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La verdadera crisis (y oportunidad) de la Iglesia en Estados Unidos

Según el teólogo George Weigel

CHARLESTON, Carolina del Sur, 24 mayo 2003 (ZENIT.org).- A continuación publicamos un discurso del teólogo católico George Weigel en un almuerzo diocesano en Charleston, Carolina del Sur, el 15 de abril, en la que reflexiona sobre los retos y oportunidades que plantea la crisis que atraviesa la Iglesia católica en Estados Unidos.

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La verdadera crisis (y oportunidad) de la Iglesia en Estados Unidos
Por George Weigel

Desde hace 16 meses, nos hemos acostumbrado a hablar en términos de Iglesia en crisis. La crisis causada por los abusos sexuales del clero y el mal gobierno episcopal es, según mi criterio de estudioso de la historia del catolicismo en Estados Unidos, la mayor crisis en la historia de la Iglesia en este país. Es así porque toca verdades que están en misma «constitución» de la Iglesia, tal y como dicha «constitución» nos ha sido dada por Cristo mismo.

Es por eso que resulta muy importante recordar que, en el mundo del pensamiento bíblico, la palabra «crisis» tiene dos significados. El primero es el sentido familiar de la palabra: una «crisis» es una agitación de cataclismo, un derrumbamiento de algo que parecía fijo y seguro. Y nosotros, ciertamente, estamos experimentando la «crisis» en tal sentido, en estos últimos 16 meses. Pero el mundo de la Biblia también considera la «crisis» como una oportunidad: un momento de maduración con el potencial para una conversión más profunda. Si la crisis-como-cataclismo se convierte en crisis-como-oportunidad en la Iglesia católica en Estados Unidos, entonces debemos reconocer que, en el fondo de la cuestión, la crisis de hoy es una crisis del ser discípulos; una crisis de fidelidad. Y el único remedio para una crisis de fidelidad es… fidelidad.

Cada crisis de la historia católica ha sido una crisis causada por una insuficiencia de santos, por un déficit de santidad. Puesto que la santidad es una vocación bautismal de todo cristiano, esta dimensión de la crisis nos toca a todos nosotros en la comunidad de los bautizados. Todos nosotros tenemos una responsabilidad de ayudar a convertir la crisis-como-cataclismo en crisis-como-oportunidad. Ejercitar tal responsabilidad requiere que todos nosotros, sea cual sea el estado de vida cristiano en que vivamos, examinemos nuestras conciencias y reflexionemos si estamos llevando profundas, intencionales y radicales vidas cristianas de discípulos, aventurándolo todo por el Señor, acordándonos cada día de qué es el Reino por cuya venida rezamos, y su Iglesia en la que desempeñamos nuestro servicio.

Aquí puede ayudarnos la escena evangélica de Jesús y Pedro en el Lago de Galilea. Cuando Pedro mantiene sus ojos fijos en el Señor, puede hacer lo que parece imposible, puede andar sobre las aguas. Cuando aparta su mirada de Cristo y comienza a buscar su seguridad en cualquier otra parte, se hunde. Nosotros también podemos hacer lo que parece imposible, si mantenemos nuestra mirada fija en Cristo. Cuando miramos a otra parte, nos hundimos. Esto es cierto tanto para la Iglesia como para cada cristiano individualmente. Y éste es el porqué la santidad es la respuesta a la crisis católica de hoy.

¿Qué es la santidad? La santidad es vivir en la verdad viviendo la verdad sobre la condición humana revelada por Cristo. Vivir en esta verdad, nos convierte en la clase de personas que puede vivir con Dios para siempre. Es por lo que el Santo Padre, hablando a los cardenales de Estados Unidos hace ya casi un año, decía que la crisis de hoy se gestó por una falta de vivencia y enseñanza de la plenitud de la verdad católica. Cuando fallamos al enseñar la verdad y al vivir la verdad, cuando sustituimos lo que Cristo nos ha revelado como la verdad, el camino y la vida, por lo que nosotros imaginamos que son nuestras verdades, no vivimos como los santos que estamos llamados a ser – los santos que debemos ser, si vamos a vivir para siempre, en felicidad con Dios.

Esto, a su vez, significa que no puede haber reforma de la Iglesia sin referencia a la forma. Y la «forma» de la Iglesia ha sido establecida por Cristo, no por nosotros. La Iglesia es de Cristo, no de nosotros. No hemos creado la Iglesia; ni lo hicieron nuestros antepasados cristianos; ni los teólogos o asistentes pastorales, ni tampoco los donantes al fondo anual diocesano. La Iglesia ha sido, es, y siempre será creada por Cristo, que subrayó este punto cuando dijo a sus discípulos, «No me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros» (Juan 15:16).

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