Año Internacional de las Montañas: Oportunidad para la meditación

Una peregrinación a 2.300 metros «abre los ojos para alabar a Dios»

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BOLZANO-BRESSANONE, 26 junio 2002 (ZENIT.org).- Al celebrarse el Año Internacional de las Montañas, proclamado por la ONU para 2002, monseñor Wilhelm Egger, obispo de Bolzano-Bressanone (norte de Italia), no ha dudado en ofrecer a sus fieles motivos para reflexionar sobre el valor de la creación.

El sábado pasado, guió una tradicional procesión que alcanzó los 2.300 metros de altura, en los Alpes Dolomitas, y llevó una cruz al santuario más alto de Europa. Después celebró la eucaristía.

«Es posible contemplar las montañas y todo el territorio con los ojos de un geólogo, de un botánico, o con los ojos de la gente de Kirghizistán […] porque allí nació la idea del Año de las Montañas, especialmente porque les preocupa el agua y la supervivencia de las personas», comenta monseñor Egger en declaraciones a Radio Vaticano.

Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) decía que «la esencia de la vida es la tendencia hacia algo que está en lo alto», recuerda el prelado.

«El autor decía que se puede conocer a las personas por la manera en que se conducen en la montaña: algunos se cansan enseguida; otros caminan algo más, ven el panorama y ya les parece suficiente; después están los que suben a la alta montaña. Esto representa un poco al hombre. He leído –en algunos textos del Santo Padre– que la montaña enseña quién es el hombre y nos orienta a caminar siempre hacia lo alto».

No es casualidad, aclara el prelado que es experto en Sagrada Escritura, que en la Biblia haya 500 alusiones a las montañas. Algunas tienen un papel importantísimo: el Sinaí, el Monte de Sión, el Gólgota. El final de la historia acontece cuando la Jerusalén celeste se revele en una montaña.

Todo obispo, reconoce por último monseñor Egger, debe «caminar con el pueblo que le ha sido confiado».

«Me gusta la frase que una vez me dijo el Santo Padre: «Usted debe ser un obispo muy feliz con estas hermosas montañas». Sé cuánto ama el Papa las montañas. Lo hemos comentado muchas veces. Para mí también representa un símbolo de un pueblo en camino, y como obispo soy feliz por más motivos: por la belleza de la naturaleza, por la presencia de las personas, a quienes he entregado el texto de San Buenaventura: «Abre los ojos, abre los oídos para alabar a Dios»».

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ZENIT Staff

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