PARIS, 15 dic (ZENIT.org).- La Comisión Social de los obispos franceses, presidida por monseñor Olivier de Berranger, obispo de Saint-Denis, al concluir un trabajo que ha durado seis meses, ha decidido lanzar un grito de alarma sobre la situación de la prostitución en Francia y en Europa.

El documento «La esclavitud y la prostitución», hecho público hace pocos días, revela la intención de ir a la raíz del problema y de no contentarse con vagas declaraciones sobre la moral.

En primer lugar, los obispos describen el mundo de la prostitución (20.000 personas en Francia, de las que entre 5 y 6.000 están en la calle), que es el primer eslabón de una cadena de criminalidad que incluye otros como el comercio de droga y de armas.

La llegada de las prostitutas provenientes del Este ha cambiado la situación del mundo de la prostitución: hoy, dice el documento episcopal, el mercado del sexo está gestionado por «bandas que actúan a través de toda Europa, por lo que hay que hablar de tráfico, de "trata de esclavos"».

El análisis de la Comisión social se vale de la experiencia de las numerosas asociaciones que luchan contra la prostitución para llenar el vacío dejado por las instituciones. La conferencia organizada en mayo pasado en París por once asociaciones sobre el tema «Pueblo del abismo, la prostitución», ha ofrecido una serie de informaciones que han sido usadas en gran medida por los obispos franceses, deseosos de hacer frente a las realidades concretas. De estas realidades forma parte el secuestro, la tortura, la venta en subasta, el paso de mano de una banda a otra, el traslado cada quince días, la muerte en caso de rebelión.

«Los obispos franceses han decidido hacer esta declaración sobre la prostitución por petición explícita de las asociaciones --ha explicado al diario «Avvenire» el padre Damien Ledouarein, secretario de la Comisión Social--. Vista la situación especialmente alarmante, común a toda Europa, hemos invitado a los episcopados de la Europa de los 15 (reunidos en la COMECE) a escribir juntos un documento, no habiendo recibido respuesta, hemos decidido ir adelante solos, siempre esperando poder hacer en el futuro un trabajo común».

Ante la prostitución, los obispos franceses advierten: atención a no caer en la trampa de la banalización; la venta del cuerpo es incompatible con la dignidad de la persona humana. Por esta razón, la prostitución no podrá ser nunca considerada un «trabajo». No existe una «buena» y una «mala» prostitución, distintas jurídicamente por el libre consentimiento de la persona que se prostituye.

«La prostitución, reduciendo las relaciones humanas a mercancía, desconoce la obra del Creador --dice el documento--. Representa el rechazo del proyecto divino que toca a cada persona humana y por tanto, por lo que respecta a la fe, es un pecado, tanto personal, como colectivo».

Quien conoce las violencias a las que son sometidas las mujeres que trabajan en las aceras, ¿cómo puede pensar en recurrir a sus servicios? «La represión no ha servido nunca de nada --recuerda el padre Ledouarein--. Las asociaciones que desde hace años trabajan en contacto con las prostitutas para ayudarlas a salir de aquél ambiente, nos han hecho tomar conciencia del papel de la prevención: hay que ayudar a las familias cuyos hijos e hijas están en una situación de riesgo; hacer conocer los daños provocados por la prostitución, y que no se limitan sólo al campo sanitario, a través de la correcta educación en las escuelas. Recordamos que de las 20.000 personas que se prostituyen en Francia, la mitad son de todos modos jóvenes franceses».

Prevención y reinserción son las palabras clave que han hecho propias los obispos franceses y sobre esta base piden al estado francés que se comprometa concretamente: que el código civil declare formalmente que el cuerpo no puede ser objeto de comercio.

A nivel europeo y mundial el documento episcopal invita a los organismos internacionales a comprometerse concretamente contra la posición en la que se alinean algunos estados europeos, decididos a «reglamentar» la prostitución, para hacer de ella un trabajo; pide que se haga presión sobre los estados que no han ratificado la Convención internacional del 2 de diciembre de 1949 «contra la trata de seres humanos y la explotación de la prostitución».

En última instancia, los obispos piden que la ONU cree un «mecanismo de control» destinado a supervisar la aplicación de la Convención de 1949.