Los orígenes católicos de la Unión Europea

Entrevista con el historiador Alan Fimister

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NEWCASTLE, Inglaterra, domingo, 5 octubre 2008 (ZENIT.org).- La idea original de la Unión Europea tienen profundas raíces en la enseñanza social católica, según el autor de un libro sobre Robert Schumann, uno de los fundadores de la institución.

El historiador católico Alan Fimister, autor de «Robert Schumann: Neo-scholastic Humanism and the Unification of Europe» (Robert Schumann: Humanismo Neoescolástico y la Unificación de Europa), publicado por Peter Lang, afirma que las actuaciones de Schumann en 1950 para encontrar lo que sería más tarde la Unión Europea fueron, hasta un grado notable, la puesta en práctica consciente del proyecto neotomista del Papa León XIII (1878-1903).

En esta entrevista con ZENIT, Fimister defiende la visión católica de los fundadores de la Unión Europea y la contribución que ofrece a la comprensión de la Unión Europea de hoy.

–¿Cuál fue el papel del Papa León XIII (1878-1903) en el desarrollo de la idea de integración europea?

–Fimister: El Papa León no estaba directamente preocupado por el tema de Europa. La realidad política de su época fue la de los grandes imperios coloniales multinacionales basados en Europa que dividía el mundo entre ellos. Lo que le preocupaba era el colapso del intento, al final de las guerras napoleónicas, de restaurar el orden europeo que precedió a la Revolución Francesa.

El fracaso del «Tratado de Viena» de 1815 – que había intentado rediseñar el mapa político de Europa tras la derrota de la Francia Napoleónica – había dado vía libre a las fuerzas que habían dirigido la misma Revolución Francesa, es decir, el nacionalismo, el liberalismo y el anticlericalismo.

Quedó claro, especialmente en Francia, que la asociación de la Iglesia con una forma particular de gobierno – el regalismo – eclipsó el más importante mensaje del papel de la religión en la vida pública y en los requisitos morales del estado. El Papa León hizo el primer objetivo de su papado lograr «la restauración, tanto en los dirigentes como en los pueblos, de los principios de la vida cristiana en la sociedad civil y doméstica» – y resolver las dificultades de la Iglesia con la República Francesa y con el republicanismo en general.

Hizo de la primacía de la filosofía cristiana de Santo Tomás de Aquino en el pensamiento católico el primer fundamento de este proyecto. Produjo nueve cartas encíclicas que forma los elementos fundamentales de la enseñanza social católica, y dejó claro que la Iglesia era neutral en el tema de las diversas formas de gobierno. La vieja monarquía, el imperio y la república eran todos aceptables si se ajustaban a los requisitos de la ley natural y revelada.

–¿Cómo se trasladó esta visión a los planes concretos de una nueva Europa?

–Fimister: Tras la Primera Guerra Mundial quedó claro que el poder global de Europa estaba en entredicho. La Europa Occidental y Central estaban amenazadas por el ascenso del comunismo pero, más bien que ver los desastres, consecuencia del rechazo de la fe, la gente volvía a las ideologías neopaganas del derecho a reaccionar a esta amenaza.

El Papa Pío XI enseñó que fue Santo Tomás quien «compuso una teología moral sustancial, capaz de dirigir todas las acciones humanas en concordancia con el fin último y sobrenatural del hombre». Y que «es por ello que se espera que las enseñanzas del Aquinate, especialmente su exposición de la ley internacional y de las leyes que rigen las relaciones mutuas de los pueblos, sean cada más estudiadas».

Pío XII enseñó que fue el rechazo de los poderes europeos a escuchar las advertencias de la Iglesia sobre las descristianización de la vida pública lo que condujo a la calamidad de la Segunda Guerra Mundial. Intentó mostrar las directrices en ese sentido que Pío XI había sugerido en su encíclica de 1939 «Summi Pontificatus» (Sobre la Unidad de la Sociedad Humana).

Al mismo tiempo, la promoción del tomismo de León XIII había llevado a una explosión de la actividad intelectual católica en esta área y, en particular, un intenso examen de cómo la exigencia de la Iglesia de que el poder civil reconociera la fe católica como fundamento de paz entre y dentro de las naciones podía buscarse, en un momento, en el que muchos estados existentes estaban comprometidos en la así llamado separación entre la iglesia y el estado.

Jacques Maritain, un católico francés converso y filósofo que escribió más de 60 libros, sostuvo que la democracia en sentido moderno, y el reunirse las naciones, era la traducción a la realidad política de la ley universal y revelada de la Caridad. Puesto que este orden sería dependiente de la esencia revelada de la ley universal de la caridad, se crearía una simpatía natural entre tales entidades supranacionales y la Iglesia católica, que les podría proporcionar las verdades reveladas y la gracia sacramental necesaria para su existencia.

Durante la guerra, Maritain incluso fue más allá al decir que la federación europea concebida bajo la bandera de la libertad llevaría en última instancia al establecimiento de una nueva cristiandad.

–¿Cuál era la visión de Robert Schuman para el desarrollo de una Europa unida, y en qué medida esta visión era compartida por los demás fundadores de lo que ha llegado a ser la Unión Europea?

–Fimister: La primera Comunidad Europea fue la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) de la que se desarrollaron las otras comunidades. Estas se combinaron en la Comunidad Europea y se integraron luego en el marco más grande la Unión Europea, que ahora incluye la cooperación intergubernamental en seguridad y en política exterior así como las tareas supranacionales «comunitarias» de la comunidad original.

Los líderes políticos que fundaron la CECA fueron en su mayoría católicos: Robert Schuman fue leal a su fe de modo intenso y afirmó públicamente que las encíclicas papales «definen la doctrina católica y obligan en conciencia». Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi fueron también especialmente importantes. El plan del carbón y del acero fue elaborado por un funcionario, Jean Monnet, que se convirtió en el primer hombre en ocupar el puesto que actualmente se llama Presidente de la Comisión. No era un católico comprometido pero la arquitectura esencial de las instituciones ya era defendida por Schuman antes de que Monet le presentara su propio proyecto.

Las enseñanzas de León XIII y su legado intelectual influyeron fuertemente en Adenauer y de Gasperi. Schuman recibió la influencia directa de la concepción de Maritain de la democracia supranacional como fundamento de la Nueva Cristiandad. «Europa», decía Schuman, es «el establecimiento de una democracia generalizada en el sentido cristiano de la palabra».

Al contrario de Maritain, Schuman rápidamente sostuvo la exigencia del magisterio de el destino final de la acción política católica debía ser el reconocimiento por el orden civil de la verdad de la fe, a través de la conversión de una «preponderancia numérica» del electorado.

–¿La Unión Europea de hoy mantiene alguno de los legados del Papa León XIII y de la visión de Robert Schuman?

–Fimister: En su mecanismo esencial sugerido a Schuman por Pío XII por el que «cada estado mantiene igual derecho a su propia soberanía» – pero en determinadas áreas esto se ejercita a través de «un órgano investido por el consentimiento común con poder supremo – la Unión Europea sigue siendo lo que Schuman previó.

Sin embargo, su aferrarse a la cultura de la muerte le habría aterrado. Las metas ligeramente más ambiciosas de Schuman le llevaron también a apreciar de forma más vívida que Maritain las posibles consecuencias de la corrupción de su visión. «Una democracia anticristiana», afirmaba, «sería una caricatura que terminaría en anarquía o tiranía».

Nuestra actual situación tiene elementos de amb
os. Puesto que la justificación esencial para la democracia supranacional es sobrenatural, en un continente que ha dado su espalda a la fe, las instituciones supranacionales buscan una base alternativa al usurpar el papel de las autoridades nacionales.

De igual forma, el estado nacional postcristiano, llevado antes a asistir a la familia por la ley de la caridad, ahora busca usurpar el lugar de la familia causando que la familia se marchite. Simultáneamente está el desagradable surgimiento de la tiranía política y la anarquía social – la dictadura del relativismo.

No hay otra solución a esto que la búsqueda urgente de la Nueva Evangelización. Sin embargo, a los cristianos entretanto se les debe perdonar que se opongan a las exigencias tanto de la Unión Europea como de las autoridades nacionales con poderes cada vez más amplios.

Por Dominic Baster

 

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ZENIT Staff

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