150º aniversario: Historia y significado del Dogma de la Inmaculada Concepción

Entrevista con el padre Jesús Castellano Cervera, ocd

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ROMA, domingo, 18 julio 2004 (ZENIT.org).- El Dogma de la Inmaculada Concepción –de cuya proclamación se celebra este año el 150º aniversario– redescubre en su profundidad la expresión «Llena de gracia», explica el padre Jesús Castellano Cervera, carmelita descalzo, consultor de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe.

La celebración de este aniversario –y la solemnidad de la Asunción– llevará a Juan Pablo II de peregrinación a Lourdes el 14 y 15 de agosto próximo. Es el lugar donde María, con su aparición a Bernadette en 1858, confirmó la verdad de su Inmaculada Concepción, proclamada por el Magisterio.

Especialista en estudios marianos, el padre Castellano profundiza en esta entrevista concedida a Zenit sobre el origen y alcance de este Dogma.

–¿Cuál es la historia y el significado de este dogma?

–P. Castellano Cervera: Se trata de una historia compleja y larga. Se remonta a la comprensión del misterio de María en su relación privilegiada con Dios y con el misterio de la salvación, a la cual Ella está asociada desde el primer instante de su existencia, como llena de la gracia y del amor de Dios.

–¿Puede explicar cómo se ha desarrollado desde su origen?

–P. Castellano Cervera: Tal conciencia se desarrolla primero a nivel de la fe del pueblo, en la comprensión de su concepción como un momento de gracia; ante todo a partir de los Evangelios apócrifos, que narran la gracia del encuentro de sus padres Joaquín y Ana; de esta narración viene la fiesta de la Concepción de Ana en la liturgia bizantina, celebrada desde el siglo VIII el 9 de diciembre.

Esta fiesta se introduce hacia el siglo X en Occidente y celebra explícitamente la Concepción de María sin pecado original. Tal fiesta se extiende al Calendario universal por parte de Sixto IV en 1476 con una formulación muy bella, pero lamentablemente reducida a sencilla memoria de la «Concepción de María» en el Misal de 1570.

La piedad popular y la celebración litúrgica suscitan un gran debate entre teólogos de tendencias opuestas. Por un lado hay teólogos que defienden la concepción de María sin pecado original, y por otro los que la niegan para afirmar que también María tuvo que ser alcanzada por la redención de Cristo.

Duns Scoto ofrece la clave teológica de la comprensión del misterio afirmando que María ha sido preservada del pecado original en previsión de los méritos de Cristo. El sentido de los fieles, la liturgia y la teología reciben finalmente la confirmación del Magisterio de la Iglesia, que, después de situaciones de distinto género, llega a la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción por parte de Pio IX el 8 de diciembre de 1854 con la Bula Ineffabilis Deus.

–¿Qué razones llevaron a la definición de este dogma?

–P. Castellano Cervera: Ante todo una mejor comprensión de los datos de la revelación, en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, fundamento de toda definición dogmática, con la ayuda del Espíritu Santo, que lleva a la Iglesia a la plenitud de la verdad.

En modo particular ha sido redescubierta en su profundidad la expresión «Llena de gracia», palabra que dirigió el Ángel a María en la Anunciación como reveladora de la condición de María frente a la Trinidad desde el inicio de su existencia y como ha sido querida desde la eternidad en el proyecto de Dios: «Tú que eres y has sido siempre llena de la gracia de Dios».

A la luz de esta palabra clave, también se ve toda la realidad de María como colaboradora de Cristo en la redención. No podía estar ni siquiera por un instante fuera de la gracia de Dios aquella que es llamada a colaborar como Madre del Redentor en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.

Pero además de este aspecto negativo –la ausencia del pecado original– María es presentada desde el primer instante de su existencia como la Hija predilecta del Padre, la Madre del Hijo Redentor, el tabernáculo del Espíritu Santo, Toda Santa, plasmada y hecha criatura nueva por el Espíritu Santo, sumamente amada por Dios.

Es la plenitud de la comprensión del dogma, como viene también explícitamente en la «Lumen Gentium» (n. 56) y en el bello prefacio actual de la solemnidad de la Inmaculada Concepción, que le canta también como Madre del Cordero sin mancha, e inicio y figura de la Iglesia, Esposa sin arruga y sin mancha.

De esta manera aparece con claridad que María es una excepción del pecado original y en Ella permanece intacto el proyecto original de Dios y la futura suerte de la Iglesia, llamada a ser por siempre «santa e inmaculada en el amor».

Como afirmaba Max Thurian, Inmaculada Concepción quiere decir que en María todo es gracia desde el inicio y Ella es testigo de que todo viene de Dios. Y que María corresponde a esto con absoluta libertad de amor, no manchada por el pecado.

–El Santo Padre viajará a Lourdes. ¿Cuál es el significado de este viaje?

–P. Castellano Cervera: Lourdes es el lugar donde María, con su aparición a Bernadette en 1858, confirmó la verdad de su Inmaculada Concepción, proclamada por el Magisterio. Desde el inicio, Lourdes se ha convertido en un lugar carismático envuelto por una especial presencia del misterio y de la maternidad espiritual de María Inmaculada como remedio para las enfermedades del cuerpo y del alma.

Es un lugar terapéutico en el sentido más bello de la palabra, esto es, donde María sigue ejerciendo su protección y su característica función materna a favor de los hermanos de Cristo, enfermos en el cuerpo y en el espíritu a causa del pecado que ha introducido en el mundo la enfermedad y la muerte, la debilidad física y moral.

El Papa pone de relieve estos aspectos con su presencia; acude a celebrar el 150º aniversario de la definición del Dogma de la Inmaculada en el lugar donde se recibió una especial confirmación por parte de la propia Virgen María, y como peregrino lleva en su persona la debilidad de este mundo y la imploración de la presencia espiritual de María para sanar las llagas de nuestra sociedad, que necesita del Evangelio de la esperanza.

–María es la expresión de la caridad de Dios hacia la humanidad. ¿Será por este motivo que se apareció en Lourdes? ¿Y que sigue siendo nuestra Abogada?

–P. Castellano Cervera: La presencia materna de María acompaña siempre la vida de la Iglesia y de todo fiel, es más, de toda persona, confiada por Cristo a Ella desde la Cruz. Pero esta presencia se hace en circunstancias particulares una «epifanía», una manifestación visible y solemne. En este caso para indicar que la Inmaculada Concepción es un misterio de fe y de salvación, una manifestación del amor de Dios que vence el pecado y la muerte y un signo de esperanza para todos.

Cuantos en Lourdes han experimentado la curación de las enfermedades del cuerpo y del espíritu, las muchas «pneumapatologías» de nuestra humanidad, son testigos de una presencia especial de María que llama a la conversión y a la vida nueva, fuente de reconciliación con Dios y con los hermanos.

María, unida al Espíritu Santo, nuestro Abogado, continúa siendo, como la invocamos en la Salve, «Abogada nuestra», aquella que ora por nosotros, que nos defiende del mal y del maligno, pero que también nos inspira y nos impulsa a vivir en Cristo.

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ZENIT Staff

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