El diálogo, instrumento fundamental de la ONU, según la Santa Sede

Intervención de monseñor Mamberti en la 65ª sesión de la asamblea general

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NUEVA YORK, jueves 30 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el discurso que el secretario para las Relaciones de la Santa Sede con los Estados, monseñor Dominique Mamberti, pronunció este miércoles en la 65ª sesión de la asamblea general de la ONU en Nueva York.

 

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Señor Presidente

En nombre de la Santa Sede, me complace presentarle vivas felicitaciones por su elección a la Presidencia de la sexagésimo-quinta sesión de la Asamblea general, así como los mejores deseos para el feliz cumplimiento de su misión. En este nuevo periodo de trabajo de la Asamblea general, la Santa Sede desea ofrecerle su sincera colaboración para afrontar los numerosos desafíos que debe encarar la comunidad internacional.

Desde 1945, cada año, a la sede de las Naciones Unidas de Nueva York, llegan los Jefes de Estado o de Gobierno, los Ministros de Asuntos exteriores de todos los continentes, para debatir juntos las respuestas que aportar a las grandes cuestiones relativas a la gestión común de los asuntos mundiales, especialmente en materia de paz, de seguridad colectiva, de desarme, de defensa de los derechos humanos, de cooperación al desarrollo y de protección del medio ambiente.

Los sesenta y cinco años de vida de la ONU son ya en sí un acontecimiento histórico único, especialmente si se los compara con la pérdida de las esperanzas puestas en las Conferencias de Paz, a principios del siglo XX, y después en la Sociedad de Naciones. La misma presencia de las Naciones Unidas demuestra que la humanidad ha encontrado en la Organización una respuesta a los terribles dramas de las dos guerras mundiales. A pesar de las imperfecciones de sus estructuras y de su funcionamiento, la ONU ha tratado de aportar soluciones a los problemas internacionales de carácter económico, social, cultural y humanitario, esforzándose por cumplir el mandato que le ha sido confiado a través del artículo 1º de la Carta, es decir: constituir un centro para la coordinación de la actividad de las naciones para el mantenimiento de la paz y de las relaciones amistosas entre las poblaciones (cf. Carta de las Naciones Unidas, art. 1.2-1.4).

El diálogo entre los representantes de las naciones, que se renueva cada año en todas las sesiones de la Asamblea general y que permanece abierto y vivo en los demás órganos y en las agencias de la “familia de la ONU” ha sido el instrumento fundamental para cumplir este mandato.

A veces, este diálogo ha sido, más que nada, una confrontación entre ideologías opuestas y posturas irreconciliables; sin embargo las Naciones Unidas se han convertido en un elemento insustituible en la vida de las poblaciones y en la búsqueda de un futuro mejor para todos los habitantes de la Tierra. Por eso la ONU es objeto de una gran atención por parte de la Santa Sede y de la Iglesia católica, como han demostrado las visitas de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

En esta perspectiva de un diálogo internacional fecundo, realizado especialmente durante las deliberaciones y los debates que han tenido lugar en esta sala, querría recordar algunos acontecimientos importantes relativos a la paz y a la seguridad mundial, que se han verificado durante la sexagésimo-cuarta sesión de la Asamblea general.

En primer lugar, la Santa Sede acoge con satisfacción la entrada en vigor, el pasado 1 de agosto del Tratado sobre la prohibición de las armas de racimo. Este instrumento, que la Santa Sede fue uno de los primeros Estados en ratificar, representa en efecto un resultado importante para un multilateralismo basado en la cooperación constructiva entre los gobiernos y la sociedad civil, así como en el vínculo entre el derecho humanitario y los derechos humanos. Un resultado como éste ha sido posible precisamente gracias al espíritu de colaboración que anima a los distintos agentes internacionales y que ha aumentado durante estos últimos sesenta y cinco años.

Otro resultado importante del diálogo internacional ha sido la conclusión positiva, el pasado mes de mayo, de la octava Conferencia de Examen del Tratado de no proliferación nuclear, con la publicación de un documento consensuado que prevé diferentes acciones relacionadas con los tres puntos fundamentales del Tratado: el desarme nuclear, la no proliferación de armas nucleares y la utilización pacífica de la energía nuclear. Entre ellas se destaca, como signo importante de esperanza, la decisión de convocar antes de 2012 una Conferencia para un Oriente Medio libre de armas nucleares y de las demás armas de destrucción masiva.

Siempre en materia de paz, de desarme y de seguridad colectiva, el desarrollo en Nueva York, el pasado mes de julio, de la primera sesión del comité Preparatorio de la Conferencia sobre el Tratado sobre el comercio de armas, prevista para 2012, merece también ser recordado. Esta Conferencia deberá elaborar un instrumento jurídicamente vinculante “que establecerá las normas internacionales más estrictas posibles” sobre la transferencia de armas convencionales. De este encuentro ha surgido que, en adelante, el proceso iniciado sobre el Tratado es compartido por todos los Estados, que son conscientes de la necesidad de reglamentar jurídicamente el comercio de armas, por razones de paz, de protección humanitaria y también de desarrollo social y económico. El debate durante esta sesión de la Asamblea general puede también aportar una importante contribución de cara a la Conferencia de 2012.

En el contexto de un espíritu de diálogo internacional de éxito, hay que aplaudir también la firma del Tratado New START, entre los Estados Unidos y la Federación Rusa, sobre la reducción ulterior y la limitación de armas estratégicas ofensivas. Esta firma constituye un paso adelante en las relaciones entre las potencias nucleares y la Santa Sede espera que abra otras perspectivas y conduzca a reducciones sustanciales en el futuro. En este sentido, durante la presente sesión de la Asamblea General, se ha celebrado un encuentro de Alto Nivel sobre el Desarme, que ha sido muy útil para discutir formas de aportar una nueva vía a la Conferencia sobre el Desarme y para continuar construyendo un consenso sobre los grandes desafíos del desarme, en particular el Tratado de total prohibición de ensayos nucleares y el Tratado sobre la prohibición de la producción de materias fisionables. Hay que continuar haciendo todo lo posible para llegar a un mundo liberado de armas nucleares. Es un objetivo al que no se puede renunciar, aunque sea complejo y difícil de alcanzar, y la Santa Sede apoya todo esfuerzo en este sentido.

Durante la sesión precedente de la Asamblea General, la ONU ha ofrecido una contribución sin precedentes a la paz y a la cooperación internacional en Haití, donde, durante el terremoto del 12 de enero de 2010 fallecieron el Jefe de la Misión de las Naciones Unidas, el Señor Embajador Hédi Annabi, su adjunto, el Doctor Luiz Carlos da Costa, así como otros ochenta y dos funcionarios civiles y miembros de las fuerzas de paz. En nombre del Santo Padre, querría expresar de nuevo un sincero pésame al Secretario General y a las autoridades nacionales de las personas fallecidas, así como a sus compañeros y a sus familiares. Su sacrificio debe convertirse en un estímulo renovado para un compromiso global a favor del mantenimiento de la paz.

La Santa Sede siempre ha reconocido y apreciado la acción realizada por las fuerzas de paz, y desea reiterar su aprecio por las misiones cumplidas durante la sesión precedente de la Asamblea general. El aumento importante de solicitudes de intervención de estos últimos años, manifiesta, por una parte, la confianza creciente en la acción de la ONU en cooperación con las organizaciones regionales, pero, por otra, destaca la importancia de una función cada vez mayor de la ONU y de organizaciones regio
nales en la diplomacia preventiva. Asimismo, la acción de la Comisión de consolidación de la paz sigue siendo fundamental para recomponer el tejido social, jurídico y económico destruido por la guerra y evitar la repetición de conflictos. Las iniciativas de prevención de conflictos, de resolución pacífica de los mismos, de separación de los beligerantes y de reconstrucción merecen un apoyo político y económico general de todos los miembros de las Naciones Unidas. El apoyo de todos constituirá una elocuente manifestación de confianza en un destino solidario de la humanidad.

Si se puede pensar que la elaboración normativa del desarme y de la no proliferación de armas presenta signos de progreso, por contra no faltan motivos de preocupación por todos los desafíos referentes a la seguridad global y la paz. Ante todo, los gastos militares mundiales continúan siendo excesivamente onerosos e incluso aumentan. Continúa el problema del ejercicio del derecho legítimo de los Estados a un desarrollo pacífico de la energía nuclear, compatible con un control internacional efectivo de la no proliferación. La Santa Sede anima a todas las partes implicadas en la regulación de diversas controversias en curso, especialmente las concernientes a la Península coreana y al Golfo Pérsico así como las zonas adyacentes, a profundizar en un diálogo sincero que sepa conciliar armónicamente los derechos de todas las naciones interesadas.

Las recientes y terribles calamidades naturales en Pakistán se añaden a las dificultades causadas por los conflictos que afligen a esta región. A la respuesta humanitaria, que debe ser generosa, y a otras medidas coyunturales, hay que asociar un esfuerzo de comprensión recíproca y de profundización en las causas de las hostilidades.

Del mismo modo, el diálogo sincero, la confianza y la generosidad de saber renunciar a intereses circunstanciales o a corto plazo, es el camino para una solución duradera del conflicto entre el Estado de Israel y los Palestinos. El diálogo y la comprensión entre las distintas partes implicadas es también la única vía para la reconciliación en Irak y en Myanmar por ejemplo, así como para la solución de las dificultades étnicas y culturales en Asia Central, en las regiones del Cáucaso y para calmar las tensiones recurrentes en África, entre otras en Sudán, en vísperas de plazos decisivos.

En la mayor parte de estos conflictos, entra en juego un elemento económico importante. Una mejora sustancial de las condiciones de vida de la población palestina y de los demás pueblos que viven situaciones de guerra civil o regional, aportará ciertamente una contribución esencial para que la oposición violenta se transforme en diálogo sereno y paciente.

Señor Presidente,

hace unos días, se celebró en este lugar, el Evento de Alto Nivel sobre los Objetivos del Milenio. Todos los Estados de la ONU se han comprometido una vez más solemnemente a realizar todos los esfuerzos necesarios para lograr estos objetivos antes de 2015. La Santa Sede no puede sino alegrarse de la voluntad reiterada de desarraigar la pobreza y desea que se lleve a cabo con determinación. Sin embargo, es importante destacar que no se alcanzarán estos objetivos sin la realización de dos grandes imperativos morales. Por una parte, es necesario que los países ricos y emergentes cumplan totalmente sus compromisos de ayuda al desarrollo y creen y hagan funcionar, inmediatamente, un marco financiero y comercial netamente favorable a los países más débiles. Por otra parte, pobres y ricos, deben garantizar un viraje ético de la política y de la economía, que garantice un buen gobierno y erradique todas las formas de corrupción. Si no, se corre el riesgo de llegar a 2015 habiendo obtenido resultados insuficientes, excepto quizás, pero sería triste y paradójico, en los ámbitos de control demográfico y de la promoción de estilos de vida minoritarios, introducidos en algunos párrafos del documento de la reciente Cumbre. En este caso, los objetivos del Mileno se convertirían en un verdadero fraude al desarrollo humano integral de las poblaciones.

En lo que se refiere al medio ambiente -que constituye también el punto nº 7 de los objetivos del Milenio-, la participación de más de ciento quince Jefes de Estado y de gobierno en la Conferencia de los Estados-miembros en la Convención sobre el Cambio climático, que se celebró en Copenhague en diciembre de 2009, ha revelado la atención y la importancia de un tema tan complejo como el del clima en la agenda internacional. La cuestión, como se sabe, no implica sólo aspectos científicos y medioambientales, sino también socio-económicos y éticos. La Santa Sede espera que en la próxima sesión de la Conferencia de los Estados-miembros se tome una decisión política que haga más concretas las negociaciones sobre un acuerdo jurídicamente vinculante. En el centro del debate, se encuentra la organización de un modelo de desarrollo basado en un nuevo sistema energético. Sin embargo, es importante recordar el elemento ético subyacente en la cuestión. No se trata sólo de desembocar en un mundo menos dependiente de combustibles fósiles y más comprometido con la eficiencia energética y a las energías alternativas, sino también de modificar comportamientos de consumo desenfrenado e irresponsable. Como mi Delegación ha observado a menudo a propósito de los Objetivos del Milenio, son estos comportamientos y no el crecimiento de la población ni la mejora de las condiciones de vida de los países menos desarrollados, los que ejercen una mayor e insostenible presión en los recursos y en el medio ambiente.

Los resultados positivos que la comunidad internacional ha obtenido durante la sesión precedente de la Asamblea general, así como el innegable bien que la Organización de Naciones Unidas representa para toda la humanidad, no podrían haberse esperado sin el diálogo entre los gobiernos, al que se añaden con fuerza y eficacia cada vez mayores los interlocutores de la sociedad civil. Sin embargo, para ser sincero y plenamente eficaz, este diálogo debe ser realmente dia-logos –intercambio de sabiduría y sabiduría compartida. Dialogar no significa sólo escuchar las aspiraciones y los intereses de las demás partes e intentar encotrar compromisos. El diálogo debe pasar rápidamente del intercambio de palabras y de la búsqueda del equilibrio entre intereses opuestos a un verdadero compartir la sabiduría por el bien común.

Justamente por eso, el artículo 1º de la Carta de la ONU une la promoción de los derechos humanos a la defensa de la paz, a la resolución de conflictos y a la solución de problemas internacionales de tipo económico. Las naciones no son entidades aparte, independientes de las personas que las componen. Todas las naciones están compuestas por personas, por seres humanos. Por consiguiente, el interés nacional es un criterio válido de justicia, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, si sirve al bien común. Es decir que el interés nacional fundamental de todos los gobiernos debe ser la creación y el mantenimiento de las condiciones necesarias para desarrollar plenamente el bien integral -material y espiritual- de cada uno de los habitantes de su nación. Por eso el respeto y la promoción de los derechos humanos son el objetivo final del diálogo y de los asuntos internacionales y son al mismo tiempo, la condición indispensable para un diálogo sincero y fecundo entre las naciones.

También la Santa Sede sigue con atención la actividad de la Tercera Comisión de la Asamblea General así como de la acción del Alto Comisariado para los Derechos humanos y esta intervención en el debate general es también para mí la oportunidad de manifestar nuestro apoyo al Alto Comisariado para los Refugiados y a todos los organismos y agencias especializadas que trabajan en el vasto campo de los derechos humanos y del derecho humanitario, como por ejemplo la Organización Internacional del Trabajo,
la Organización Internacional para las Migraciones y la Federación Internacional de la Cruz Roja. En este sentido, la Santa Sede considera también los progresos, aunque lentos, en los debates sobre el principio de la “Responsabilidad de proteger” y la resolución sobre el mismo, aprobada por consenso en septiembre de 2009, como motivos de esperanza. Por contra, falta todavía una atención resuelta y eficaz a los problemas de los refugiados, de las personas expulsadas y de los grandes desplazamientos migratorios.

La misma historia del desarrollo de los derechos humanos demuestra que el respeto a la libertad religiosa, que incluye el derecho a expresar públicamente la propia fe y a difundirla, es la piedra fundamental de todo el edificio de los derechos humanos. En efecto, si falta esta libertad, también está faltando el reconocimiento de la dimensión trascendente de toda persona humana, que supone una dignidad anterior y superior a su reconocimiento político y normativo y que crea un marco de libertad y de responsabilidad irrefrenable. Si falta la libertad religiosa, todos los derechos humanos corren el riesgo de convertirse en concesiones del gobierno o, como máximo, en el resultado de un equilibrio de fuerzas sociales, variable por naturaleza, ya que no tiene otro fundamento que el equilibrio o el propio acuerdo.

Como recordó el Papa Benedicto XVI en su intervención en esta sala, el 18 de abril de 2008, “la fundación de las Naciones Unidas coincidió con la profunda conmoción experimentada por la humanidad cuando se abandonó la referencia al sentido de la trascendencia y de la razón natural y, en consecuencia, se violaron gravemente la libertad y la dignidad del hombre. Cuando eso ocurre, los fundamentos objetivos de los valores que inspiran y gobiernan el orden internacional se ven amenazados, y minados en su base los principios inderogables e inviolables formulados y consolidados por las Naciones Unidas. Cuando se está ante nuevos e insistentes desafíos, es un error retroceder hacia un planteamiento pragmático, limitado a determinar «un terreno común», minimalista en los contenidos y débil en su efectividad”.

Señor Presidente,

Más allá de las críticas de la opinión pública sobre los límites organizativos y sobre la falta de eficacia de la Organización de Naciones Unidas, se constata una conciencia universalmente compartida de la necesidad de la Organización, así como un sentimiento universal de gratitud a la acción que ésta ha llevado a cabo y que continúa llevando a cabo, ya que todos comprenden que ésta constituye, a través de la multiplicidad de sus órganos, un foro indispensable para el diálogo y el entendimiento entre los gobiernos. Por consiguiente, la mayor garantía de que la Organización de Naciones Unidas continúe cumpliendo su misión histórica de mantener unidos y de coordinar a todos los Estados para unos objetivos comunes de paz, seguridad y desarrollo humano integral para todos, será dada por una referencia constante a la dignidad de todos los hombres y mujeres y por su respeto efectivo, empezando por el derecho a la vida -incluso de los más débiles como los enfermos en fase terminal y los niños por nacer- y a la libertad religiosa.

Gracias, Señor Presidente.

[Traducción del original francés por Patricia Navas]

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ZENIT Staff

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