”, fue por la santidad de los sacerdotes por quienes rezaba y se sacrificaba. ¡Qué necesaria y qué actual es esta misión! En estos últimos tiempos, la Iglesia ha vivido momentos turbulentos y lacerantes a causa de los escándalos de obispos, sacerdotes y religiosos que han deformado su rostro y socavado su credibilidad. Frente a este escenario doloroso, algunos fieles han empezado a perder la confianza en la Iglesia, mientras que otros la han atacado aumentando las heridas. Pero la actitud correcta es la que nos enseña la nueva Beata: sostener con la cercanía espiritual y con la oración a cuántos viven cada día su vocación con fidelidad y con abnegación. Se trata de la inmensa mayoría de las personas consagradas que ofrecen un claro testimonio de fe y de amor. Esto no exime del deber de luchar contra los abusos y los escándalos de cualquier tipo, induciendo a cuántos han errado a abandonar esa vida hipócrita y pervertida. Como nos recordó el Santo Padre Francisco: “La fortaleza de cualquier institución no reside en la perfección de los hombres que la forman […], sino en su voluntad de purificarse continuamente; en su habilidad para reconocer humildemente los errores y corregirlos; en su capacidad para levantarse de las caídas” (Discurso a la curia romana, 21 de diciembre de 2018).

Los momentos difíciles y dolorosos que le llevaron a configurarse cada vez más a Cristo sobre la Cruz, no le hicieron perder su jovialidad natural. Esto es indicador de su total comunión con Dios de quien experimentó de modo concreto la paternidad. Su casa estaba llena de alegría y de animación: simplicidad, dulzura, afabilidad eran los principales rasgos de su carácter. “Mamá sonreía siempre”, testifican sus hijos. Marcada por el amor a la voluntad de Dios, estaba abierta con ánimo sereno a cuanto el Señor disponía en la alegría y en el dolor. Nos encontramos frente a una mujer de fuerte personalidad, dotada de dotes excepcionales, tanto humanas como cristianas. Una mujer de oración y de celo apostólico que, anticipando los tiempos, encuentra en sí la fuerza moral para imponerse como líder en el campo social y en el ámbito eclesial. Supo realizar una magnífica síntesis de contemplación y de acción: las figuras evangélicas de Marta y María se encuentran fusionadas y sincronizadas en la existencia de la nueva Beata. Ella se nos presenta hoy, especialmente a las mujeres, como un modelo de vida apostólica: oraba y actuaba, tenía la mente fijada en el cielo y los ojos vueltos hacia la tierra; adoraba y exaltaba la grandeza de Dios y se ocupaba de las miserias y de las necesidades de los hombres.

Que la Iglesia que está en México sepa imitar la mirada profética y el corazón abierto a los hermanos, con una generosa labor apostólica que encuentre su raíz en la fe cristiana, sublime patrimonio moral y cultural de esta nación. Que con su intercesión, nos ayude a escuchar las actuales voces suplicantes de cuántos experimentan una pobreza espiritual o material y responder a ella con esa fantasía de la caridad que distingue a los fieles discípulos del Evangelio. Por eso le imploramos: Beata María Concepción Cabrera, ¡ruega por nosotros!

© Librería Editorial Vaticana

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