«Una caridad fría no es cristiana»

Comentario de la teóloga Jutta Burggraf a la encíclica «Deus caritas est»

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PAMPLONA, miércoles, 8 febrero 2006 (ZENIT.org).- La teóloga Jutta Burggraf, profesora de la Universidad de Navarra, confiesa en esta entrevista concedida a Zenit la «alegría y asombro» ante «Deus caritas est» y subraya las novedades de esta primera carta encíclica de Benedicto XVI.

–Como mujer y teóloga, ¿qué valora más de esta encíclica?

–Burggraf: Toda la encíclica me ha producido alegría y asombro. Benedicto XVI va directamente al corazón de nuestra fe. ¡Dios nos ama, es el gran Amante, el primer Amante! Y el cristiano es aquel que ha encontrado el amor de su vida.

Dios nos ha hecho para amar. Por la misma constitución de nuestra naturaleza tenemos la vocación de ser amantes. Hace algunas décadas, la escritora alemana Gertrud von Le Fort invitó a sus contemporáneos a darse cuenta de esta realidad maravillosa y a «convertirse» a su propia humanidad; porque –según ella– cuando uno es profundamente humano, Dios se revela a través de él. Y esta es hoy en día la única «prueba» de la existencia de Dios, que amplios sectores de nuestras sociedades están dispuestos a aceptar.

El Papa nos pone como ejemplo a la beata Teresa de Calcuta. Esta mujer sencilla ha comprendido la grandeza del amor divino: se dejó amar y amó. No actuó por sus propias fuerzas, sino movida por la energía del Espíritu, cuando se dedicó en cuerpo y alma a ayudar a los más pequeños, a los más pobres y necesitados. Irradió bondad y atrajo a millones. El esplendor de Dios se reflejó en su rostro. Era mucho más bella que cualquier estrella de cine que se ajusta a las actuales medidas de la estética.

–El Papa dedica su encíclica al amor y a sus tipologías. ¿Qué le ha parecido su aproximación?

–Burggraf: Benedicto XVI hace lo que ha hecho durante toda su vida: entra en diálogo con la modernidad. Busca el fondo común en las diversas posturas e ideologías. Con respecto al amor, no se puede decir que el cristianismo predique un oscuro y obstinado “interés” por los demás, mientras que el mundo secularizado se centre en el «impulso ardiente» hacia el otro. Ciertamente, hubo y hay deformaciones, pero el amor es fundamentalmente uno: es una relación afectiva y efectiva con otro.

La caridad comprende en sí misma todas las configuraciones del amor, tanto la atracción («eros») como la entrega («agapé»). Podemos descubrir en cada hombre algo bueno y bello que nos conmueve; y descubrimos también en cada uno muchas necesidades que estamos llamados a aliviar. Pero el amor no sólo consiste en dar, sino también en recibir. En el fondo, somos unos “pobres mendigos” que siempre reciben más que lo que pueden dar. Esto vale incluso para el caso límite en que diéramos nuestra vida por amor, ya que la misma vida es un don del Creador.

El Papa subraya que el amor se dirige en un único movimiento a Dios y al prójimo. En efecto, no puedo amar verdaderamente a Dios, si rechazo a sus hijos y amigos. Y tampoco puedo amar a los demás con generosidad, si me cierro a la fuente de vida y de salvación.

Aparte de esto, las clasificaciones del amor son más bien teóricas. Benedicto XVI considera que cada persona es única e irrepetible, y se relaciona de un modo siempre original con Dios y con los demás. Dios, el eternamente Nuevo, me ama de un modo distinto al que te ama a ti. Y yo también le correspondo de manera diferente a cómo tú lo haces. Lo mismo se aplica al amor entre un padre y su hijo, entre hermanos, amigos o cónyuges: cada relación de amor es única y libre, y es diferente a todas las demás.

–El Papa no separa «eros» de amor, ¿es una novedad este nexo, en una encíclica?

–Burggraf: Sí, es una novedad para una encíclica. Juan Pablo II ha preparado este paso, especialmente con sus estudios sobre «Amor y Responsabilidad» y –siendo Papa– con sus catequesis sobre la «Teología del cuerpo».

No hay pocos que experimentan esta novedad como liberadora. Es como decir con toda autoridad: una «caridad fría» no es cristiana, y ni siquiera es humana. Es una ofensa a Dios y a los demás. Estamos llamados, realmente, a amar «con todo el corazón», con un corazón que se deja maravillar, pletórico de anhelos, de cariño, con ansias de entrega, cultivando y mostrando el rico mundo de los sentimientos.

–El amor no es sólo sentimiento, recuerda el Papa. ¿Cree que culturalmente prevalece esta idea de amor como sentimiento, chispa?

–Burggraf: Sí, especialmente entre algunos grupos de jóvenes prevalece la idea de amor como una chispa y «nada más». Cuando ya no siento nada, se acaba el amor… Aparte de la manipulación de los medios, puede tratarse de una reacción a algunas exageraciones de las épocas pasadas que insistían, a veces, con demasiada vehemencia en el deber de entregarse, y convertían así «en amargo lo más hermoso de la vida».

Las pasiones pueden asumir una fuerza destructora en nuestra naturaleza caída. Benedicto XVI destaca, por tanto, que hay que purificar y madurar el «eros». Pero no se trata de reprimirlo. Un amor pleno mantiene viva la vibración interior.

El amor, por fin, es compatible con el dolor. Quizá es este dolor «sufriente» que se asemeja más al amor de Dios a los hombres: a nosotros, que le «decepcionamos» cada día de nuevo. «Siempre hay en el amor algo de locura –dice Nietzsche (a quien el Papa cita al principio de su encíclica)–; pero también hay siempre en la locura algo de razón».

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ZENIT Staff

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