Roma vive uno de los momentos ecuménicos más importantes del Jubileo

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El Papa se asocia a la celebración ortodoxa de la Transfiguración

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CASTEL GANDOLFO, 7 agosto (ZENIT.org).- La preocupación por la desunión de los cristianos se convirtió en el tema de las palabras que pronunció Juan Pablo II ayer, domingo de la Transfiguración, al encontrarse a mediodía con miles de peregrinos en la residencia papal de Castel Gandolfo.

Se trata de una fiesta litúrgica que católicos y ortodoxos celebran el mismo día. Por este motivo, se ha convertido en este año 2000 en un motivo de encuentro y de promoción del diálogo ecuménico entre estas dos confesiones cristianas. En la noche del sábado, se había celebrado en la catedral del Papa, la Basílica de San Juan de Letrán, una vigilia de oración en respuesta a una petición realizada por el patriarca de Constantinopla, Bartolomé I.

La Iglesia católica –dijo ayer el Santo Padre– «ha acogido con alegría» el llamamiento del patriarca ecuménico de celebrar unidos este rito «sugerente», que tuvo lugar «en comunión de fe y de intenciones». «Ha sido una ocasión propicia para subrayar la profesión común de fe en Jesucristo, Hijo de Dios –añadió Juan Pablo II–, y la voluntad de obedecer a su Evangelio».

Refiriéndose a la Transfiguración, fiesta muy sentida por los ortodoxos, el Papa señaló que «nos encontramos ante una auténtica epifanía: la manifestación al mundo del Hijo de Dios. Nos encontramos en el centro del misterio cristiano y, por tanto, también del Jubileo que nos alienta a renovar nuestra fidelidad a Cristo».

«De hecho –aclaró–, las diferentes manifestaciones jubilares son para los creyentes ocasiones privilegiada para encontrarse con él y confirmar la firme voluntad de cooperar con su designio universal del salvación».

La vigilia de oración ecuménica celebrada en Roma por propuesta del patriarca ecuménico de Constantinopla, que constituye el signo de unidad para todas las Iglesias ortodoxas, estuvo presidida en la noche del 5 de agosto por el cardenal Edward Idris Cassidy, presidente del Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos. Además de católicos y ortodoxos, participaron en el encuentro fieles anglicanos y luteranos.

El mensaje que dejó el cardenal Cassidy al concluir su meditación, pronunciada en representación del Papa fue claro: «Tenemos que renovar nuestro compromiso y trabajar por el nombre objetivo de restablecer nuestra unidad».

Bartolomé I ya había lanzado la propuesta de vivir este encuentro ecuménico en 1996: «Invitamos a todos aquellos que creen en Cristo y que combaten la buena batalla por él, dondequiera que se encuentren en la tierra, a celebrar las 24 horas del 6 de agosto de 2000 como una solemne vigilia, para dar gloria al eterno Dios», escribía el patriarca de Constantinopla. Y la solemne celebración celebrada en Roma el sábado pasado se convirtió precisamente en una invocación común de los cristianos de las diferentes Iglesias. El misterio de la Transfiguración, central para la teología ortodoxa, fue escogido por esta Iglesia como el momento más importante del Jubileo del año 2000.

El archimandrita Policarpo, quien representó al patriarca Bartolomé en la liturgia celebrada en Roma, explica así el significado que tiene este día para los ortodoxos. «La luz divina del Tabor nos guía a la divinización. Para la teología ortodoxa, es signo de la divinización del hombre: el hombre entrará, será visitado por esta luz increada, la misma del monte Tabor, y entrará en su corazón, en la oración».

De este modo, el 5 de agosto se convirtió en uno de los grandes momentos ecuménicos de este Jubileo, tras la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pablo Extramuros, el 18 de enero pasado, y la conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX, en la que participaron y fueron mencionados cristianos de las diferentes Iglesias, el 7 de mayo.

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ZENIT Staff

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