La diócesis peruana de Ayacucho cumple 400 años

Considerada “la pequeña Roma de los Andes”

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AYACUCHO, lunes, 27 abril 2009 (ZENIT.org).- La diócesis peruana de Ayacucho, antes Huamanga, celebra este año su 400 aniversario. 

En enero de 1539 se fundó en Perú la ciudad de Huamanga, conocida hoy como Ayacucho. La importancia que tomó la ciudad en la organización del territorio estimuló un crecimiento importante y propició la erección canónica de una diócesis para dar atención a la vida espiritual de sus habitantes, según informa a ZENIT Percy Quispe Misaico, vicario episcopal de Pastoral de la Arquidiócesis de Ayacucho.

En 1609 se creó el obispado de Huamanga, desmembrado de la jurisdicción del Cuzco y desde 1613 asumió el primer obispo, fray Agustín de Carvajal. Veinte años después, en 1632, el entonces obispo, Francisco Verdugo, inició la construcción de la catedral, consagrada en 1672 por el obispo Cristóbal de Castilla y Zamora. Ambos fueron los más importantes obispos del siglo de oro de la Iglesia Católica en Ayacucho.

Sin embargo, fue en el siglo XVI, primero de la conquista española, cuando se pusieron los cimientos del catolicismo colonial ayacuchano.

A este respecto, una relación de 1586 informa que en Huamanga apenas había 150 españoles y que el pueblo, con título de ciudad, era bastante pequeño. Esa relación añade que las iglesias eran de dimensiones reducidas, pero que estaban finamente adornadas con molduras y pinturas. Muy temprano habría llegado a Ayacucho un grupo de artesanos moriscos, que dejaron una profunda huella en la ciudad, de la que resta hasta hoy el artesonado de la iglesia de Santa Clara, de obvia inspiración mudéjar.

«Fue muy alta la inversión en construcción y embellecimiento de las iglesias. Ese elevado gasto social se explica porque el sentimiento religioso era muy intenso. La verdad revelada se sentía con pasión y hubo un sincero afán de santidad entre algunos sacerdotes y líderes espirituales muy severos», explica Quispe.

Los sectores populares y el conjunto de la sociedad seguían con atención la prédica de los sacerdotes y la vida diaria estaba regida por un calendario inspirado en el evangelio.

Las órdenes religiosas se especializaron en determinadas actividades de la evangelización. Por ejemplo, los franciscanos instruyeron al indígena en materia de fe católica, mientras los dominicos prefirieron la educación superior, por su parte los jesuitas fundaron colegios de enseñanza secundaria.

Estas dos últimas congregaciones dirigieron sus esfuerzos a la educación de los sectores altos y medios y se concentraron en la sociedad hispano peruana. Cada una de estas órdenes construyó su iglesia y sumadas a las numerosas del clero secular dependiente del obispo, pues llegaron a las famosas 33 iglesias de las cuales se enorgullece Ayacucho. 

Así, Ayacucho desarrolló una personalidad religiosa y arquitectónica propia, fundada en el contraste entre el exterior y el interior. Ese patrón se fundó en el siglo XVI y se proyectó en el tiempo a lo largo de la colonia. Lo que determinó también el nacimiento de una celebración de la Semana Santa, desde la vivencia interior hacia una manifestación exterior, por lo que Ayacucho es actualmente considerada como la capital de la semana santa en el Perú.

El famoso obispo de Ayacucho Castilla y Zamora fundó la Universidad San Cristóbal en 1677. En Huamanga, existía ya el colegio jesuita fundado en 1604.

La iniciativa del obispo ayacuchano encontró gran oposición por lo que no terminó de vencer las numerosas resistencias internas en el mismo virreinato del Perú para ponerla en marcha. Por ello, el comienzo efectivo de clases tuvo que esperar más de veinte años.

Esta y otras iniciativas han contribuido a la importante y significativa presencia de la Iglesia Católica que ahora conmemora sus 400 años en esta ciudad que se considera «la pequeña Roma de los Andes».

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ZENIT Staff

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