Profesor Carrasco Rouco: La vida humana, un bien absoluto y sagrado

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MADRID, 15 de marzo de 2003 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención del profesor Alfonso Carrasco Rouco, de la Facultad de Teología «San Dámaso» de Madrid pronunciada el 29 de enero en la videoconferencia internacional de teología organizada por la Congregación vaticana para el Clero sobre la paz.

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El significado de esta formulación moral puede ser descrito sintéticamente con palabras de la carta encíclica Evangelium vitae: «La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral, y nunca puede ser lícita como fin, ni como medio para un fin bueno».

Se trata, pues, de un precepto moral negativo, que obliga «semper et pro semper» y califica un determinado comportamiento como intrínsecamente malo; es decir, que, en virtud de su significado objetivo intrínseco, contradice el bien y la verdad, la dignidad de la persona y no es ordenable ni a Dios ni a la caridad. Más allá, pues, de circunstancias e intención, por su objeto moral propio, la decisión deliberada («deliberatum consilium») de matar a un inocente, tal acción es siempre y en todo caso mala; ni puede asegurar su bondad moral ponderación alguna de bienes o consecuencias que puedan seguirse de tal acto.

En este sentido puede comprenderse la precisión «ni como fin ni como medio para un fin bueno», que explica, por otra parte, lo indicado con el adverbio directe; pues la muerte del inocente se busca también cuando se la considera medio para alcanzar un fin. Diferente sería si el objeto del acto humano fuese otro, en ningún caso la muerte del inocente, y ésta se siguiese indirectamente sin haber sido querida en modo alguno (como, por ejemplo, en el caso clásico, estudiado por la teología moral, del aborto indirecto).

Se caracteriza el objeto del acto moral como matar a un inocente. Este término no ha de ser entendido en el sentido de alguien inmaculado, sin tacha moral alguna; sino como alguien que no es agresor de la vida de otra persona. Con ello no se reduce el significado del quinto mandamiento, que afirma el valor absoluto e inviolable de la vida humana; pues la defensa contra un agresor injusto no es una excepción del mandamiento, sino un actor moral esencialmente distinto.

Todo precepto moral negativo sirve para la defensa de los bienes y derechos esenciales de la persona. Aquí se trata del bien fundamental de la vida humana, que es considerado absoluto y sagrado. Absoluto no quiere decir infinito (lo que es propio de Dios y haría incomprensible el don de la propia vida física), sino inconmensurable, no relativizable o intercambiable con otros en situación de conflicto, por estar ordenada a su fin en Dios mismo. En efecto, la vida humana es sagrada por su relación especial con Dios, que la crea a su imagen y semejanza, y es, por tanto, origen y destino suyo de modo particular.

Matar al inocente lo priva de un bien suyo fundamental y no será nunca adecuado a la persona; se comete así una injusticia para con ella, así como también para con Dios. Se olvida, en particular, que el hombre no es dueño absoluto de la vida, sino administrador suyo, que ha de ejercer esta tarea moral con sabiduría y amor. El señorío y el poder confiado por Dios al hombre tiene límites, en particular los de la vida del inocente y sus bienes esenciales, que no está en mano y a disposición de nadie para la consecución de sus fines; sino que interpela ineludiblemente a todos y cada uno pidiendo ser reconocida y respetada, protegida y promovida, especialmente cuando es débil e indefensa.

De esta manera ordenará verdaderamente la persona sus actos a Dios, la justicia y la caridad –en palabras de la encíclica «Evangelium vitae»–, «reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona, y no como una cosa de la que se puede disponer», sin privilegios ni excepciones según ningún tipo de criterios mundanos.

En resumen, como afirma la Declaración «Iura et bona», de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo».

Esta doctrina sobre el valor de la vida humana está inscrita en el corazón del hombre y puede ser conocida por la razón de todo aquel que esté abierto a la verdad y al bien. El magisterio reciente de la Iglesia ha querido recordar su afirmación definitiva por el Evangelio mismo, siempre salvaguarda en la Historia por la Tradición, y confiar de nuevo con la mayor solemnidad la verdad de esta enseñanza moral; precisamente a causa de las diferentes formas de negación en nuestras sociedades, expresiones de una verdadera cultura de la muerte. Pues la destrucción física de la vida del inocente conlleva siempre mentira y acarrea ruina al hombre y a la sociedad, la cual, aceptándola e incluso aprobándola legalmente, se encuentra ante el riesgo muy grave del relativismo moral.

Urgiendo la verdad de este precepto moral, la Iglesia cumple hoy su misión ineludible a favor de la salvación del hombre y del mundo, en la forma hoy prioritaria de la defensa del Evangelio de la vida: anunciando y proclamando el valor absoluto y sagrado de la vida de la persona, creada por Dios con su dignidad peculiar, y para cuya salvación entregó a su único Hijo, Jesucristo, nuestro Señor; Él se hizo hombre por nosotros, murió en la cruz y resucitó, para que tuviésemos vida y vida en abundancia, vida eterna.

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ZENIT Staff

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