La paz predicada por Juan XXIII, cimiento de la «Fraternidad de Naciones»

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Según el historiador italiano Giorgio Rumi

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ROMA, 11 abril 2003 (ZENIT.org).- Hace cuarenta años, en plena celebración del Concilio Vaticano II, con la publicación de la Encíclica «Pacem in terris» Juan XXIII aportaba las claves para construir la verdadera paz, idénticas para cada persona y para las naciones en cuanto tales.

Es uno de los legados del siglo XX para que la «Sociedad de Naciones» sepa convertirse en una «Fraternidad de Naciones», según subrayó el historiador italiano Giorgio Rumi en la edición de este viernes de «L´Osservatore Romano».

La existencia de un orden universal –querido por Dios– referido a las personas y al conjunto de las relaciones sociales fue el punto de partida de un texto que equilibró con precisión «la esfera de los derechos con la de los deberes personales y sociales», según apunta Rumi, catedrático de Historia contemporánea en la Universidad de Milán.

De esta forma «sólo la libre asunción de las responsabilidades recíprocas asegura el futuro, si bien es cierto, como se lee en la «Pacem in terris», que «una convivencia fundada sólo en relaciones de fuerza no es humana»».

La paz, lejos de ser un simple sentimiento, es «la paciente construcción de un mundo nuevo», de acuerdo con el historiador. El propio Juan Pablo II se encargó de recordar recientemente los requisitos que Juan XXIII estableció como fundamento de su encíclica: verdad, justicia, amor y libertad.

«La convivencia humana… debe ser considerada ante todo como un hecho espiritual», decía el Papa Angelo Roncalli. El orden que le debe dar forma «es un orden que se funda en la verdad, que hay que llevar a efecto según la justicia, que demanda ser vivificado e integrado por el amor y que exige ser recompuesto en la libertad en equilibrios siempre nuevos y más humanos».

Según el historiador, el desafío actual está en las relaciones entre las naciones, puesto que «la misma ley moral que regula las relaciones entre los seres humanos regula también las relaciones entre las respectivas comunidades políticas», decía el texto. No existe, pues, una ética especial para las potencias mundiales.

En este punto, Juan XXIII acudió al Antiguo Testamento presentando una advertencia a los grandes de la tierra: «El poder os ha sido dado por el Señor y la dominación desde el Altísimo, el cual examinará vuestras obras y será escudriñador de los pensamientos».

Ciertamente existen diferencias evidentes entre las comunidades políticas, ya sea de fuerza, de cultura o de disponibilidad de bienes, «pero ello –dice la Encíclica– nunca puede justificar el propósito de hacer pesar la propia superioridad sobre los demás; antes bien constituye una fuente de mayor responsabilidad».

Juan XXIII reveló finalmente otra norma relacional, constata Rumi: «Hay que superar las diferencias y resolver las controversias, no con el recurso a la fuerza o con el fraude, sino, como conviene a los seres humanos, con la recíproca comprensión, a través de valoraciones serenamente objetivas y la equitativa reconciliación».

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ZENIT Staff

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